Regreso a Casa: La Puerta Que Nunca Quise Abrir

—¿Por qué está esa chaqueta de hombre en el perchero?—me pregunté, con el corazón golpeando fuerte en el pecho. No era la mía. Ni siquiera era de mi talla. El pasillo olía a colonia desconocida, y las flores que llevaba en la mano temblaban tanto como mis dedos. Había soñado tantas veces con este momento: volver a casa antes de tiempo, sorprender a Lucía, abrazarla y sentir que todo el sacrificio había valido la pena. Pero ahora, parado frente a la puerta entreabierta de nuestro piso en Lavapiés, sentía que algo se me escapaba.

—¿Lucía?—llamé, intentando que mi voz no sonara rota. Escuché risas ahogadas desde el dormitorio. El sonido me atravesó como un cuchillo. Avancé, casi sin sentir los pies sobre el suelo de madera.

La escena era tan absurda como dolorosa: Lucía, mi Lucía, envuelta en la sábana, y junto a ella, Sergio, su mejor amigo desde la universidad. Él me miró primero, con los ojos abiertos como platos. Ella tardó un segundo más en reaccionar; su rostro pasó del placer al pánico en un instante.

—¡Álvaro!—gritó Lucía, cubriéndose el pecho con las manos—. No es lo que parece…

Solté las flores. Cayeron al suelo y se desparramaron como mis ilusiones. Sentí que me faltaba el aire.

—¿No es lo que parece?—repetí, mi voz temblando entre la rabia y la incredulidad—. ¿Entonces qué es?

Sergio intentó decir algo, pero le lancé una mirada que lo congeló. No quería escuchar excusas ni explicaciones. Solo quería desaparecer. Pero mis piernas no respondían.

Lucía se levantó torpemente y vino hacia mí. Intentó tocarme el brazo, pero di un paso atrás.

—Álvaro, por favor… No quería que fuera así. No sabía cómo decírtelo…

—¿Decirme qué? ¿Que mientras yo estaba jugándome la vida en el Líbano tú te acostabas con tu mejor amigo?

Ella rompió a llorar. Sergio se vistió en silencio y salió del dormitorio sin mirarme. El silencio se hizo insoportable.

Me senté en el sofá, mirando las paredes llenas de fotos nuestras: en la playa de Cádiz, en la boda de mi hermana Marta, en aquel viaje a Granada donde prometimos no separarnos nunca. Todo parecía una mentira ahora.

Lucía se arrodilló frente a mí.

—Álvaro, yo… Me sentía sola. Tenía miedo de que no volvieras. Todo fue muy rápido y…

No podía escuchar más. Me levanté y salí del piso sin mirar atrás. Bajé las escaleras corriendo, como si huyera de un incendio.

Caminé sin rumbo por las calles de Madrid. La ciudad seguía viva, ajena a mi tragedia personal: niños jugando en la plaza de Lavapiés, parejas riendo en las terrazas, ancianos paseando a sus perros. Me sentí invisible y roto.

Esa noche dormí en casa de mi madre. Ella me miró preocupada cuando llegué sin avisar.

—¿Qué ha pasado, hijo?—preguntó mientras me servía una taza de café.

No pude hablar. Solo lloré como un niño pequeño mientras ella me abrazaba fuerte.

Durante los días siguientes intenté reconstruir mi vida. Volví al cuartel para entregar los papeles del regreso anticipado. Mis compañeros me recibieron con alegría, pero yo solo podía pensar en Lucía y Sergio.

Mi hermana Marta vino a verme una tarde.

—Tienes que hablar con ella, Álvaro. No puedes quedarte con todas esas preguntas dentro.

Pero yo no quería respuestas. Quería volver atrás en el tiempo y no abrir esa puerta nunca.

Una semana después recibí una carta de Lucía. No tuve valor para leerla al principio. La guardé en el cajón durante días hasta que una noche de insomnio decidí abrirla.

«Álvaro:
Sé que no merezco tu perdón ni tu comprensión. Lo que hice fue imperdonable y no tengo excusas. Solo quiero que sepas que te quise mucho y que nunca quise hacerte daño. Sergio y yo nos apoyamos mutuamente cuando tú estabas lejos y todo se confundió… Sé que esto no justifica nada. Ojalá puedas encontrar la paz y seguir adelante. Siempre serás una parte importante de mi vida.
Lucía»

Rompí a llorar otra vez, pero esta vez sentí algo diferente: alivio. Era como si al leer sus palabras pudiera empezar a cerrar la herida.

Volví a salir a caminar por Madrid, esta vez sin miedo a encontrarme con fantasmas del pasado. Me crucé con Sergio una tarde en la Plaza Mayor. Nos miramos durante unos segundos interminables.

—Lo siento mucho, Álvaro—dijo él, bajando la mirada.

No supe qué responderle. Solo asentí y seguí caminando.

Poco a poco fui recuperando mi vida: volví a entrenar con el equipo de fútbol del barrio, retomé contacto con viejos amigos y empecé a salir con Marta y su familia los domingos al Retiro.

Pero cada vez que paso por Lavapiés y veo aquel portal, siento un nudo en el estómago. Me pregunto si alguna vez podré confiar plenamente en alguien otra vez.

Ahora sé que la vida puede cambiar en un segundo y que nadie está preparado para abrir ciertas puertas.

¿Alguna vez habéis sentido que todo vuestro mundo se derrumba por una sola decisión? ¿Cómo se sigue adelante después de una traición así?