“Se acabó”, dijo él. Yo asentí, pero luego lo vi con mi mejor amiga.

—¿Así de fácil, Sergio? ¿Ni siquiera vas a preguntarme por qué? —le grité, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi garganta, haciendo que las palabras salieran rotas, casi irreconocibles. Él me miró con esa expresión vacía que últimamente se había vuelto habitual en su rostro, como si ya no quedara nada de aquel chico que me hacía reír en los bancos del parque de El Retiro.

—No hace falta, Lucía. Ya está todo dicho —respondió, bajando la mirada hacia sus manos, que jugueteaban nerviosas con las llaves del coche. El silencio que siguió fue tan denso que podía oír el latido de mi propio corazón, desbocado, como si quisiera huir de mi pecho.

Me quedé allí, de pie en el portal de mi casa, con el frío de Madrid calándome los huesos y la sensación de que el suelo se abría bajo mis pies. No lloré. No podía. Era como si mi cuerpo se hubiera quedado sin lágrimas después de tantas noches de discusiones, de silencios incómodos, de mensajes sin responder. Solo pude decir:

—Pues vale. Si eso es lo que quieres, se acabó.

Él asintió, se giró y se marchó. Ni un abrazo, ni una última mirada. Nada. Cerré la puerta tras de mí y me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas. Mi madre, que estaba en la cocina, se asomó preocupada:

—¿Qué ha pasado, hija?

—Nada, mamá. Solo que Sergio y yo hemos terminado.

Ella no dijo nada más. Solo se acercó y me abrazó. Y en ese abrazo, por fin, me permití llorar.

Los días siguientes fueron una mezcla de rutina y vacío. Iba a trabajar a la librería, fingía sonrisas ante los clientes y evitaba mirar el móvil. Mi mejor amiga, Marta, intentaba animarme con mensajes y memes absurdos, pero yo solo quería estar sola. Hasta que una tarde, al salir del trabajo, la vi. Allí estaba, en la terraza del bar donde solíamos ir los tres, riendo con Sergio. Sus manos se rozaban sobre la mesa y sus miradas decían más que mil palabras.

Me quedé paralizada, oculta tras una esquina, observando cómo mi exnovio y mi mejor amiga compartían confidencias y caricias. Sentí una punzada en el estómago, como si me hubieran apuñalado. No podía creerlo. Marta, la persona en la que más confiaba, la que me había prometido que siempre estaría a mi lado, ahora estaba con él. ¿Desde cuándo? ¿Había sido todo una mentira?

No pude evitarlo. Me acerqué, temblando, y me planté frente a ellos. Sergio me miró sorprendido, pero Marta bajó la cabeza, incapaz de sostener mi mirada.

—¿Esto es lo que había? —pregunté, mi voz temblorosa pero firme—. ¿Por esto me dejaste, Sergio? ¿Por ella?

Él no respondió. Marta intentó justificarse:

—Lucía, no es lo que parece…

—¿De verdad? Porque desde aquí parece exactamente lo que es: una traición.

Me giré y me fui, dejando atrás a los dos pilares de mi vida, que ahora se tambaleaban como castillos de arena. Caminé sin rumbo por las calles de Madrid, sintiendo que el mundo se me venía encima. Recordé todas las veces que Marta me había consolado tras una pelea con Sergio, todas las confidencias, las risas, los secretos compartidos. ¿Había estado todo ese tiempo esperando su oportunidad?

Esa noche, en casa, mi madre me encontró sentada en la cocina, mirando fijamente una taza de té frío.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó con suavidad.

—No sé ni por dónde empezar, mamá. Me siento tan estúpida…

Ella me acarició el pelo, como cuando era niña.

—No eres estúpida, Lucía. Solo has confiado en las personas equivocadas. Pero eso no es culpa tuya.

Las semanas pasaron y el dolor fue dando paso a la rabia, y luego a la indiferencia. Marta intentó llamarme varias veces, pero no contesté. Necesitaba tiempo para entender qué había pasado, para reconstruir mi vida sin ellos. Mis otros amigos me apoyaron, me sacaron de casa, me llevaron a conciertos y a pasear por el Rastro los domingos. Poco a poco, fui recuperando la sonrisa.

Un día, mientras paseaba por el Parque del Oeste, me encontré con Sergio. Estaba solo, sentado en un banco, mirando el móvil. Dudé si acercarme, pero al final lo hice. Necesitaba respuestas.

—¿Por qué, Sergio? —pregunté sin rodeos—. ¿Por qué no fuiste sincero?

Él suspiró, cansado.

—No quería hacerte daño, Lucía. Pero me equivoqué. Todo se me fue de las manos.

—¿Y Marta? ¿Desde cuándo?

—Desde hace unos meses. Pero no fue planeado. Simplemente… pasó.

Lo miré, intentando encontrar en sus ojos algún rastro del chico del que me enamoré. Pero solo vi culpa y arrepentimiento.

—Espero que al menos seáis felices —dije, aunque no lo sentía.

Me marché, sintiendo que por fin cerraba una puerta. No era la historia de amor que había soñado, pero era mi historia. Una historia de traición, sí, pero también de aprendizaje y de fortaleza.

Ahora, meses después, sigo preguntándome cómo es posible que dos personas a las que amaba pudieran herirme tanto. ¿De verdad se puede confiar en alguien? ¿O siempre estamos a un paso de ser traicionados? ¿Vosotros qué pensáis? ¿Habéis sentido alguna vez que el mundo se os caía encima por culpa de quienes más queríais?