Mi marido me pasó una factura por nuestra vida juntos: El precio de la desconfianza
—¿Esto es una broma, Luis? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras sostenía el papel que acababa de dejarme sobre la mesa del salón.
Él no levantó la mirada del móvil. —No, Lucía. Es lo justo. He hecho las cuentas de todo lo que he puesto en casa estos años. Creo que deberías devolverme tu parte.
El papel temblaba en mis manos. Era una factura detallada: alquiler, supermercado, vacaciones, incluso los regalos de cumpleaños de nuestros hijos, Marta y Sergio. Todo sumado, con fechas y cantidades. Sentí un frío recorriéndome la espalda, como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno enero madrileño.
—¿Pero qué te pasa? ¿Desde cuándo llevas haciendo estas cuentas? —insistí, buscando en su rostro alguna señal de arrepentimiento, de humanidad.
Luis suspiró y se levantó del sofá. —Desde hace tiempo siento que tiro solo del carro. Que tú solo te ocupas de los niños y de tu madre, pero aquí nadie piensa en mí. Así que he decidido poner las cosas claras.
Me quedé sentada, incapaz de moverme. Recordé las noches sin dormir con Marta enferma, los turnos dobles en la farmacia para pagar el campamento de Sergio, las tardes cocinando para todos mientras él llegaba tarde del trabajo. ¿Eso no contaba? ¿Dónde estaba mi factura?
Esa noche no dormí. Escuchaba el tic-tac del reloj y repasaba cada momento de los últimos quince años. ¿Cuándo dejamos de hablarnos? ¿Cuándo se convirtió nuestro hogar en una empresa con balances y cuentas pendientes?
Al día siguiente, mi hermana Carmen vino a casa. Le conté lo ocurrido entre lágrimas.
—Lucía, esto no es normal —dijo ella, abrazándome—. Un matrimonio no es un contrato mercantil. ¿Has hablado con él? ¿Le has dicho cómo te sientes?
Negué con la cabeza. ¿Cómo iba a hablar con alguien que me veía como una deuda?
Los días pasaron y la tensión creció. Luis apenas me dirigía la palabra. Los niños notaban el ambiente y preguntaban por qué papá estaba tan serio. Yo fingía normalidad, pero por dentro me sentía vacía.
Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, mi vecina Pilar se acercó.
—Te veo apagada, Lucía. ¿Va todo bien?
No pude evitarlo y rompí a llorar. Pilar me escuchó en silencio y luego me dijo:
—A veces los hombres no saben expresar lo que sienten y lo convierten todo en números. Pero tú vales mucho más que cualquier factura.
Sus palabras me dieron fuerzas para enfrentarme a Luis esa misma noche.
—¿De verdad crees que nuestra vida juntos se puede reducir a una suma de gastos? —le pregunté, mirándole a los ojos.
Luis bajó la mirada. —No sé… Me siento solo, Lucía. Siento que ya no te importo.
Por primera vez en meses vi al hombre con el que me casé, vulnerable y perdido. Me senté a su lado.
—Yo también me siento sola —admití—. Pero esto… esto no es la solución.
Hablamos durante horas. Salieron reproches antiguos, heridas nunca cerradas: mi dedicación a mi madre enferma, sus horas extra en el trabajo, la falta de tiempo para nosotros mismos. Lloramos los dos.
Al final rompí la factura delante de él.
—No quiero vivir con miedo a deberte nada —le dije—. Si seguimos juntos, será como un equipo. Si no… mejor separarnos ahora.
Luis asintió en silencio. No hubo promesas ni abrazos esa noche, solo un acuerdo tácito de intentarlo una vez más.
Han pasado semanas desde entonces. Vamos a terapia de pareja y hemos empezado a repartir las tareas domésticas y los gastos de otra manera, hablando más y contando menos. No sé si nuestro matrimonio sobrevivirá, pero al menos ahora sé que mi valor no se mide en euros ni en facturas.
A veces me pregunto: ¿Cuántas parejas viven así, sumando silencios y restando cariño hasta que solo quedan números? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que el amor se convierte en una deuda imposible de pagar?