Mi hermano decía que nuestro padre no podía quedarse solo, pero nadie quería verlo cuando vivía en mi casa
Mi padre lleva tres semanas en una residencia y todavía me cuesta decirlo sin bajar la voz, como si estuviera contando una vergüenza.
No es una residencia de lujo ni nada parecido. Está en un pueblo a veinte minutos de donde vivo, es concertada y la estamos pagando entre mi hermano y yo con su pensión. Tiene una habitación compartida con un señor que se llama Julián, que ronca muchísimo según mi padre, y una terraza pequeña donde por las mañanas les sacan al sol si no hace demasiado frío.
Cada vez que voy, mi padre me pregunta cuándo vuelve a casa.
No dice a mi casa. Dice “a casa”. Y ahí es donde se me encoge todo.
Mi madre murió hace cuatro años. Fue rápido, dentro de lo horrible que puede ser algo así. Un cáncer de páncreas. Desde entonces mi padre siguió viviendo solo en el piso de toda la vida, en Carabanchel. Al principio parecía que se apañaba. Bajaba a por el pan, quedaba con dos antiguos compañeros de la imprenta, veía el fútbol. Mi hermano Sergio iba los domingos con sus hijas, yo pasaba entre semana cuando podía.
Pero luego empezó con cosas pequeñas. Una vez dejó las llaves puestas por dentro toda la noche. Otro día se cayó en la ducha y no nos llamó hasta la mañana siguiente porque, según él, no quería molestar. Se le olvidaban citas, confundía la medicación de la tensión con unas pastillas para dormir. Nada de película dramática. Solo una suma de cosas que te van poniendo nerviosa.
Sergio propuso que se viniera conmigo “temporalmente”. Lo dijo así, muy fácil, sentado en mi salón, mientras yo recogía los vasos del café.
—Tú teletrabajas tres días, Marta. Y tienes una habitación libre.
La habitación libre era el despacho donde cosía por las noches y donde guardaba cajas, una bicicleta estática que nunca uso y los álbumes de fotos de mi madre. Pero en ese momento no supe responder. Mi padre estaba delante, con la mirada clavada en la mesa. Parecía más pequeño de lo que era.
—Solo hasta que veamos qué hacemos —dijo Sergio.
Ese “solo” duró once meses.
Los primeros días incluso hubo momentos buenos. Mi padre me hacía la comida los martes, o lo intentaba. Una tarde preparó lentejas y echó azúcar en vez de sal. Nos reímos tanto que acabamos cenando tortilla francesa. Yo pensé que quizá exageraba, que quizá podía hacerlo.
Luego empezó el desgaste de verdad.
Mi padre se despertaba muchas noches y encendía todas las luces del pasillo. Decía que no encontraba el baño, aunque el baño estaba a dos pasos de su cuarto. A veces me llamaba desde la cama porque había oído un ruido. O porque no recordaba qué día era. O porque quería saber si yo iba a trabajar al día siguiente.
Al principio me levantaba sin protestar. Le preparaba una tila, le hablaba despacio. Después empecé a hacerlo con un nudo en el estómago. Me daba vergüenza reconocerlo, pero cuando escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo, algunas noches fingía dormir.
También dejó de gustarme estar en mi propia casa.
No podía poner música porque le molestaba. Si venía mi amiga Nuria a cenar, él se quedaba sentado con nosotras, callado, hasta que una de las dos acababa diciendo que era tarde. Dejé de invitar a gente. Dejé de coser porque la máquina hacía ruido. Dejé de tener plantas en el balcón porque mi padre insistía en regarlas él y un día inundó al vecino de abajo.
Sé que suena egoísta. Lo sé. Mi padre no hacía esas cosas para fastidiarme. Estaba perdiendo autonomía y tenía miedo. A veces se enfadaba por tonterías porque seguramente él también notaba que ya no controlaba nada.
Pero yo empecé a desaparecer de una forma rara. Iba del trabajo al supermercado, del supermercado a casa, y de casa al ambulatorio o a la farmacia. Los sábados hacía lavadoras y revisaba que tuviera ropa limpia, porque se empeñaba en repetir la misma camiseta tres días. Los domingos Sergio venía una hora y media, traía bollos para las niñas y se iba antes de comer porque una de ellas tenía baloncesto.
Cuando le decía que necesitaba que se implicara más, me contestaba cosas que me sacaban de quicio.
—Marta, yo no puedo teletrabajar.
—Ya, pero puedes pedir una tarde libre alguna vez.
—¿Y qué quieres que haga? Si papá está mejor contigo.
Esa frase me perseguía. “Está mejor contigo.” Era verdad, quizá. Pero nadie preguntaba si yo estaba bien.
El día que todo se torció no hubo una gran pelea. Fue un jueves de noviembre. Yo tenía una reunión importante y había avisado a mi padre tres veces de que, de diez a once, no entrara en el salón. Puse un papel en la puerta. Me puse auriculares.
A las diez y veinte abrió.
Llevaba su chaqueta puesta y estaba pálido.
—No encuentro a mamá —me dijo.
No sabía qué hacer. En la pantalla tenía a mi jefe, a dos compañeros y una clienta. Cerré el portátil de golpe. Le pregunté qué pasaba, si se encontraba mal. Él empezó a llorar. No lloraba desde el entierro de mi madre.
—Ha salido y no vuelve —repetía.
Le abracé, claro. Estuvimos así un rato. Luego llamé al centro de salud, hablé con la enfermera y me dijo que podía ser desorientación, que pidiéramos cita con su médico. Colgué y vi que eran casi las doce. Tenía doce llamadas perdidas de mi jefe.
Mi padre se quedó dormido en el sofá. Yo me senté en el suelo de la cocina y lloré sin hacer ruido, mirando una bolsa de naranjas que llevaba dos días sin guardar.
Aquella tarde llamé a Sergio y le dije que ya no podía seguir así.
Se quedó callado unos segundos. Pensé que lo entendería.
—¿Pero cómo que no puedes? —me soltó—. ¿Vas a mandar a papá a una residencia porque te ha interrumpido una reunión?
Me dio tanta rabia que le colgué. Después le mandé un mensaje larguísimo. Lo borré. Le mandé otro más corto: “No es por una reunión. No estoy pudiendo con esto”.
La búsqueda de plaza fue humillante. Visitas, listas de espera, papeles, llamadas en las que te preguntaban si había valoración de dependencia. La trabajadora social nos orientó bastante, aunque todo iba lento. Mi padre decía que no quería ir “a un sitio de viejos”, y yo asentía mientras por dentro pensaba que tampoco quería seguir viviendo como si mi vida estuviera prestada.
Los primeros días allí fueron mal. Muy mal. Me acusó de haberlo echado. Sergio dejó de hablarme casi una semana. Mi tía Amparo me llamó para decirme que mi madre jamás habría querido aquello. Le dije que mi madre tampoco habría querido verme tomando ansiolíticos a escondidas en el baño, pero eso no se lo dije. Solo le contesté que lo sentía.
Ahora mi padre está más tranquilo algunos días. Otros no. Hay días en que me recibe enfadado y días en que me guarda una mandarina del postre porque sabe que me gustan. Sergio va más que antes, quizá por culpa, quizá porque ya no tiene excusa. Yo voy tres o cuatro veces por semana, aunque intento no ir todos los días.
Ayer, al despedirme, mi padre me preguntó si podía llevarle el domingo una radio pequeña. Dijo que en su habitación se hace muy largo el silencio.
Le dije que sí.
Al salir, me senté cinco minutos en el coche sin arrancar. Después fui a casa, puse música bastante alta y cosí hasta que se hizo de noche. No me sentí aliviada exactamente. Tampoco me sentí una monstruo. Solo estaba cansada, y por primera vez en mucho tiempo, el cansancio era solo mío.