Marta descubrió que los ahorros para su casa ya no estaban… y la explicación de Piotr la dejó sin suelo bajo los pies
No fue una discusión enorme al principio. De hecho, cuando descubrí lo del dinero, estaba sentada en el sofá con el portátil encima de las piernas y una bolsa de ropa limpia sin doblar a mi lado.
Había entrado en la cuenta común porque tocaba pagar el seguro del coche. Piotr casi siempre llevaba esas cosas, pero aquel mes iba con turnos raros en el almacén y me pidió que lo mirara yo. Vi el recibo del seguro, la cuota de la luz, dos compras del súper… y luego una transferencia de 38.000 euros.
Me quedé mirando la pantalla bastante rato. Pensé que quizá era una retención, algo del banco, no sé. La descripción ponía el nombre de una inmobiliaria de Torrevieja.
Cuando Piotr llegó aquella noche, venía cansado y con el uniforme oliendo a cartón y polvo. Le pregunté sin levantar la voz. Creo que por eso él tardó unos segundos en entender lo que le estaba preguntando.
—¿Qué es esta transferencia?
Dejó las llaves en el mueble de la entrada, miró el móvil y luego me miró a mí.
—Ah. Eso. Te lo iba a contar.
No me lo había contado. Hacía tres semanas que la transferencia estaba hecha.
Piotr es polaco, aunque llevamos diecisiete años en España. Nos conocimos en Valencia, cuando él trabajaba instalando cocinas y yo estaba en una gestoría pequeña. Tenemos un hijo, Kuba, que entonces tenía doce años. En casa hablábamos español casi siempre, salvo cuando Piotr llamaba a su madre o cuando Kuba quería aprender alguna palabra en polaco para hacerle gracia a su abuela.
No éramos una pareja de esas que suben fotos perfectas ni que hacen grandes planes. Éramos más bien de ir tirando. Alquiler en Mislata, coche viejo, vacaciones algunos años en el pueblo de mi madre, cerca de Albacete. Ahorrábamos porque queríamos dejar de alquilar. Esa era la idea desde hacía muchísimo tiempo.
Yo cobraba poco, pero apartaba dinero todos los meses. Dejé de ir a pilates, vendí unas joyas de mi abuela que apenas usaba y durante dos años hice declaraciones de renta por mi cuenta para algunos conocidos. Piotr también aportaba. No voy a decir que no. El dinero era de los dos, y precisamente por eso lo que hizo me dejó tan descolocada.
Me explicó que su madre, Halina, estaba viviendo de alquiler en una habitación cerca de Łódź y que el dueño iba a vender el piso. Ella tenía una pensión pequeña. Piotr había encontrado un apartamento antiguo en Torrevieja, cerca de unos primos suyos, y pensó que así ella podría venirse a España.
—¿Pensaste tú solo? —le pregunté.
—Es mi madre, Marta. No podía dejarla tirada.
Yo no había dicho que la dejara tirada. Ni siquiera sabía que estuviera buscando piso. Lo que no podía entender era que hubiera sacado casi todos nuestros ahorros, sin hablarlo conmigo, para comprar una vivienda a su nombre.
A su nombre. Esa parte tardé unos días en saberla, porque al principio Piotr me dijo que “ya veríamos los papeles”. Cuando insistí, reconoció que lo había puesto a nombre de Halina para que ella se sintiera segura.
—Pero si eso era para nuestra entrada —le dije.
—Ya ahorraremos otra vez.
Lo dijo como quien dice que ya se compra otro paquete de café. Teníamos cuarenta y pocos años, un hijo a punto de entrar en el instituto y un alquiler que no dejaba de subir. No era ahorrar otra vez sin más. Era volver al principio después de ocho años.
Halina no era mala persona. Esa es la parte que me costaba explicar a mis amigas sin parecer una bruja. Me traía regalos para Kuba, cocinaba muchísimo cuando venía y siempre me daba dos besos con una amabilidad un poco rígida. Pero Piotr llevaba años comportándose como si cualquier necesidad de ella estuviera por delante de todo. Si ella decía que necesitaba dinero, se lo mandaba. Si llamaba durante la cena, él cogía el teléfono. Si yo señalaba algo, acababa pareciendo que tenía celos de una señora mayor.
Esta vez ya no pude fingir que era una manía suya.
Durante una semana casi no hablamos. Él dormía en el sofá alguna noche, no porque yo se lo pidiera, sino porque decía que así “no discutíamos delante del niño”. Y yo me descubrí haciendo cosas absurdas: contando los yogures que quedaban, mirando si faltaba efectivo en el cajón, comprobando el saldo antes de dormir.
Kuba notó enseguida que pasaba algo. Una tarde me preguntó si papá estaba enfadado conmigo. Le dije que eran cosas de mayores. Sé que es la frase más inútil del mundo, pero no sabía qué contarle. No quería que pensara que su padre era un monstruo. Yo no lo pensaba. Piotr quería a su madre y seguramente de verdad creyó que encontraríamos la manera. Lo que no entendía era por qué su manera consistía siempre en que los demás aguantáramos.
El domingo siguiente, Halina llamó por videollamada. Piotr puso el móvil sobre la mesa y me hizo un gesto para que apareciera. Ella estaba emocionada. Me enseñó unas cortinas que había comprado y dijo que por fin tenía “una casa de verdad”.
Yo sonreí, porque Kuba estaba allí. Luego fui al baño y lloré en silencio, sentada en la tapa cerrada del váter. Me daba vergüenza llorar por ladrillos, por papeles, por una cuenta bancaria. Pero no eran ladrillos. Era todo lo que había ido aplazando mientras confiaba en un plan común.
Dos días después llamé a una compañera de la gestoría que tenía una prima con un piso pequeño para alquilar en Patraix. Era caro para lo que era, un tercero sin ascensor, dos habitaciones y una cocina estrecha. Aun así, fui a verlo.
No tomé la decisión allí mismo. De hecho, al salir llamé a Piotr y le dije que teníamos que hablar en serio. Me respondió que habláramos, sí, pero que no dramatizara, que él no había hecho nada contra Kuba ni contra mí.
Eso fue lo que me rompió algo por dentro. Que todavía lo viera así.
Le dije que no podía seguir compartiendo mi vida con alguien que podía decidir una cosa tan grande sin contar conmigo y después pedir que lo entendiera. Él se enfadó. Me dijo que estaba poniendo a su madre como excusa para abandonar una relación que ya estaba gastada. Puede que tuviera parte de razón en una cosa: nuestra relación llevaba tiempo gastada. Solo que yo no lo había querido mirar.
Firmé el alquiler tres semanas después. Mi hermana me dejó 1.500 euros para la fianza, aunque me insistió en que no tenía que devolvérselos corriendo. Metí nuestra ropa en cajas de supermercado. Kuba eligió llevarse la lámpara de su escritorio y una foto de los tres en la playa, una en la que Piotr salía con los ojos medio cerrados por el sol.
Ahora llevamos cuatro meses en el piso nuevo. Todavía no he conseguido comprar una mesa decente y tenemos sillas distintas en la cocina. Kuba dice que le gusta porque está más cerca de sus amigos. Piotr lo ve dos tardes entre semana y algunos fines de semana. A veces hablamos sin gritarnos; otras veces acabamos discutiendo por gastos o por horarios.
No sé qué pasará con el piso de su madre, ni si algún día él entenderá por qué no podía quedarme. Yo tampoco me siento valiente todos los días. Hay noches en las que abro la aplicación del banco y noto un nudo en el estómago.
Pero el otro día llegué tarde, encontré a Kuba calentándose pasta y me preguntó si podía invitar a un amigo a dormir el viernes. Le dije que sí sin pedir permiso a nadie. Después doblé la ropa limpia, la misma clase de ropa que tenía encima aquel día, y por primera vez en meses no sentí que estuviera esperando a que alguien decidiera por mí.