Durante doce años cuidó de su padre y dejó su vida en pausa… hasta que una matrícula olvidada le obligó a mirar de frente lo que había perdido
La matrícula estuvo tres días abierta en la pantalla del ordenador antes de que me atreviera a pulsar “aceptar plaza”. No era nada espectacular: un curso de seis meses de cocina profesional en Bilbao, de lunes a viernes, con prácticas al final. Pero para mí era como si me hubieran ofrecido una vida que ya no era mía.
Tengo 48 años y trabajo en una ferretería de barrio en Zaragoza. Llevo allí desde los veinticuatro, primero descargando cajas, luego atendiendo al público y ahora haciendo un poco de todo. Conozco a los clientes de siempre, sé qué bombillas compra cada uno y qué señor viene los jueves a por tornillos aunque nunca necesita tantos. No odio mi trabajo. Eso es lo peor. Si lo odiara, quizá tendría una excusa más clara para irme.
De joven quería cocinar. No salir en la tele ni montar un restaurante de esos con pinzas y platos gigantes. Quería aprender bien. Mi abuelo tenía un bar pequeño en Caspe y yo pasaba los veranos allí, pelando patatas, limpiando calamares y mirando cómo él hacía las albóndigas sin medir nada. Decía que la mano se educa sola si uno la deja trabajar.
A los diecinueve años me salió una plaza en una escuela de hostelería en Huesca. Mi padre dijo que era una tontería irse “a hacer de pinche”, que ya habría tiempo para caprichos y que la ferretería necesitaba una mano. Mi madre no dijo gran cosa. Me miró mientras recogía la mesa y soltó algo como: “Tu padre se preocupa por ti”.
Y me quedé.
Luego vinieron los años normales: jornadas largas, una pareja que duró siete años, alquileres compartidos, algún viaje barato a Benidorm, cenas con amigos que ya no veo tanto. Mi padre envejeció. Mi madre murió de un cáncer de páncreas bastante rápido, de esos que te dejan sin tiempo ni para entender lo que está pasando. Después de eso, mi padre se apagó mucho.
Hace doce años tuvo un ictus leve. Se recuperó bastante bien, pero ya no volvió a ser independiente del todo. Puede andar con bastón, se asea solo y tiene la cabeza perfectamente. No es una persona encamada ni alguien que no se entere de las cosas. Precisamente por eso es más complicado. Necesita ayuda, sí, pero también opina de cada cosa, se enfada si cambias de marca de café y considera que cualquier persona que entre en casa a cuidarlo está allí para robarle.
Mi hermana vive en Logroño. Tiene dos hijos, trabaja en una gestoría y viene algunos fines de semana. Aporta dinero cuando puede, no voy a decir que se haya desentendido. Pero el día a día ha sido mío. Las citas en el centro de salud, renovar recetas, hablar con la trabajadora social, la compra, arreglar la caldera, aguantar las noches en que mi padre llama desde la habitación porque ha oído un ruido y resulta ser el frigorífico.
Durante mucho tiempo no lo viví como un sacrificio. O no quise llamarlo así. Era mi padre. Ya está.
El curso de Bilbao lo encontré de casualidad, una noche que buscaba recetas de guisos para hacerle lentejas a mi padre con menos sal. Vi un anuncio, entré por curiosear y acabé rellenando la solicitud. Ni se lo conté a nadie. Mandé mis papeles pensando que no me cogerían por la edad o por no tener estudios relacionados.
Cuando llegó el correo de admisión estaba sentado en la cocina, con una tostada quemándose en la sartén. Lo leí cuatro veces. Después lo cerré y me puse a fregar el suelo. No sé por qué. Ni siquiera estaba sucio.
Mi primera reacción no fue ilusión. Fue calcular. Cuánto costaría una habitación. Qué haría mi padre. Si podrían ampliar las horas de ayuda a domicilio. Si mi hermana podría venir más. Si yo era un egoísta por estar pensando en todo aquello cuando él tenía revisión con el cardiólogo la semana siguiente.
La plaza había que confirmarla antes del viernes. Se lo dije a mi hermana por teléfono el miércoles.
—Me parece genial —me contestó demasiado rápido—. Te lo mereces.
Pero luego se quedó callada.
—¿Y papá?
Ahí estaba la pregunta de verdad.
Le expliqué que no pretendía desaparecer. Que el curso duraba seis meses. Que podía volver algunos fines de semana. Que podíamos contratar a alguien unas horas por la mañana y buscar una persona para las tardes. Habíamos hablado de una residencia temporal, pero mi padre siempre ha dicho que antes muerto. Mi hermana dijo que ella no podía ir cada semana desde Logroño, y era verdad. También dijo que los niños, el trabajo y su marido no podían ponerse patas arriba porque yo de repente quería “reinventarme”. No lo dijo con mala intención, creo. O quizá sí tenía algo de mala intención. Yo también la habría tenido en su lugar.
A mi padre se lo conté el jueves después de comer. Había hecho pollo al ajillo, que es lo único que no critica.
No levantó la voz. Casi habría preferido que la levantara.
—O sea, ¿me dejas solo para irte a jugar a los cocineros?
Le dije que no era eso. Que no lo dejaba solo. Que organizaríamos las cosas. Que yo llevaba doce años y que necesitaba hacer algo para mí.
En cuanto lo dije, me arrepentí de la frase. Sonó a factura. Como si cada pastilla que le había preparado tuviera un precio.
Mi padre dejó el tenedor en el plato.
—Yo no te obligué a nada.
Y tenía razón. Nunca me puso una pistola en la cabeza. Tampoco me pidió expresamente que renunciara a todo. Simplemente, cada vez que intentaba alejarme un poco, ocurría algo: una caída, una prueba médica, una factura, una llamada a las once de la noche. Y yo acudía. Porque si no iba yo, ¿quién?
No confirmé la plaza ese jueves. Ni el viernes por la mañana. Estuve a punto de dejarla pasar. Incluso redacté un correo diciendo que, por motivos familiares, no podía aceptar.
A las cinco menos diez, una clienta de la ferretería, una mujer que viene a comprar pintura y habla hasta por los codos, me preguntó si estaba bien. Debía de tener una cara horrible. Le conté una versión corta. Ella me escuchó y me dijo:
—Mi madre necesitó cuidados diez años. Yo me quedé y mi hermana se fue a Londres. Durante mucho tiempo la odié. Ahora mi madre no está y mi hermana sigue en Londres. Y yo sigo sin saber si me quedé por amor o por miedo.
No fue una frase milagrosa. Me molestó un poco, de hecho. Pensé que qué sabría ella de mi padre, de mi casa, de mis circunstancias. Pero llegué a casa y seguía dándome vueltas.
Confirmé la plaza a las 23:47.
Mi padre no me habla apenas desde entonces. Han pasado dos semanas. Responde con monosílabos y le pide cosas a mi hermana por teléfono para que yo las oiga. Ella está buscando conmigo una cuidadora por horas, aunque noto que está enfadada. Yo también estoy enfadado con ella, y no sé si tengo derecho.
He pedido una excedencia en la ferretería. Mi jefe no se puso contento, claro, pero me dijo que si todo salía mal le avisara. Ya he mirado habitaciones en Bilbao. Son carísimas y me da vergüenza pensar que a mi edad voy a compartir piso con desconocidos, quizá con chavales de veintidós años.
A veces miro a mi padre dormido en el sofá, con la manta sobre las piernas y la tele puesta, y pienso que estoy haciendo algo imperdonable. Otras veces abro las recetas del curso y noto una alegría absurda, casi infantil, que me hace sentir peor.
La cuidadora viene el lunes a conocerlo. Él ya ha dicho que no piensa abrirle la puerta. Yo le he contestado que la abriré yo.
Después no hemos hablado en toda la tarde. He hecho café, he puesto dos tazas y se ha enfriado el suyo sin que lo tocara.