El día que descubrí los mensajes de Álvaro: ¿Qué queda cuando el amor se rompe?

—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Álvaro? —pregunté, intentando que mi voz no temblara, aunque por dentro sentía que me desgarraba.

Él ni siquiera me miró. Se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre la silla del salón, como si no pasara nada. —Ha habido lío en la oficina, Lucía. Ya te lo he dicho mil veces, no puedo controlar los horarios de los clientes.

Mentira. Lo supe en ese momento. Lo supe porque llevaba meses sintiendo cómo se alejaba de mí, cómo su risa ya no era para mí, cómo sus silencios se hacían cada vez más largos y fríos. Pero esa noche, mientras él se duchaba y el agua ahogaba cualquier posibilidad de diálogo, algo dentro de mí se rompió.

No sé si fue el cansancio o la desesperación, pero cogí su móvil. Nunca lo había hecho antes. Me temblaban las manos y el corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme. La pantalla se encendió con una notificación: “Te echo de menos”, decía el mensaje de una tal Marta.

No quería mirar, pero no pude evitarlo. Abrí la conversación y ahí estaba todo: palabras dulces, promesas de un futuro juntos, confesiones que nunca había oído de su boca. “Dejaría todo por ti”, le escribió Álvaro a Marta hacía apenas unas horas. “No aguanto más esta farsa.”

Sentí náuseas. Me senté en el suelo del pasillo, abrazando mis rodillas, intentando no gritar. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía estar pasando esto en mi propia casa, en la casa donde habíamos criado a nuestros hijos, donde habíamos soñado juntos con un futuro que ahora se desmoronaba?

Cuando salió de la ducha, me encontró allí, con el móvil en la mano y los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué has hecho? —me preguntó, la voz más dura de lo que jamás le había oído.

—¿Qué he hecho yo? —le devolví la pregunta—. ¿Qué has hecho tú, Álvaro? ¿Quién es Marta?

El silencio fue peor que cualquier grito. Se sentó frente a mí y bajó la mirada. Por primera vez en años le vi vulnerable, pequeño, casi asustado.

—No quería hacerte daño —susurró—. Pero ya no podía más…

Las palabras se quedaron flotando entre nosotros como cuchillos. Yo quería odiarle, pero lo único que sentía era un vacío inmenso.

Los días siguientes fueron una pesadilla. Mis padres me llamaban todos los días para preguntar si necesitaba algo. Mi madre lloraba al otro lado del teléfono: “Lucía, hija, ¿cómo ha podido pasar esto? Si siempre parecíais tan felices…”

Pero nadie sabe lo que pasa puertas adentro. Nadie sabe cuántas veces me he sentido sola en mi propio matrimonio, cuántas veces he fingido sonreír delante de los niños para que no notaran nada. Nadie sabe cuántas noches me he dormido llorando en silencio mientras él trabajaba hasta tarde o salía con los amigos.

Una tarde, mientras recogía los platos del almuerzo, mi hija Paula se acercó y me abrazó por la espalda.

—Mamá, ¿vas a dejar a papá?

No supe qué decirle. Tenía solo doce años y ya estaba aprendiendo demasiado pronto lo complicado que es el amor de los adultos.

—No lo sé, cariño —le respondí—. Pero pase lo que pase, siempre vamos a estar juntas.

Álvaro intentó arreglarlo. Me pidió perdón mil veces, me juró que había sido un error, que Marta no significaba nada comparado conmigo y los niños. Pero yo ya no podía creerle. Cada vez que me miraba a los ojos veía el reflejo de su traición.

Una noche discutimos tan fuerte que los vecinos llamaron al timbre para preguntar si todo iba bien.

—¡No puedes hacerme esto! —le grité—. ¡No después de todo lo que hemos pasado juntos!

—¡Tú tampoco eres perfecta! —me gritó él—. Hace años que no eres la misma Lucía de antes…

Y ahí estaba la verdad desnuda: ninguno de los dos era el mismo. La rutina, las facturas, los niños, el trabajo… Todo nos había cambiado poco a poco hasta convertirnos en extraños bajo el mismo techo.

Empecé a ir a terapia. Al principio iba sola; luego convencí a Álvaro para que viniera conmigo. Pero cada sesión era un recordatorio doloroso de lo lejos que estábamos el uno del otro.

Mis amigas intentaban animarme: “Sal con nosotras”, “No te encierres en casa”, “Mereces algo mejor”. Pero yo solo quería entender en qué momento se rompió todo.

Un domingo por la mañana, mientras desayunábamos en silencio, Álvaro me miró y dijo:

—Quizá lo mejor sea separarnos.

No lloré. No grité. Solo asentí con la cabeza porque sabía que tenía razón.

Ahora vivo sola con mis hijos en un piso pequeño cerca del Retiro. A veces echo de menos nuestra vida juntos; otras veces agradezco haber recuperado mi paz. Álvaro ve a los niños los fines de semana y hemos aprendido a hablarnos sin rencor.

Pero todavía me despierto algunas noches preguntándome si alguna vez volveré a confiar en alguien así. Si algún día podré mirar a otro hombre sin pensar en los mensajes escondidos en su móvil.

¿Es posible reconstruir el corazón después de una traición así? ¿O estamos condenados a vivir siempre con esa herida abierta?