Le dejó un piso “para que no se quedara en la calle”, pero cada norma le fue quitando un poco más de aire

El primer domingo que dormí en el piso de mi hermana, me desperté a las siete y media porque no sabía dónde estaba el interruptor de la persiana.

Es una tontería, ya lo sé. Pero me quedé sentada en el borde de la cama, con el abrigo puesto encima del pijama, buscando con la mano por la pared como una idiota. Hacía frío. No un frío insoportable, pero sí ese frío de casa cerrada en enero, cuando el suelo parece guardar la humedad de toda la noche.

El piso estaba en Parla, en una urbanización bastante normal, de esas con ladrillo visto y un supermercado abajo. Era de mi hermana, Elena. Lo compró hace años como inversión, antes de separarse, y lo tenía alquilado hasta que los inquilinos se fueron en verano. Cuando el dueño de mi piso en Usera decidió vender y me avisó de que no renovaba el contrato, Elena me dijo que me instalara allí.

—No vas a meterte en una habitación compartida con cuarenta y ocho años, Marta. Te vienes al mío y ya está. Hasta que encuentres algo.

Lo dijo con esa forma suya de resolver las cosas. Elena siempre ha sido práctica. No es mala persona, ni mucho menos. Si alguien tiene que llevar a mi madre al hospital, va ella. Si a mi sobrino se le rompe una zapatilla antes de empezar el curso, aparece con dos pares. Pero también apunta mentalmente quién debe qué, aunque nunca saque la libreta.

Yo acepté porque no tenía muchas alternativas. Con mi sueldo en la gestoría, después de la subida del alquiler y de pagar el préstamo del coche, no me daba para entrar en otro piso sola. Había mirado anuncios, claro. Estudios sin ventana por 750 euros, habitaciones donde no admitían teletrabajo, pisos “ideales para una persona” que eran poco más que un pasillo con vitrocerámica.

Elena no me pidió alquiler. Solo gastos.

Al principio me pareció justo. Más que justo.

Me mandó una foto de los contadores y me dijo que guardara los tickets de compra si compraba cosas para la casa, porque ella ya había dejado aceite, sal, papel higiénico y poco más. Yo limpié a fondo antes de colocar mis cosas. Compré una cortina para la ducha porque la que había estaba amarillenta y una alfombrilla para la entrada. No le pedí dinero. Era su casa, pero también era donde yo iba a vivir. Al menos durante un tiempo.

A los cuatro días me escribió: “He visto que has puesto la calefacción. Intenta no pasar de 19, que el gas está imposible”.

Le respondí con un pulgar arriba. Ni siquiera me molestó.

Luego fue que no usara el horno para una sola cosa, porque gastaba mucho. Después, que la lavadora mejor entre las doce y las cuatro de la tarde, que era cuando ella decía que salía más barata la luz. Me envió una aplicación para mirar las horas valle. Yo trabajaba presencialmente tres días y los otros dos salía a las seis, pero bueno. Iba acumulando ropa hasta el sábado o ponía programas cortos por la noche, intentando no pensar demasiado.

Lo peor fue lo de mi hijo.

Adrián tiene veintidós años y vive con dos amigos en Vallecas. Estudia por las mañanas y reparte por las tardes. Un viernes vino a cenar porque hacía semanas que no nos veíamos con calma. Trajo una tortilla hecha de su piso, que estaba un poco cruda por el centro, y una botella de vino barato. Vimos media película en el sofá y se quedó dormido con la boca abierta, como cuando era pequeño.

Al día siguiente, Elena me llamó.

—Marta, ¿ha dormido alguien en el piso?

—Adrián. Se quedó frito. ¿Pasa algo?

Hubo un silencio raro.

—No, pasar no pasa nada. Pero preferiría que me lo dijeras. No quiero que aquello se convierta en… bueno, en una casa de paso.

Me reí, pero me salió seca.

—Es mi hijo, Elena. No he montado un hostal.

—Ya, pero es que una cosa lleva a la otra. Tú ahora estás allí de manera temporal y necesito que se respeten unas condiciones.

La palabra “temporal” se me quedó pegada todo el día. Como si no pudiera dejar un vaso en el fregadero sin pedir permiso. Como si cada vez que abría un armario alguien estuviera contando.

Sé que ella tenía sus razones. Su exmarido dejó parte de la hipoteca sin pagar durante meses y Elena se quedó con el piso y con una deuda que le costó años ordenar. Siempre ha tenido miedo a no llegar. De niñas, además, pasamos una época bastante mala. Mi padre se quedó en paro y mi madre hacía milagros con lentejas, arroz y ropa heredada. Recuerdo apagar las luces aunque aún estuviera en la habitación, porque mi padre decía que el recibo nos iba a arruinar.

Quizá por eso me afectaba tanto. Porque a mí también me da miedo gastar. Me cuesta comprar ropa aunque la necesite. Miro el precio de todo dos veces. Pero una cosa es cuidar el dinero y otra vivir encogida dentro de una casa.

El conflicto de verdad vino por una factura de gas. Fueron 96 euros de dos meses. Yo esperaba algo peor, sinceramente. Le mandé mi parte, la mitad, y le dije que si prefería podía pagar un poco más porque era quien estaba viviendo allí.

Ella me contestó: “No es solo la factura. Es el uso. El sofá tiene una mancha y la vecina me ha dicho que oye pasos a horas raras”.

Me dio tanta vergüenza que tardé casi una hora en responder. La mancha era de café. La limpié ese mismo día, aunque apenas se veía. Y los pasos a horas raras eran yo levantándome a beber agua o yendo al baño. La vecina, una señora que me había cruzado dos veces en el ascensor, ni siquiera sabía quién era.

Llamé a Elena con la intención de pedirle perdón. De verdad. Pensaba decirle que me buscaría una habitación, que no quería causarle problemas.

Pero cuando descolgó, me preguntó directamente si había puesto la calefacción a 22.

Y le mentí.

Le dije que no.

No sé por qué. Sí la había puesto. Una tarde llegué calada de lluvia y tenía los dedos tan fríos que no podía abrir el bote de garbanzos. La puse a 22 durante una hora. Me senté delante del radiador del salón y lloré un poco. No por el frío, exactamente.

Después le dije la verdad. También le dije que no podía seguir así, pendiente de si gastaba demasiada agua o si mi hijo podía quedarse una noche. Que agradecía el piso, que no olvidaba lo que estaba haciendo por mí, pero que no podía sentir que estaba ocupando una casa a escondidas.

Elena se enfadó mucho. Me dijo que yo lo interpretaba todo como un ataque y que ella solo quería proteger algo por lo que había trabajado muchísimo. En eso tenía razón. Luego añadió que, si no me gustaban las normas, podía irme.

Eso me dolió más de lo que quería reconocer.

No me fui ese día. Ni el siguiente. Encontré una habitación en Leganés, bastante pequeña, en casa de una mujer jubilada que alquila dos cuartos para completar la pensión. Puedo usar la cocina cuando quiera, aunque me ha pedido que no fría pescado porque el olor se queda. Me parece hasta entrañable, la verdad.

Elena y yo apenas hemos hablado desde que me llevé las cajas. Me mandó un mensaje para preguntar si había dejado las llaves en el buzón. Le contesté que sí y le agradecí todo otra vez. No respondió.

Ayer me llamó mi madre para decirme que no hiciera una montaña, que Elena es como es y que, al fin y al cabo, me había dado un techo. Le dije que lo sabía. Porque lo sé.

Pero desde la ventana de esta habitación se ve un patio lleno de tendederos, y por la noche oigo a la vecina de arriba arrastrar sillas. No es mi casa. Tampoco sé cuánto tiempo podré permitirme estar aquí.

Aun así, ayer puse una lavadora a las nueve y media de la noche sin avisar a nadie. Y dormí del tirón.