El peso de la puerta entreabierta

—¿Otra vez, Lucía? —me pregunté en voz baja mientras escuchaba el timbre de mi puerta sonar por tercera vez esa tarde. El reloj marcaba las siete y media, y yo apenas había terminado de preparar la cena para mi hija, Marta. Al abrir, ahí estaba ella, con su sonrisa nerviosa y el pequeño Diego agarrado a su pierna.

—Ay, Carmen, ¿te importaría darle de cenar a Diego? Tengo que salir corriendo al trabajo, me han cambiado el turno otra vez —me dijo Lucía, casi sin mirarme a los ojos.

No sé en qué momento mi piso se convirtió en el comedor alternativo del bloque. Al principio era algo puntual: una urgencia, un turno inesperado, una cita médica. Pero con el tiempo, la excepción se volvió costumbre. Diego ya conocía mis horarios mejor que yo misma. Sabía dónde guardaba las galletas y cómo pedirle a Marta que le pusiera los dibujos.

Esa noche, mientras veía a los niños reírse en el salón, sentí una punzada de rabia mezclada con culpa. ¿Por qué no podía decirle que no? ¿Por qué siempre era yo la que cedía?

Mi marido, Antonio, lo notó enseguida cuando llegó del trabajo.

—¿Otra vez Diego aquí? Carmen, tienes que hablar con Lucía. Esto no puede seguir así —me dijo mientras dejaba las llaves sobre la mesa.

—Lo sé, pero… ¿y si le pasa algo? Está sola con el niño y apenas llega a fin de mes. No quiero ser mala persona —le respondí, bajando la voz para que los niños no escucharan.

Antonio suspiró y me abrazó por los hombros. —No eres mala persona por poner límites. Si sigues así, te vas a quemar.

Pero yo seguía sin atreverme. Recordaba las veces que Lucía me había contado entre lágrimas cómo su exmarido se había marchado sin mirar atrás, cómo luchaba por mantener el piso y cómo Diego preguntaba por su padre cada noche. ¿Cómo iba a negarle ayuda?

Pasaron las semanas y la situación empeoró. Lucía empezó a dejarme a Diego incluso los fines de semana. Una tarde de domingo, mientras Marta hacía los deberes y Diego jugaba con sus coches en el pasillo, escuché a mi hija susurrar:

—Mamá, ¿por qué Diego siempre cena aquí? ¿No tiene casa?

Me quedé helada. ¿Qué ejemplo le estaba dando a mi hija? ¿Que hay que decir sí a todo aunque te duela?

Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces, di vueltas por el pasillo y acabé sentada en la cocina con una taza de tila entre las manos. Pensé en mi madre, en cómo ella siempre supo poner límites sin dejar de ser generosa. Recordé su frase favorita: “Ayudar está bien, pero no a costa de tu propia paz”.

Al día siguiente, decidí hablar con Lucía. Me temblaban las manos cuando llamé a su puerta. Tardó en abrir; tenía ojeras profundas y el pelo recogido de cualquier manera.

—¿Pasa algo, Carmen? —preguntó al verme tan seria.

—Lucía, necesito hablar contigo —dije, intentando que mi voz no sonara dura—. No puedo seguir haciéndome cargo de Diego todos los días. Me está costando tiempo con mi familia y… sinceramente, estoy agotada.

Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Por un momento pensé en echarme atrás.

—Lo siento… No quería abusar… Es que no tengo a nadie más —susurró.

—Lo sé —le respondí suavemente—. Pero tampoco puedo ser yo siempre la solución. Podemos buscar juntas alguna alternativa: una vecina más, una canguro compartida… Pero necesito recuperar mi espacio.

Lucía asintió en silencio. Nos abrazamos torpemente en el pasillo. Sentí alivio y tristeza al mismo tiempo.

Durante las semanas siguientes, la relación fue tensa. Lucía apenas me saludaba en el portal y Diego dejó de venir a casa. Marta me preguntaba si había hecho algo malo.

—No cariño —le expliqué—. A veces ayudar también significa enseñar a los demás a buscar sus propias soluciones.

Poco a poco, Lucía empezó a apoyarse más en otras vecinas y consiguió ajustar sus turnos para pasar más tiempo con Diego. Nuestra relación nunca volvió a ser como antes, pero aprendimos a saludarnos con una sonrisa sincera y breve.

A veces me pregunto si hice lo correcto o si fui demasiado dura. ¿Dónde está el límite entre la solidaridad y el abuso? ¿Y vosotros? ¿Os habéis sentido alguna vez atrapados entre ayudar y perderos a vosotros mismos?