Entre libros y silencios: La historia de Lucía en la Biblioteca de Sevilla
—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de Carmen, la encargada, retumbó entre las estanterías como un trueno inesperado.
Me mordí el labio, apretando el cubo de la fregona con fuerza. No era tarde, eran apenas las ocho y cinco, pero en Sevilla todo se magnifica cuando se trata de horarios. “Perdón, Carmen, es que la niña hoy no quería desayunar…”, murmuré, sabiendo que no servía de nada. Carmen resopló y se marchó, taconeando fuerte. Me quedé sola, rodeada del olor a papel viejo y a lejía.
Desde que Juan murió hace dos años, la vida se me había quedado pequeña. Como si todo lo que antes era importante —las risas en la cocina, los paseos por Triana, los domingos de paella con la familia— se hubiera evaporado. Ahora solo quedaba el eco de su ausencia y la responsabilidad de cuidar a Marta, mi hija de ocho años, que cada mañana me miraba con esos ojos grandes y tristes.
La biblioteca era mi refugio y mi condena. Nadie me veía realmente: ni los estudiantes que venían a preparar oposiciones, ni los jubilados que hojeaban el ABC en la sala de lectura. Yo era parte del mobiliario, como una silla más. Y así estaba bien… o eso pensaba.
Una tarde de noviembre, mientras limpiaba el rincón de literatura española, escuché un sollozo ahogado. Me asomé entre los estantes y vi a una mujer mayor, sentada con un libro abierto en las manos y lágrimas rodando por las mejillas. Dudé un instante —en mi casa siempre me enseñaron a no meterme donde no me llaman— pero algo me empujó a acercarme.
—¿Se encuentra bien?
La mujer levantó la vista, sorprendida. Tenía el pelo blanco recogido en un moño y las manos temblorosas.
—Es que… este libro me recuerda a mi marido. Lo leíamos juntos cuando éramos novios —susurró.
Sentí un nudo en la garganta. Me senté a su lado sin pensarlo.
—Yo también perdí a mi marido —le confesé, bajando la voz—. A veces parece que el dolor no se va nunca.
Nos quedamos en silencio unos minutos. Luego ella sonrió débilmente y me dio las gracias. Aquella conversación fue como abrir una ventana después de meses de encierro.
A partir de ese día empecé a ver cosas que antes ignoraba: el joven opositor que se quedaba hasta el cierre porque no quería volver a casa; la bibliotecaria que traía churros para todos los compañeros los viernes; el abuelo que leía cuentos a su nieta mientras yo barría cerca. Empecé a saludarles, a intercambiar alguna palabra. Poco a poco, fui dejando de ser invisible.
En casa, Marta también empezó a cambiar. Un día llegó con una nota de la profesora: “Marta ha participado hoy en clase”. Lloré al leerla. Por primera vez desde la muerte de Juan, sentí que algo bueno podía volver a ocurrirnos.
Un viernes por la tarde, mientras fregaba el suelo del vestíbulo, Carmen se acercó con una bolsa de papel.
—Toma, Lucía. Son dulces caseros. Los hace mi madre en el pueblo —dijo sin mirarme directamente.
Me quedé boquiabierta. “Gracias”, susurré, sintiendo cómo algo cálido me recorría por dentro.
Esa noche, mientras Marta y yo compartíamos los dulces en la mesa de la cocina —la misma donde Juan solía contar chistes malos— pensé en lo mucho que había cambiado todo sin darme cuenta. La soledad seguía ahí, pero ya no era una losa imposible de levantar.
A veces me pregunto si alguna vez dejaré de echarle de menos. Pero también me pregunto: ¿cuántas vidas pasan desapercibidas cada día entre nosotros? ¿Cuántas Lucías hay en cada esquina esperando ser vistas?