¿Debería dar gracias por quedarme aquí… o estoy perdiendo mi dignidad?
Aquella noche escuché a mi madre, Rosa, discutir con mi hermana Lucía sobre si debía seguir viviendo bajo su techo. Yo, a mis treinta y cinco años, sentí la punzada más profunda de mi vida: ¿soy un lastre o una hija que merece respeto? El miedo a quedarme sola y sin nada peleaba con la certeza de que ya no soy bienvenida ni por mi propia familia.