Pedí un préstamo para no perder movilidad y mi madre gastó gran parte del dinero antes de mi operación

No fue el dolor lo que más me asustó al principio. El dolor llevaba meses conmigo y, de alguna manera, una se acostumbra a ir tirando. Era una ciática muy fuerte, o eso pensé durante bastante tiempo. Me tomaba ibuprofeno, ponía calor, iba a trabajar como podía y evitaba coger peso.

Lo que me asustó fue que una mañana, bajando del autobús para ir a la gestoría donde trabajo, la pierna izquierda no me respondió bien. No llegué a caerme de milagro. Sentí como si no fuera del todo mía.

Tengo 39 años, vivo en Móstoles y soy administrativa. No gano mal, pero tampoco tengo ahorros como para que me dé igual una baja larga. Cuando me hicieron la resonancia, el traumatólogo fue muy claro: tenía una hernia discal grande, con compresión nerviosa. Si seguía perdiendo fuerza, había riesgo de que las secuelas fueran permanentes.

La operación entraba por la Seguridad Social, sí, pero la lista no era inmediata y mi caso iba empeorando. También tenía la opción de hacerlo por la privada con un especialista que me recomendó una compañera. Era una cantidad que me parecía una barbaridad: 11.800 euros entre intervención, hospital y pruebas. Pero me daban fecha en menos de tres semanas.

Pedí un préstamo personal. Me temblaban las manos al firmar todo por la app del banco. Me daba vergüenza incluso llamar para preguntar por las condiciones. Pensaba: «Voy a estar años pagando esto». Pero a la vez solo podía pensar en volver a caminar sin arrastrar el pie y en poder conducir, trabajar, subir las escaleras de mi portal sin agarrarme a la barandilla como una señora de noventa años.

Mi madre sabía todos mis datos bancarios desde hacía años. No es que tuviera una tarjeta a su nombre ni nada así. Simplemente, cuando mi padre enfermó, yo le di acceso desde mi móvil para que pudiera mirar recibos y hacer transferencias si hacía falta. Luego murió mi padre, pasó la pandemia, pasó todo, y nunca cambié nada. Mi madre tiene 67 años y siempre ha sido bastante apañada con esas cosas. O eso creía.

El día que me ingresaron el préstamo, yo estaba en casa con una baja médica. Miré que el dinero estuviera y llamé a la clínica para confirmar la reserva. Me pidieron una señal de 3.000 euros en 48 horas.

Al día siguiente entré a la cuenta y faltaban más de 7.000 euros.

No entendí nada. Recuerdo perfectamente que estaba sentada en la mesa de la cocina, con un café ya frío y una tostada sin tocar. Pensé que podía ser un error de la aplicación. Cerré sesión. Volví a entrar. Seguían faltando.

Había varios pagos: una transferencia a una agencia de viajes, cargos de hotel, billetes de avión y luego retiradas en efectivo. No eran pagos pequeños. Mi madre se había ido con dos amigas a Riviera Maya. Lo supe porque vi una foto en el estado de WhatsApp de una de ellas, las tres con unas pulseras de hotel y copas de colores en la mano.

Llamé a mi madre tantas veces que al final me bloqueó. O al menos eso me pareció, porque me salía el buzón de voz. A mi hermano, Daniel, le mandé una captura de pantalla sin decir nada más. Él me llamó enseguida.

—¿Mamá ha cogido tu dinero?

No pude ni responderle. Me puse a llorar de una forma horrible, de esas que te dejan sin aire y te hacen enfadarte contigo misma porque necesitas pensar y no puedes.

Daniel fue el que habló con ella. A mí me mandó un audio desde el aeropuerto de Cancún, porque ella finalmente contestó cuando vio que era él. Según mi madre, había cogido el dinero «solo unos días», porque una de sus amigas había adelantado parte del viaje y ella tenía que devolverlo. Decía que iba a recuperar una paga extra, que vendería unas joyas, que no quería preocuparme porque yo estaba ya bastante nerviosa con lo de la operación.

Me enfureció esa frase más que todo lo demás. No quería preocuparme. Había usado el dinero de una operación para irse de viaje y no quería preocuparme.

Cuando volvió, no fui a verla. Daniel sí. Me contó que estaba llorando, que había sacado de un cajón las alianzas de mis abuelos, un broche de mi abuela y unas pendientes que yo apenas recordaba haber visto. También habló de vender el aparador antiguo del comedor, el que mi padre restauró él mismo cuando yo era pequeña.

Yo no quería las joyas de mi abuela. Quería mi dinero en la cuenta cuando tenía que pagar la clínica.

Al final, Daniel me dejó 2.000 euros. Él tiene una niña de cuatro años y está pagando alquiler en Getafe, así que me dolió aceptarlo. Una compañera me prestó otros 500. La clínica, al explicarle la situación sin entrar en muchos detalles, accedió a aplazar una parte, pero solo hasta cierto punto. Perdí la primera fecha de operación y me dieron otra diez días después. Diez días que se me hicieron eternos.

Mi madre consiguió vender algunas cosas. No le dieron ni de lejos lo que ella pensaba. Por las joyas le ofrecieron una cantidad ridícula, según ella. Del mueble todavía no ha sacado nada porque dice que hay que encontrar a alguien que valore la madera, no sé qué. A veces me llama y no cojo el teléfono. Otras veces se lo cojo y se queda callada unos segundos antes de empezar a decir que sabe que la ha cagado.

No voy a fingir que yo he estado perfecta. Le he dicho cosas muy feas. Le dije que mi padre se avergonzaría de ella. En cuanto lo dije quise retirarlo, pero ya estaba dicho. Mi padre llevaba muerto seis años y no tenía derecho a usarlo así. Aunque, siendo sincera, en ese momento quería hacerle daño. Quería que sintiera una parte mínima de la angustia que yo sentía al levantarme cada día y comprobar si podía mover bien los dedos del pie.

La operación fue hace dos semanas. Salió bien, según el cirujano, pero la recuperación será lenta. Tengo fisioterapia y no sé todavía hasta qué punto recuperaré toda la fuerza. Hay días en que camino bastante bien y me animo. Otros, la pierna me falla un poco y se me viene todo abajo.

Mi madre ha venido dos veces a casa. La primera dejó una bolsa con comida preparada en la puerta. Ni siquiera llamó al timbre. La segunda coincidió con Daniel, que había venido a montarme una silla de ducha. Estuvieron los dos en el salón hablando bajito, como si yo no estuviera en la habitación de al lado.

Daniel insiste en que no rompa con ella, que una cosa es estar furiosa y otra dejarla sola. Dice que mamá siempre ha sido irresponsable con el dinero, que desde que murió papá se ha agarrado a cualquier cosa que le hiciera sentir que aún tenía vida por delante. Lo entiendo, de verdad que lo entiendo. Pero no sé dónde encaja eso con lo que me hizo.

Ayer me llegó el primer recibo del préstamo. Lo pagué desde la cama, con el portátil sobre las piernas. Mi madre me había transferido 340 euros, poniendo en el concepto: «primer pago». No me escribió nada más.

No sé si algún día volveré a confiar en ella como antes. Ahora mismo ni siquiera sé cómo se hace eso. Solo sé que tengo que ir a rehabilitación el jueves, que debo llamar al banco para cambiar todas las claves y que todavía tengo, guardado en el móvil, aquel estado de WhatsApp con las copas de colores. No soy capaz de borrarlo.