El precio de una decisión: Cuando el arrepentimiento no basta

—¿Por qué lo hiciste, Sergio? ¿Por qué me cambiaste por ella?—. La voz de Lucía temblaba, pero sus ojos estaban secos, duros como el granito. Yo no podía sostenerle la mirada. El eco de su pregunta aún retumba en mi cabeza cada noche, como un martillo que no cesa.

Recuerdo perfectamente el día en que todo cambió. Era un jueves lluvioso en Madrid. Habíamos discutido por una tontería —el trabajo, el cansancio, la rutina— y yo salí de casa dando un portazo. Caminé sin rumbo hasta que acabé en un bar del centro, donde conocí a Marta. Era todo lo contrario a Lucía: espontánea, divertida, sin ataduras. Me sentí vivo otra vez, o eso creía.

Lucía y yo nos conocimos en la universidad Complutense. Compartíamos un piso minúsculo en Lavapiés, sobreviviendo a base de arroz y café barato. Nos apoyábamos mutuamente en los exámenes y en los trabajos de media jornada que apenas nos daban para pagar el alquiler. Cuando terminamos la carrera, nos casamos en una ceremonia sencilla en la iglesia del barrio. No teníamos nada salvo el uno al otro y una fe ciega en que juntos podríamos con todo.

Durante años luchamos codo con codo. Yo trabajaba de administrativo en una gestoría mientras ahorraba cada euro para montar mi propio negocio. Lucía era profesora interina y traía a casa historias de sus alumnos, siempre con una sonrisa pese al cansancio. Cuando por fin abrí mi pequeña tienda de informática en Chamberí, ella fue mi socia, mi contable y mi mayor apoyo.

Pero el éxito trajo consigo la rutina, el estrés y, poco a poco, la distancia. Yo llegaba tarde a casa, obsesionado con las cuentas y los proveedores. Lucía intentaba hablar conmigo, pero yo siempre tenía prisa o estaba demasiado cansado. Empezamos a dormir espalda contra espalda.

La llegada de Marta fue como una bocanada de aire fresco. Me hacía sentir joven, deseado, importante. Me convencí de que merecía algo más que la monotonía de mi matrimonio. Una noche, después de una discusión especialmente amarga con Lucía sobre tener hijos —ella quería, yo no estaba seguro—, me fui de casa y no volví.

—No te preocupes por mí —me dijo Lucía cuando fui a recoger mis cosas—. Ya he pasado por cosas peores.

Durante meses viví con Marta en un piso moderno en Malasaña. Al principio todo era pasión y risas, pero pronto descubrí que lo nuestro era solo humo. Marta no quería compromisos ni responsabilidades; yo era solo una aventura más en su vida caótica. Empecé a echar de menos las cenas tranquilas con Lucía, su manera de mirarme cuando creía que no la veía, el olor a café recién hecho por las mañanas.

Intenté volver cuando Marta me dejó por un músico argentino que conoció en un festival. Llamé a Lucía una noche de noviembre, bajo la lluvia, empapado y temblando.

—Lucía, por favor… He cometido un error horrible. Dame otra oportunidad.

Ella me miró desde el umbral de su nuevo piso en Vallecas. Había cambiado: más delgada, el pelo corto, una determinación nueva en los ojos.

—No eres el hombre al que amé —me dijo—. Ese hombre murió el día que cerraste la puerta detrás de ti.

Me arrodillé en el descansillo, llorando como un niño. Los vecinos miraban desde las ventanas, cuchicheando. Pero Lucía no se inmutó.

—Levántate, Sergio. No te humilles más. Ya no hay nada aquí para ti.

Desde entonces vivo solo en un estudio frío y silencioso. El negocio quebró durante la pandemia; tuve que venderlo para pagar las deudas. Mis padres apenas me hablan desde que se enteraron de lo que hice. Mi hermana Carmen me evita en las reuniones familiares; dice que no puede perdonarme por haber hecho sufrir así a Lucía.

A veces la veo por la calle, paseando con su nuevo novio —un médico del hospital Gregorio Marañón— y me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera tenido paciencia, si hubiera hablado con ella en vez de huir. Me torturo repasando cada detalle: la última vez que me preparó su tortilla de patatas favorita; la carta que me dejó en la mesilla cuando conseguí mi primer cliente importante; los domingos viendo películas antiguas bajo una manta.

Una tarde encontré una foto nuestra en el fondo de un cajón: los dos abrazados frente al Retiro, sonrientes y jóvenes. Lloré durante horas.

He intentado rehacer mi vida, pero todo me parece vacío sin ella. Mis amigos me han dado la espalda; dicen que lo mío no tiene perdón. A veces salgo a caminar por Madrid al anochecer y veo parejas cogidas de la mano y siento una punzada insoportable en el pecho.

¿Es posible redimirse después de haber destrozado lo único bueno que tenías? ¿O hay errores que simplemente no tienen vuelta atrás?

Quizá algunos actos no merecen perdón… ¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede recuperar la confianza después de una traición así?