Un sábado cualquiera en el Mercadona: Soledad en la cola de la caja
—¿Señora, va a pagar en efectivo o con tarjeta? —La voz de la cajera, Lucía, sonó impaciente, casi cortante. Yo rebusqué en mi monedero, sintiendo cómo el sudor me resbalaba por la frente. El tintineo de las monedas era un eco de mi vergüenza. Saqué los billetes arrugados, las monedas sueltas, y supe antes de terminar de contar que no llegaba. Me faltaban dos euros con treinta y cinco céntimos.
—Perdón… —murmuré, sin atreverme a mirar a nadie. Noté cómo la fila detrás de mí se agitaba, escuché un suspiro exagerado y el murmullo de una mujer joven: “Siempre igual, madre mía…”.
No era la primera vez que me sentía invisible, pero nunca tan expuesta. Miré a Lucía, esperando algo de compasión, pero ella solo repitió:
—¿Va a dejar algo o…?
Pensé en dejar el queso manchego, pero era lo único que me hacía ilusión para la cena. Dudé. El hombre detrás de mí, un señor con barba canosa y gafas gruesas, resopló:
—¿Puede apurarse? Algunos tenemos prisa.
Sentí una punzada en el pecho. Recordé cuando venía a hacer la compra con mis hijos pequeños, cuando todo era ruido y carreras por los pasillos. Ahora solo quedaba el eco de sus voces en mi memoria y el vacío del piso al que volvería.
—Deje el tomate frito —dije al fin, con voz temblorosa.
Lucía tecleó algo en la caja. El pitido del escáner sonó como una sentencia. Me devolvió una mirada fugaz, quizá de lástima, quizá de hastío. Pagué lo justo y recogí mis cosas con manos torpes.
Al salir del supermercado, sentí las lágrimas asomando. Me apoyé en la pared junto a la puerta automática y respiré hondo. Vi pasar a Carmen, mi vecina del tercero.
—¡María! ¿Te encuentras bien? —preguntó, acercándose con su carrito lleno.
—Nada, cosas mías… —intenté sonreír.
—¿Seguro? Te he visto rara en la cola.
Le conté lo sucedido entre susurros. Carmen me abrazó fuerte.
—No tienes por qué pasar por esto sola. Si alguna vez te falta algo, me avisas. Para eso estamos las amigas.
Sentí alivio y vergüenza al mismo tiempo. ¿Cómo había llegado a este punto? Yo, que siempre fui independiente, ahora necesitaba ayuda hasta para comprar tomate frito.
Caminamos juntas hasta el portal. Carmen me invitó a tomar un café en su casa. Dudé, pero acepté. Su salón olía a bizcocho recién hecho y a vida compartida. Hablamos de nuestros hijos —los suyos viven en Valencia, los míos en Madrid y Barcelona— y de cómo apenas llaman ya.
—Es que van tan deprisa… —suspiró Carmen—. A veces siento que somos un estorbo.
Asentí. Recordé las veces que llamaba a mi hija Laura y me contestaba con prisa:
—Mamá, ahora no puedo hablar mucho, luego te llamo…
Pero ese “luego” casi nunca llegaba.
El café me reconfortó más de lo que esperaba. Al volver a casa, encendí la radio para romper el silencio. Me senté junto a la ventana y vi pasar a los niños jugando en la plaza. Pensé en mi nieta Paula, a la que apenas veo desde que mi hijo se separó.
Esa noche cené sola, como casi siempre. El queso manchego sabía distinto; tenía un regusto amargo de tristeza y resignación. Me pregunté cuántos mayores estarían pasando por lo mismo esa noche: sintiéndose invisibles en una ciudad que no se detiene ni un segundo a mirar atrás.
Al día siguiente, decidí escribirle una carta a Laura. No para reprocharle nada, sino para contarle cómo me sentía. Le hablé del supermercado, de Carmen, del miedo a pedir ayuda y de lo mucho que echo de menos una simple conversación sin prisas.
No sé si la leerá o si cambiará algo. Pero necesitaba decirlo.
A veces pienso: ¿En qué momento dejamos de importar? ¿Cuándo se volvió tan difícil pedir ayuda sin sentirnos una carga?
¿Os habéis sentido alguna vez así? ¿Creéis que nuestra sociedad cuida realmente de sus mayores o solo nos tolera mientras no molestemos demasiado?