“Me daba vergüenza pedir ayuda, pero ya no podía seguir diciendo que todo iba bien”: la historia de una madre al límite

El día que fui al ayuntamiento llevaba una carpeta azul de plástico con los papeles doblados y un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio para mi hijo. Eran las diez y veinte de la mañana, pero yo ya sentía que llevaba todo el día corriendo.

Había pedido salir una hora antes del trabajo diciendo que tenía una gestión médica. Me dio vergüenza decir la verdad. Trabajo en una tienda de ropa en un centro comercial, tengo contrato de treinta horas y, desde fuera, supongo que parece que debería apañarme. Durante mucho tiempo yo también pensaba eso.

Me llamo Nuria, tengo treinta y siete años y mi hijo, Leo, acaba de cumplir ocho. Vivimos en un piso de alquiler en Móstoles, pequeño pero hasta hace poco suficiente. Cuando nos mudamos pagaba 760 euros. Este año, al renovar, se puso en 915. El casero me lo dijo con una naturalidad que todavía me duele recordar.

—Tal y como está todo, Nuria. Ya sabes.

Sí, claro que sabía cómo estaba todo. Lo sabía cada vez que iba al supermercado y salía con dos bolsas medio vacías por casi cincuenta euros. Lo sabía cuando Leo me pidió cereales de los que anuncian en la tele y le dije que esperáramos a la oferta. Lo sabía cuando llegaba el recibo de la luz y lo dejaba boca abajo sobre la mesa de la cocina, como si así tardara más en existir.

El padre de Leo y yo nos separamos hace tres años. No fue una separación especialmente tranquila, aunque tampoco de gritos diarios ni cosas así. Simplemente se fue apagando todo y acabamos haciéndonos daño por cansancio. Él se quedó viviendo en Parla, al principio veía al niño algunos fines de semana y acordamos una pensión de 250 euros al mes.

No era una cifra enorme, pero me ayudaba. Con eso pagaba el comedor del cole, las actividades o parte de la ropa cuando pegaba el estirón. Durante el primer año cumplió más o menos. A veces ingresaba tarde y yo tenía que recordárselo, pero llegaba.

Luego empezó a fallar.

Primero fue un mes. Me explicó que habían reducido horas en la empresa donde trabajaba. Después fueron dos meses y un bizum de 80 euros con un mensaje: “Es lo que puedo ahora mismo”. Yo quería creerle. De verdad. Porque tampoco quería convertir cada conversación sobre nuestro hijo en una pelea.

El problema es que al mismo tiempo él subía fotos saliendo a cenar, haciendo escapadas con su pareja nueva, comprándose una moto de segunda mano. No sé si todo eso lo pagaba él, ni quiero hacer de detective, pero era difícil no sentir rabia.

Cuando le preguntaba por la pensión, respondía que yo no sabía sus circunstancias. Y seguramente no las sabía. Pero él tampoco sabía las mías, o no quería saberlas.

Una tarde de abril, Leo llegó del colegio con una circular para una excursión a Faunia. Costaba 24 euros. No era una barbaridad, lo sé. Pero yo tenía 31 euros en la cuenta hasta que cobrara tres días después. Le dije que al día siguiente hablábamos.

Esa noche cenamos crema de verduras y tostadas. Leo no dijo nada de la excursión. Se puso a hacer un dibujo en la mesa mientras yo calculaba en el móvil cuánto debía de la factura del gas.

—Mamá, si no voy no pasa nada —me soltó de repente, sin mirarme.

Y eso fue peor que si hubiera llorado o insistido.

Le dije que claro que iba a ir, que ya veríamos cómo lo hacíamos. Al final le pedí veinte euros a mi hermana, que tiene dos hijas y tampoco va sobrada. Me los mandó sin hacer preguntas, pero luego me llamó.

—Nuria, no puedes estar así cada mes.

—No estoy así cada mes.

Mentí casi por reflejo. Estaba así muchos meses, solo que unos se notaba más que otros.

Mi hermana fue la que me habló de pedir ayuda en servicios sociales. Yo me enfadé con ella. No con un enfado enorme, pero sí de esos que salen porque te han tocado donde no quieres mirar.

—Tengo trabajo, Laura. No quiero ir a pedir como si no hiciera nada.

—No es pedir por pedir. Es que tienes derecho a informarte. Y el niño no tiene por qué pagar que su padre no cumpla.

Me pasé varios días dándole vueltas. Me daba una vergüenza absurda imaginarme sentada delante de una trabajadora social explicando que no me llegaba. Me parecía que era reconocer que había fracasado. Que, con mi edad, trabajando y teniendo estudios de auxiliar administrativa, no había sabido organizar mi vida.

La mañana de la cita, antes de salir, ordené la casa. Es ridículo, porque nadie iba a verla. Pero hice las camas, fregué los platos y hasta doblé una montaña de ropa que llevaba tres días en una silla. Creo que necesitaba sentir que al menos algo estaba bajo control.

La mujer que me atendió se llamaba Amparo. Tendría unos cincuenta y tantos, llevaba unas gafas con una cadena fina y hablaba sin prisa. Me pidió nóminas, contrato, extractos bancarios, el convenio regulador y los recibos del alquiler.

Al principio yo respondía muy seca, como si estuviera en una entrevista en la que tenía que demostrar que no era una irresponsable. Pero en un momento me preguntó si el padre estaba abonando la pensión con regularidad.

No sé por qué, pero se me hizo un nudo en la garganta.

—No —dije—. Y no quiero estar persiguiéndole toda la vida.

Amparo no me dijo que tuviera que denunciarle ni me soltó frases de ánimo de esas que suenan vacías. Me explicó qué ayudas municipales podían valorar según mi situación, que quizá había una ayuda de emergencia para gastos concretos y que podía solicitar el Ingreso Mínimo Vital, aunque la resolución podía tardar y dependía de muchos datos. También me recomendó asesorarme sobre el impago de la pensión.

Salí de allí con una lista de documentos aún más larga que la que llevaba. Me senté en un banco, abrí el bocadillo de Leo y me comí la mitad. La otra mitad se la guardé para él, aunque ya estaba un poco aplastada.

No sentí alivio inmediato. Sentí cansancio. Muchísimo. Y también humillación, si soy sincera. Como si hubiera tenido que enseñar a una desconocida todas las costuras de mi vida.

Pero esa misma tarde llamé al padre de Leo. No le grité. Creo que ya no me quedaba energía ni para eso. Le dije que iba a pedir asesoramiento porque necesitaba que se hiciera cargo de lo acordado.

Se quedó callado unos segundos y luego dijo que yo siempre dramatizaba.

Puede ser que a veces dramatice. Puede ser que haya aguantado demasiado y ahora cualquier cosa me desborde. Pero la nevera vacía no es un drama inventado. El alquiler que vence el día cinco tampoco.

He presentado la solicitud del IMV y estoy reuniendo lo que me han pedido para la ayuda del ayuntamiento. Mi hermana me ayuda con algunos papeles porque yo me lío con la sede electrónica y termino haciendo fotos torcidas a todo. También he pedido cita para informarme sobre reclamar las cantidades impagadas. Me da miedo abrir otro frente, no voy a fingir que no.

De momento, Leo fue a la excursión. Volvió con una pegatina de un panda en la sudadera y una foto borrosa con tres compañeros. Me contó durante la cena que había visto una serpiente enorme y que a Marcos le había dado miedo.

Yo asentía mientras recogía los platos. En la encimera seguían las facturas, pero esa noche no las puse boca abajo. Las dejé ahí, a la vista, y empecé a ordenarlas por fecha.