Cuando el amor no es correspondido: Mi vida con Alejandro y las señales que ignoré

—¿Otra vez llegas tarde, Alejandro? —pregunté mientras el reloj de la cocina marcaba las diez y media de la noche. Mi voz temblaba, aunque intenté sonar firme. Él dejó las llaves sobre la mesa sin mirarme y se encogió de hombros.

—He tenido mucho trabajo, Lucía. No empieces —dijo, con ese tono cansado que ya era parte de la rutina.

Me quedé de pie, con el delantal aún puesto y la cena fría sobre la mesa. Era jueves, como cualquier otro jueves desde hacía años. Pero esa noche sentí que algo dentro de mí se rompía. No era solo el cansancio ni la soledad; era la certeza de que Alejandro nunca había estado realmente conmigo, aunque su cuerpo compartiera mi cama.

Recuerdo cuando nos conocimos en la universidad de Salamanca. Él era brillante, carismático, todos le admiraban. Yo era más bien callada, aplicada, siempre buscando agradar. Me enamoré de su seguridad, de su manera de hablar del futuro como si todo estuviera bajo control. Pero nunca me pregunté si yo formaba parte real de ese futuro o solo era una espectadora más.

Nuestra boda fue un evento familiar típico: mi madre llorando de emoción, mi padre brindando por nuestra felicidad, los primos bailando sevillanas hasta el amanecer. Pero incluso entonces, hubo un momento en el que le vi mirar su móvil durante el vals. Pensé que eran nervios. Ahora sé que era desinterés.

Con el tiempo, los detalles se volvieron señales. Las conversaciones se reducían a lo imprescindible: «¿Has pagado la luz?», «¿Quién recoge a Marta del colegio?». Los domingos en casa de sus padres eran una tortura: su madre, Doña Carmen, siempre encontraba una manera sutil de recordarme que no era suficiente para su hijo. «Alejandro necesita una mujer fuerte, Lucía», decía mientras me servía más cocido madrileño del que podía comer.

Intenté adaptarme. Me apunté a clases de cocina para preparar sus platos favoritos; organicé cenas con sus amigos; incluso acepté dejar mi trabajo cuando nació nuestra hija Marta porque él decía que «una madre debe estar en casa». Pero nada cambiaba. Alejandro seguía llegando tarde, cada vez más distante.

Una noche, después de otra discusión silenciosa en la que él se encerró en el despacho y yo fingí dormir, mi hermana Ana me llamó.

—Lucía, ¿estás bien? —preguntó con esa voz suave que siempre me hacía llorar.

—No lo sé —respondí—. Siento que no existo para él.

Ana suspiró al otro lado del teléfono.

—Siempre has querido creer lo mejor de los demás. Pero a veces hay que mirar la realidad a los ojos.

Colgué y me quedé mirando el techo. ¿Cuántas veces había ignorado las señales? Las miradas vacías, los cumpleaños olvidados, las vacaciones canceladas a última hora porque «el trabajo es lo primero». Incluso cuando Marta enfermó y pasamos la noche en urgencias, él apareció solo al amanecer, con ojeras y sin una palabra de consuelo.

La gota que colmó el vaso llegó un sábado por la tarde. Marta había preparado un dibujo para su padre: una familia sonriente bajo un sol enorme. Cuando Alejandro llegó, ella corrió a enseñárselo.

—Mira, papá, somos nosotros —dijo ilusionada.

Él apenas miró el papel y murmuró:

—Muy bonito, cariño —y se encerró en el baño con el móvil.

Vi los ojos de mi hija llenarse de decepción. En ese momento entendí que no solo yo sufría su indiferencia; Marta también estaba aprendiendo a sentirse invisible.

Empecé a escribir una lista mental de todas las señales que había ignorado: las promesas rotas, las palabras vacías, los gestos automáticos. Me pregunté si alguna vez me había querido o si simplemente fui la opción más cómoda en su vida planificada.

Un día decidí hablar con mi madre. Nos sentamos en la terraza mientras el sol caía sobre los tejados de Madrid.

—Mamá, ¿tú crees que Alejandro me quiere? —pregunté casi en un susurro.

Ella evitó mi mirada y se quedó callada unos segundos.

—Hija… a veces confundimos costumbre con amor. Yo también lo hice con tu padre durante años —confesó finalmente.

Sentí una mezcla de alivio y tristeza. No estaba sola en mi engaño; era parte de una cadena silenciosa que pasaba de madres a hijas.

Esa noche esperé a Alejandro despierta. Cuando entró en casa, le miré directamente a los ojos por primera vez en mucho tiempo.

—¿Alguna vez me has querido de verdad? —pregunté sin rodeos.

Él parpadeó sorprendido y bajó la mirada.

—No sé qué quieres que te diga —respondió tras un largo silencio—. Eres buena persona, Lucía. Pero creo que nunca he sabido quererte como mereces.

Las palabras cayeron como piedras sobre mi pecho. Lloré en silencio mientras él se marchaba al despacho una vez más.

Al día siguiente empecé a buscar trabajo otra vez. Llamé a Ana y le pedí ayuda para cuidar a Marta algunas tardes. Poco a poco fui recuperando partes de mí misma que había dejado atrás por intentar encajar en un amor inexistente.

Hoy escribo esto desde un pequeño piso en Lavapiés, donde Marta y yo reímos cada noche antes de dormir. Alejandro sigue siendo parte de nuestras vidas por ella, pero ya no espero nada más. Aprendí a reconocer las señales y a no conformarme con menos de lo que merezco.

A veces me pregunto: ¿cuántas Lucías hay ahora mismo esperando una caricia que nunca llegará? ¿Cuántos Alejandros viven atrapados en relaciones donde nadie se atreve a decir la verdad?

¿Y tú? ¿Has ignorado alguna vez las señales del desamor por miedo a estar sola?