“Me acostumbré a estar disponible para todos, hasta que una mañana no pude ni vestirme sin llorar”
Tengo cuarenta y ocho años y durante mucho tiempo estuve orgullosa de que todo el mundo pudiera contar conmigo. Lo decía incluso como una broma: «Llámame, que yo me apaño». Mi hermana, mis tíos, las vecinas de mi padre, la madre de una compañera del trabajo a la que apenas conocía. Siempre me apañaba.
Ahora, cuando lo escribo, me doy cuenta de que no era solo generosidad. También me gustaba que me necesitasen. Me hacía sentir útil, importante, como si tuviera un sitio claro en todas partes.
Trabajo en una gestoría pequeña de Móstoles. Nada espectacular: nóminas, autónomos que entregan los papeles tarde, llamadas de gente nerviosa por una multa o por una carta de Hacienda que no entiende. Desde la pandemia tenemos dos días de teletrabajo, aunque casi nunca los disfruto de verdad. Mi jefe es razonable, pero tampoco puedo desaparecer cada vez que a mi padre se le olvida una cita.
Mi padre tiene ochenta y uno. No está mal de la cabeza ni necesita cuidados constantes, que es importante decirlo. Vive solo desde que murió mi madre, hace seis años, en el piso de toda la vida, en Alcorcón. Tiene tensión, diabetes y un orgullo enorme. Puede bajar a comprar el pan, hacer una tortilla bastante decente y discutir con el farmacéutico sobre si las tiras reactivas se las han dado bien o no.
Pero desde que se cayó en la cocina el invierno pasado, aunque no se rompió nada, empezó a darme miedo dejarle completamente a su aire. Y a él, creo, le empezó a dar miedo estar solo, aunque jamás lo ha dicho así.
Mi hermana Laura vive en Zaragoza. Tiene dos hijos adolescentes, trabaja en un instituto y viene cuando puede. Siempre empieza las conversaciones con un «ya sabes que desde aquí es complicado», que es verdad. No le reprocho que tenga su vida allí. Bueno, no se lo reprocho en voz alta. Por dentro, algunos días sí.
Al principio eran cosas pequeñas. Llevar a mi padre al podólogo. Pasar por Mercadona porque se había quedado sin leche. Ordenarle las pastillas en el pastillero semanal. Luego empecé a acompañarle a las revisiones, porque salía del centro de salud con las indicaciones mezcladas o sin haber preguntado lo que quería.
Después vinieron las llamadas de las vecinas.
—Celia, perdona que te moleste, pero tu padre dice que no encuentra las gafas y está muy alterado.
—Celia, soy Paqui, la del quinto. Ha sonado un pitido en su casa y no abre.
Una vez el pitido era el detector de humo porque se había dejado una sartén vacía al fuego. Otra vez, una alarma de un reloj que Laura le había regalado y que él no sabía apagar. Yo salía corriendo igual. Dejaba una reunión, inventaba una excusa, cogía el coche.
Mi pareja, Dani, al principio me ayudaba. Venía conmigo, cambiaba una bombilla, bajaba la basura, se sentaba a escuchar las mismas historias de mi padre sobre la mili. Dani es buena persona. Pero un domingo, mientras fregábamos los platos en su casa, me dijo:
—No sé cuándo fue la última vez que hicimos algo sin estar pendientes de que te llamen.
Me sentó fatal. Le contesté que mi padre no había elegido hacerse mayor. Como si él hubiera dicho lo contrario.
Luego pedí perdón, pero tampoco cambié nada.
El punto en que empecé a encontrarme rara fue bastante ridículo. Un martes por la mañana, antes de conectarme al trabajo, me estaba poniendo rímel frente al espejo. Tenía que ir a la oficina porque venía un cliente importante. De repente me llamó mi padre: no encontraba el recibo del IBI y estaba convencido de que le iban a embargar el piso.
Yo sabía que el recibo estaba domiciliado. Se lo había explicado varias veces. Intenté tranquilizarle, pero me pidió que fuera. Miré la hora, miré mi cara medio maquillada y empecé a llorar. Sin escándalo, sin ahogos. Me caían lágrimas y seguía intentando ponerme el rímel.
No fui a la oficina. Fui a su casa. El recibo estaba metido en un cajón con facturas de 2019. Mi padre me dio las gracias y después me preguntó si podía aprovechar para pedirle cita en el oftalmólogo.
Ese día me dio por mirar el calendario del móvil. En tres semanas había ido once veces a su casa. Once. Algunas visitas de veinte minutos, sí, pero entre el trayecto, los mensajes y quedarme luego pensando si estaría bien, era como llevar una segunda jornada que nadie veía.
Hablé con Laura. No quería discutir; de verdad que no. Le propuse contratar unas horas a la semana de ayuda a domicilio privada, aunque fuera para que alguien le acompañara a hacer compra y le echara un vistazo a la comida. Entre las dos podíamos pagarlo. Mi padre tiene su pensión y algunos ahorros, pero se niega a gastarlos en eso.
Laura se quedó callada un segundo y luego dijo que a él le iba a sentar fatal que «una extraña» entrase en casa.
—Pues a mí me está sentando fatal no tener vida —solté.
Me arrepentí en cuanto lo dije. Laura me contestó, bastante seca, que ella no me había pedido que lo hiciera todo. Y tenía razón. Nadie me había nombrado oficialmente cuidadora de nadie. Yo había ido ocupando ese sitio, como quien coloca una silla de más en una mesa hasta que ya no sabe cómo retirarla.
Aun así, cuando planteamos lo de la ayuda a mi padre, se enfadó conmigo. No gritó. Peor: se quedó con una cara de decepción que todavía me persigue.
—¿Te molesto tanto?
Me salió decirle que no era eso, que le quería, que estaba cansada. Pero él se quedó solo con la parte del cansancio.
Durante dos semanas no aceptó a nadie. Me llamaba menos, pero cuando llamaba hablaba raro, muy seco. Yo vivía pendiente del teléfono igual. Me despertaba a las cuatro de la mañana pensando que quizá se habría levantado al baño y se habría caído. Me daba vergüenza contarlo porque parecía que estaba exagerando, pero el cuerpo se me había quedado siempre preparado para una urgencia.
Al final, una trabajadora social del centro de salud nos orientó sobre recursos municipales y la posibilidad de valorar su situación. No fue mágico ni rápido, ni mucho menos. Mientras tanto encontramos a Maribel, una auxiliar que iba tres mañanas por semana. El primer día mi padre ni la miró. A la segunda semana le estaba guardando el suplemento del periódico.
No ha solucionado todo. Sigo yendo a verle, claro. Sigo llevando una copia de sus llaves y sigo contestando cuando me llama. Pero ya no voy corriendo por cada papel perdido o por cada cable que no sabe enchufar. A veces le digo: «Apúntalo y lo vemos el jueves». Me cuesta muchísimo decirlo.
Hay días en que mi hermana me manda un mensaje preguntando por él y noto una rabia fea, aunque sé que ella también está haciendo lo que puede. Hay días en que mi padre suelta que antes estaba más pendiente. Y hay días en que pienso que quizá soy una hija horrible por haber necesitado frenar.
El sábado pasado Dani y yo fuimos al cine, una sesión de las seis, algo que no hacíamos desde hacía meses. Puse el móvil en silencio durante dos horas. Al salir tenía una llamada perdida de mi padre y se me cerró el estómago.
Le devolví la llamada desde la puerta del cine.
—¿Pasa algo?
—No, mujer. Era para decirte que Maribel me ha comprado unos tomates que no saben a nada.
Me reí. Él también, un poco. Luego colgué y no fui a su casa.
Llegamos tarde a cenar y los dos estábamos cansados, pero por primera vez en mucho tiempo no sentí que estuviera escapándome de alguien. Solo sentí que había ido al cine con mi pareja.