Descubrí que el hombre que amaba tenía esposa: Mi venganza y mi renacer

—¿Por qué nunca quieres que te acompañe al trabajo? —le pregunté a Luis, con la voz temblorosa, mientras el vapor de mi café se mezclaba con el frío de la tarde madrileña.

Él desvió la mirada, jugueteando con la cucharilla. Sabía que algo no encajaba desde hacía semanas. Sus mensajes se volvían más escuetos, sus llamadas más breves. Pero yo, como una idiota enamorada, me aferraba a cada excusa suya: reuniones, tráfico, cansancio. Hasta que aquel jueves, en la cafetería de siempre, vi cómo una mujer se le acercaba por detrás y le besaba la mejilla. «¿Nos vamos ya, cariño?», le susurró ella, sin notar mi presencia.

Me quedé petrificada. Luis se giró y me miró con pánico. La mujer —alta, elegante, con un abrigo caro— me sonrió como si yo fuera una simple conocida. Él balbuceó algo sobre una compañera del trabajo y salió apresurado con ella del local. Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. El camarero, Paco, me miró con lástima y me dejó un trozo de tarta gratis en la mesa. «Ánimo, guapa», susurró.

Esa noche no dormí. Repasé cada conversación, cada cita furtiva en su coche aparcado en calles oscuras de Chamberí. ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo pude ser tan ingenua? Mi madre siempre decía que los hombres guapos y atentos esconden secretos. Pero yo quería creer en los cuentos de hadas.

Al día siguiente, llamé a mi amiga Carmen. «Te lo dije, Lucía. Ese tipo no era trigo limpio», sentenció mientras me abrazaba en su piso de Lavapiés. Entre lágrimas y rabia, planeamos mi venganza. No podía dejar que Luis siguiera jugando con nosotras —ni conmigo ni con su esposa.

Durante días, observé sus rutinas. Sabía a qué hora salía del trabajo, dónde aparcaba su coche, incluso qué flores compraba los viernes para su mujer. Preparé un sobre con todas nuestras fotos juntos: selfies en el Retiro, entradas de cine, mensajes impresos donde me prometía amor eterno. Lo metí todo en un paquete anónimo y lo dejé en el buzón de su casa.

La reacción no tardó en llegar. El lunes siguiente, Luis me llamó desesperado:

—¿Qué has hecho, Lucía? ¡Mi vida es un infierno! —gritó al teléfono.

—Solo te he devuelto una pequeña parte del dolor que me causaste —le respondí fría.

Colgué y apagué el móvil. Me sentí poderosa por primera vez en meses.

Pero la historia no terminó ahí. Su esposa, Marta, me localizó por Facebook. Me escribió un mensaje largo y doloroso:

«Gracias por abrirme los ojos. No eres la única a la que ha engañado. Llevo años sospechando, pero nunca tuve pruebas. Ahora sé la verdad.»

Nos citamos en una cafetería discreta cerca de Sol. Marta era todo lo contrario a lo que imaginaba: vulnerable, rota por dentro pero digna por fuera. Hablamos durante horas. Compartimos lágrimas y risas amargas sobre las mentiras de Luis.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —le pregunté.

—Voy a divorciarme —dijo con firmeza—. Y tú deberías rehacer tu vida también.

Salí de aquel encuentro sintiéndome ligera y triste a la vez. Había perdido al hombre que amaba, pero había ganado algo más valioso: mi dignidad y una nueva amiga.

Los meses siguientes fueron difíciles. Mis padres me preguntaban por Luis en cada comida familiar. «¿Y ese chico tan simpático?», decía mi abuela mientras servía cocido los domingos. Yo solo sonreía y cambiaba de tema.

En el trabajo, mis compañeras cuchicheaban cuando llegaba tarde o salía antes de hora para evitar cruzarme con él —Luis trabajaba en una empresa cercana y Madrid es un pañuelo.

Un día, mientras paseaba por el Rastro con Carmen, vi a Luis solo, cabizbajo, comprando libros antiguos. Dudé si acercarme o no. Al final me limité a observarle desde lejos. Ya no sentía rabia ni dolor; solo lástima.

Carmen me apretó la mano:

—Has hecho lo correcto, Lucía. Ahora te toca vivir para ti.

Desde entonces he aprendido a quererme más y a desconfiar menos de mi intuición. He vuelto a salir con otros chicos —ninguno como Luis, pero tampoco quiero repetir errores del pasado.

A veces me pregunto si la venganza fue suficiente o si solo sirvió para llenar un vacío temporal. ¿De verdad merecía la pena perderme a mí misma por alguien que nunca fue sincero?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿La venganza sana o solo prolonga el dolor?