Entre el trabajo y el amor: la noche en que todo cambió

—¿Otra vez, Marcos? ¿De verdad vas a quedarte hasta las tantas en la oficina? —mi voz temblaba, pero no era de frío. Era esa rabia sorda que se te mete en el pecho cuando sabes que no eres la prioridad de la persona que amas.

Él ni siquiera levantó la vista del portátil. —Lucía, sabes que tengo que entregar este informe mañana. No es el momento.

No era el momento. Nunca lo era. Ni para cenar juntos, ni para hablar de lo nuestro, ni para escucharme cuando le contaba que mi madre había vuelto a recaer en su depresión. Ni siquiera cuando le confesé que me sentía sola, aunque él estuviera a dos metros de mí.

Esa noche, en nuestro pequeño piso del centro de Salamanca, sentí que el aire se volvía más denso. Afuera llovía y las gotas golpeaban los cristales como si quisieran entrar y gritar por mí. Me senté en el sofá, abrazando mis rodillas, mientras él tecleaba frenético. El reloj marcaba las diez y media.

—¿Te acuerdas de cuando soñábamos con viajar juntos a Granada? —pregunté casi en un susurro.

Marcos suspiró, molesto. —Lucía, por favor…

—No, dime la verdad —le interrumpí—. ¿Alguna vez fui tu prioridad?

El silencio fue más cruel que cualquier palabra. Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Recordé los domingos en casa de mis padres en Zamora, cuando mi madre me miraba con esos ojos tristes y mi padre fingía que todo iba bien. Recordé cómo me prometí no repetir la historia de ellos: dos personas juntas por costumbre, no por amor.

Pero ahí estaba yo, repitiendo el mismo patrón. Aguantando ausencias, justificando desplantes, callando mis propias necesidades para no molestarle. ¿Cuándo había empezado a perderme?

Esa noche no dormí. Escuché cómo Marcos recogía sus cosas y salía sin despedirse. Me quedé sola con mis pensamientos y el eco de la lluvia. Al día siguiente, fui a trabajar con los ojos hinchados. Mi compañera Marta me miró preocupada.

—¿Otra vez discutisteis?

Asentí sin ganas de hablar. En la pausa del café, Marta me contó que su marido también estaba absorbido por el trabajo, pero que ella había aprendido a poner límites.

—No puedes vivir esperando a que él cambie —me dijo—. Tienes que pensar en ti.

Sus palabras me acompañaron todo el día. Al volver a casa, encontré a Marcos sentado en el sofá, con cara de cansancio y ojeras profundas.

—Tenemos que hablar —dije antes de que pudiera decir nada.

Él asintió y bajó la mirada.

—No sé qué nos pasa —empezó—. El trabajo me está matando, pero siento que si aflojo un poco, lo pierdo todo.

—¿Y yo? ¿No me estás perdiendo ya?

Se hizo un silencio incómodo. Por primera vez vi miedo en sus ojos.

—No sé cómo hacerlo —susurró—. No sé cómo estar para ti sin dejar de ser quien soy en el trabajo.

Me senté a su lado y le cogí la mano. Estaba fría.

—No quiero obligarte a elegir —le dije—. Pero tampoco quiero seguir siendo invisible.

Esa noche hablamos durante horas. Lloramos los dos. Él me confesó que su padre siempre le había dicho que el trabajo era lo primero porque así nunca dependería de nadie. Yo le conté cómo mi madre se fue apagando por sentirse sola al lado de mi padre.

Nos dimos cuenta de que arrastrábamos heridas viejas, miedos heredados, patrones familiares que repetíamos sin darnos cuenta.

Pero las palabras no bastan cuando el dolor es tan profundo. Pasaron semanas en las que intentamos acercarnos: cenas improvisadas, paseos por la Plaza Mayor, mensajes cariñosos durante el día… Pero cada vez que sonaba su móvil del trabajo, volvía a alejarse un poco más.

Una tarde de domingo, mientras preparaba una tortilla de patatas para cenar, Marcos entró en la cocina con una expresión seria.

—Me han ofrecido un ascenso —dijo—. Pero tendría que irme a Madrid tres meses.

Sentí un nudo en el estómago. Él me miró esperando una reacción.

—¿Y qué vas a hacer? —pregunté con voz apenas audible.

—No lo sé… Quiero estar contigo, pero esto es importante para mi carrera.

Me apoyé en la encimera y respiré hondo. De repente lo vi claro: llevaba demasiado tiempo esperando a que él eligiera por los dos. Era yo quien tenía que elegir por mí misma.

Esa noche dormimos espalda contra espalda. Al día siguiente preparé una maleta pequeña y me fui a casa de Marta unos días. Necesitaba espacio para pensar.

En esos días recordé quién era antes de conocerle: una chica llena de sueños, con ganas de viajar y descubrir el mundo, con amigas y planes propios. Decidí apuntarme a clases de fotografía y empecé a salir más con mis amigas.

Marcos me llamaba cada noche, pero yo ya no sentía esa urgencia por escucharle. Cuando volvió de Madrid para hablar conmigo, le miré a los ojos y supe lo que tenía que hacer.

—Te quiero —le dije—, pero no puedo seguir esperando a ser tu prioridad algún día lejano. Necesito serlo para mí misma ahora.

Nos abrazamos largo rato y lloramos juntos. No hubo reproches ni gritos esta vez. Solo dos personas reconociendo que se quieren pero no saben cómo cuidarse sin perderse a sí mismas.

Hoy vivo sola en un piso pequeño cerca del río Tormes. A veces echo de menos a Marcos, pero he aprendido a disfrutar de mi propia compañía. Mi madre está mejor y ahora hablamos más sinceramente sobre lo que sentimos. He hecho nuevas amigas y hasta he viajado sola a Granada como siempre quise.

A veces me pregunto si hice bien o si fui cobarde por no luchar más por nosotros. ¿Cuántas veces nos perdemos intentando salvar algo que ya está roto? ¿Y cuántas veces nos encontramos justo cuando decidimos dejar ir?