Mi sobrino me rogó que borrara un vídeo, pero hacerlo habría significado traicionar a alguien más
Desde hace meses tengo el grupo de WhatsApp de mi familia silenciado. No me he salido. No sé muy bien por qué. Supongo que una parte de mí sigue esperando que alguien escriba algo que no sea un cumpleaños, una foto de una paella o el aviso de que mi madre tiene cita en el ambulatorio.
Antes hablábamos todos los días. Mi hermano Manu, mi cuñada Sonia, mis sobrinos Álvaro y Lucía, mis padres, dos primas que opinan de todo aunque nadie les pregunte. Era el grupo de siempre. El de los buenos días con flores horribles, el de organizar Nochebuena, el de mandar una foto del perro cuando se ponía malo.
Yo tengo cincuenta y un años, estoy divorciada desde hace siete y vivo sola en un piso de alquiler en Illescas. Trabajo por las mañanas en una clínica dental, en recepción. No tengo hijos. Por eso, quizá, me agarré tanto a los hijos de mi hermano. A Álvaro le cambié pañales, le llevé al colegio cuando Sonia tenía turno de tarde, le acompañé a comprarse el traje para su graduación. No era mi hijo, claro, pero a veces me salía decir “mi chico”.
Lo que pasó empezó en las fiestas del pueblo, en agosto. Y ni siquiera estuve allí.
A la una y pico de la madrugada me llegó un vídeo por WhatsApp. Me lo mandó Lucía, que tiene dieciséis años, con un mensaje: “Tía, no se lo enseñes a nadie todavía”.
El vídeo duraba poco más de un minuto. Se veía mal, grabado de lado, con gente riéndose. Un chico iba con una bici eléctrica por una calle detrás de las casetas. Le cerraban el paso cuatro chavales. Al principio pensé que era una tontería de fiestas, de esas que dan vergüenza ajena pero se quedan ahí.
Luego escuché que le llamaban “moro de mierda”.
El chico decía que le dejaran pasar. Llevaba una mochila cuadrada de reparto a la espalda. Uno le tiró la bici al suelo. Otro le quitó la gorra. Y detrás de la cámara se oyó la voz de Álvaro.
No le veía la cara, pero reconocí su voz. Una madre reconoce a su hijo; una tía también, aunque luego quiera hacerse la tonta.
—Venga, déjale ya —decía él.
No parecía asustado. Ni enfadado. Sonaba como cuando alguien quiere que se termine algo porque se está haciendo tarde.
Llamé a Lucía. Tardó bastante en cogerlo.
—¿Álvaro estaba ahí?
—Tía, no sé.
—Lucía, no me hagas esto.
Se quedó callada y luego dijo que sí, que había ido con los otros, pero que no había pegado a nadie. Que su hermano solo había grabado “un poco” y que después se lo había mandado a un grupo.
—Papá se va a poner fatal si se entera —me soltó.
En ese momento pensé, de forma bastante egoísta, que a mí también me iba a dar algo.
Llamé a Manu al día siguiente. No le mandé el vídeo de entrada. Le dije que Álvaro había tenido un problema en las fiestas y que teníamos que hablar. Él vino a casa por la tarde, todavía con la cara hinchada de dormir poco.
Cuando vio el vídeo se quedó blanco. Lo volvió a poner. Después dejó mi móvil boca abajo sobre la mesa.
—Son chavales haciendo el imbécil —dijo.
—El chico acabó en el suelo, Manu.
—No sabes qué había pasado antes.
Eso me dolió más de lo que esperaba. Porque no estaba preguntando qué había pasado antes. Estaba viendo a unos chicos humillando a otro y buscando una forma de hacerlo pequeño.
Manu me pidió que borrara el vídeo. Me dijo que Álvaro había empezado un grado medio, que aquello le podía fastidiar la vida, que los otros chicos tenían familias conocidas en el pueblo y que todo se iba a convertir en un circo.
Yo le pregunté por el repartidor.
Mi hermano contestó que no sabía ni quién era.
Dos días después me escribió un número que no tenía guardado. Era el chico del vídeo. Se llamaba Hamid. Lucía se lo había pasado a una compañera de clase y la compañera lo había reconocido porque su hermano trabajaba con él. Así de pequeño es todo, incluso un pueblo que parece grande.
Hamid me dijo que no quería problemas. Que ya había ido a urgencias por el golpe en la muñeca y que su jefe le había dicho que se tomara unos días. Me preguntó si el vídeo era entero.
Yo le dije que sí, aunque no lo sabía.
Esa noche lo revisé varias veces. En una carpeta de archivos eliminados encontré otro vídeo, de once segundos. Debía de haberse descargado al mismo tiempo. Se veía a Álvaro de frente. No pegaba a Hamid, pero tenía su gorra en la mano. La lanzó a un charco mientras los demás se reían.
Me senté en el suelo de la cocina. No sé por qué, pero no podía dejar de mirar una bolsa de mandarinas que tenía junto a la puerta. Era una escena absurda. Mi sobrino había hecho algo que no quería creer y yo estaba pensando en que se me iban a poner malas las mandarinas.
Álvaro vino a verme al día siguiente. Lloró. Me dijo que se había dejado llevar, que no sabía cómo parar aquello sin quedar como un pringado delante de los demás. Me pidió que no enviara el segundo vídeo a nadie.
—Tú sabes cómo son —me dijo—. Si yo decía algo, luego iban a por mí.
Y lo entendí. Eso es lo peor. Lo entendí de verdad.
Pero también entendí a Hamid cuando me dijo, por teléfono, que desde aquella noche tenía miedo de volver a pasar por esa calle. Que había cambiado de ruta para repartir. Que su madre le decía que no denunciara, porque bastante tenían ya con papeles, trabajo y alquileres.
No publiqué nada en redes ni mandé el vídeo a ningún grupo. Se lo envié a Hamid y declaré cuando me llamaron para confirmar de dónde había salido. Dije lo que sabía. Ni más ni menos. Bueno, eso me repetía entonces.
En mi familia no lo vivieron así.
Sonia dejó de responderme. Mi padre me dijo que una cosa era regañar a un sobrino y otra “ponerlo en manos de gente que no le conoce”. Una prima me escribió que había sido una chivata. Alguien dejó un papel bajo la puerta de mi portal. Ponía: “A la familia no se la vende”. Ni siquiera sé quién fue, aunque puedo imaginarme a más de uno.
Álvaro tuvo que ir a declarar. No voy a contar lo que pasó después porque no me corresponde y, además, el asunto todavía está dando vueltas. Sé que pidió perdón a Hamid. Sé que no fue una disculpa mágica ni arregló nada. También sé que él dejó de hablarme.
En Navidad no fui a casa de mis padres. Mi madre me llamó tres veces esa mañana. No cogí. Luego escuché sus audios y lloré tanto que me dolía la cabeza. Decía que no quería elegir entre sus hijos y que por favor no la obligara a hacerlo.
Y ahí está la parte que más me cuesta reconocer: quizá yo también quise que eligieran. Quizá esperaba que Manu me dijera que había hecho bien, que Álvaro había cruzado una línea, que protegerle no podía significar negar lo que había ocurrido. En vez de eso, cada uno se colocó donde pudo para no caerse.
La semana pasada Lucía me escribió por privado. Me mandó una foto de mi madre dormida en el sofá, con una manta hasta la barbilla.
“Dice que vayas el domingo”, puso.
No añadió nada más.
No sé si iré. He comprado una caja de pastas para llevar, de esas que le gustan a mi padre, aunque luego diga que están demasiado dulces. La tengo encima de la encimera desde ayer.
El grupo sigue silenciado. Esta mañana ha entrado un mensaje de Manu preguntando quién puede acompañar a mi madre a rehabilitación el jueves.
He leído el mensaje tres veces. Todavía no he contestado.