Durante las vacaciones, su suegra convirtió cada comida en una prueba… y ella acabó entendiendo que el problema no era solo ella

No sé en qué momento unas vacaciones de seis días en un apartamento de Benidorm se me hicieron tan largas.

Habíamos ido Pedro, yo, nuestro hijo Leo, que acababa de cumplir seis años, y su madre, Vera. La idea había sido de Pedro. Su hermana vive en Bélgica y no podía venir ese verano, y él decía que su madre estaba más apagada desde que enviudó. Pensó que le haría bien salir de Madrid, ver el mar, estar con el niño.

Yo no estaba especialmente entusiasmada, pero tampoco me parecía un drama. Vera y yo nunca habíamos tenido una relación fácil, aunque durante años nos habíamos apañado. Ella era de esas personas que siempre tienen una observación preparada. No exactamente una crítica, según ella. “Es que yo digo las cosas de frente”.

La primera mañana ya empezó.

Leo bajó a desayunar con una camiseta de Spiderman que se había empeñado en ponerse aunque tenía una mancha pequeña de helado del día anterior. Íbamos a comprar pan, no a una boda.

Vera lo miró de arriba abajo y dijo:

—¿De verdad lo sacas así a la calle?

Yo estaba echando el cacao en una taza. Le dije que luego le cambiaría para ir a la playa.

—Claro, luego. Siempre luego. Con los niños hay que tener unas rutinas.

Pedro ni levantó la vista del móvil. Eso me molestó más de lo que quise reconocer. No porque esperase que se peleara con su madre por una camiseta, sino porque yo sabía que aquello no iba a quedarse ahí.

No se quedó.

Que si a Leo le daba demasiados cereales. Que si no debía dormir con el ventilador puesto. Que si yo estaba demasiado tiempo leyendo en la tumbona mientras Pedro jugaba con el niño. Que si la crema solar que compré era “de estas baratas que no protegen nada”. Una tarde llegué de la ducha y la encontré rebuscando en la bolsa de la ropa sucia.

—¿Qué haces? —le pregunté.

Se sobresaltó un poco, aunque enseguida puso esa cara suya de no haber hecho nada raro.

—Buscaba una toalla limpia. Las he mezclado sin querer.

No era verdad. Había tres toallas limpias dobladas en el armario del pasillo. Pero no dije nada. A esas alturas ya me notaba ridícula por fijarme en cada gesto suyo, como si estuviera buscando motivos para enfadarme.

Lo peor no era que opinara sobre mí. Era cómo hablaba de Pedro, como si todavía tuviera diecisiete años y yo fuese una chica pasajera que le estaba desordenando la vida.

Una noche, después de cenar, él se quedó dormido en el sofá con Leo encima. Vera los miró durante un rato. Luego dijo, en voz baja, pero no tanto como para que yo no la oyera:

—Antes llamaba todos los días. Ahora, si no llamo yo, igual pasan dos semanas.

Yo respondí que Pedro trabaja mucho, que a veces llega tarde y que no siempre mira el teléfono.

—Sí, ya. Desde que está contigo tiene muchas cosas que hacer.

Me quedé con el vaso de agua en la mano. Me daban ganas de decirle que también trabajaba yo, que llevaba meses organizando citas del dentista, extraescolares, la compra y la vida entera alrededor de todos. Pero no dije nada. Pedro estaba dormido y Leo respiraba con la boca abierta, con un pie descalzo colgando del sofá.

El cuarto día llovió por la mañana. Nos quedamos en el apartamento y todo se hizo más pequeño. Leo estaba nervioso porque no podía bajar a la piscina. Vera quiso ponerle dibujos en la tele y yo le dije que prefería que jugara un rato con sus piezas de construcción, porque llevaba dos días pegado a una pantalla cada vez que nos sentábamos a comer.

Ella soltó una risa breve.

—Madre mía, Jimena, qué intensa eres para todo.

Pedro estaba en la cocina preparando café. Yo le miré. Esta vez no esperé a que leyera el ambiente.

—¿Te parece normal que me hable así delante del niño?

Vera dejó el mando encima de la mesa.

—Ay, por favor. No se puede decir nada contigo.

—No, Vera. Se pueden decir muchas cosas. Lo que no voy a hacer es aguantar que me corrijas desde que me levanto hasta que me acuesto.

Pedro salió de la cocina con las tazas en la mano. Recuerdo que dejó una sobre la encimera demasiado rápido y se derramó un poco.

—Mamá, basta —dijo.

Ella se quedó quieta. No le había levantado la voz, pero yo conocía a Pedro lo suficiente para saber que estaba realmente enfadado.

—¿Basta de qué? ¿De preocuparme por mi nieto? ¿De querer lo mejor para vosotros?

—No. Basta de hablarle como si fuera inútil. Basta de hacerle sentir que todo lo hace mal. Y basta de hacerme elegir entre mi madre y mi mujer cada vez que estamos juntos.

Hubo un silencio muy incómodo. Leo dejó caer una pieza de plástico al suelo y se escondió detrás de mis piernas.

Vera se puso pálida. No lloró, pero se le cambió la cara. Dijo que ella no le había pedido que eligiera nada. Cogió su bolso y se encerró en la habitación.

Durante una hora no hablamos. Pedro se fue a comprar algo para que Leo se distrajera, aunque había comida de sobra. Yo me quedé sentada en la mesa, sintiéndome aliviada y fatal a la vez. Aliviada porque por fin alguien había dicho lo que estaba pasando. Fatal porque, aunque no fuese culpa mía, verla así me removió algo.

Más tarde llamé a su puerta. No quería hacerlo. Me parecía injusto ser yo quien fuera detrás. Pero tampoco quería pasar los dos días que quedaban haciendo como que aquella mujer no existía.

Estaba sentada en la cama, mirando por la ventana. Tenía el móvil en la mano, pero la pantalla estaba apagada.

—No vengo a discutir —le dije.

—Pues no tengo ganas.

—Yo tampoco.

Me senté en la silla de enfrente. Le dije que no quería apartarla de Pedro ni de Leo. Que jamás había querido eso. Pero que Pedro tenía cuarenta años, una familia, un trabajo y su propia vida, y que no podía seguir sintiéndose culpable cada vez que no respondía al teléfono al momento.

Vera tardó bastante en contestar.

—Desde que murió tu suegro —dijo al final—, Pedro es lo único que me queda cerca.

Me molestó la frase, por su hija, por sus amigas, por todo lo que una persona puede tener. Pero entendí lo que quería decir. No hablaba de quedarse sola en sentido literal. Hablaba de la sensación de que su sitio se había encogido sin que nadie le preguntara.

—No te estoy quitando nada —le dije—. Pero cuando me atacas, Pedro se aleja más. Y Leo se da cuenta de todo, aunque parezca que no.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. A mí también, y me dio bastante rabia, porque no quería que aquella conversación terminara en una escena de abrazo fácil y ya está. Las cosas no se arreglan así.

Vera me pidió perdón. No de una manera perfecta. Dijo: “Igual me meto demasiado, pero tú también estás muy susceptible”. Estuve a punto de levantarme. Luego pensé que era probablemente lo máximo que podía darme ese día.

Le contesté que sí, que estaba susceptible, porque llevaba años sintiéndome examinada por ella.

Cuando Pedro volvió, nos encontró en la cocina. Vera estaba cortando fruta para Leo y yo lavaba unos platos que no hacían falta lavar todavía. Nadie explicó nada. Pedro nos miró con cautela, como si entrara en una habitación con un animal herido.

Vera le dijo:

—Tu mujer y yo hemos hablado.

Él respondió:

—Vale.

Y ese “vale” fue todo.

Han pasado ocho meses. Vera sigue opinando demasiado a veces. El otro día me dijo que a Leo le vendría bien apuntarse a inglés “de verdad”, no a las actividades del cole. Yo respiré hondo y le dije que ya lo hablaríamos Pedro y yo.

No volvió a insistir, al menos esa tarde.

Ahora llama menos a Pedro, aunque algunas semanas vuelve a hacerlo tres veces seguidas. Él no siempre coge el teléfono. Después la llama cuando puede. No es una solución mágica, ni somos una familia de anuncio.

Pero en Navidad vino a casa, trajo croquetas congeladas que juró que eran caseras y, antes de irse, me dio un abrazo corto en el pasillo. Fue raro. Un poco torpe.

Aun así, no me aparté.