A los 57 años, me enamoré de nuevo… pero mi hija cree que me están engañando
—Mamá, ¿de verdad vas a hacer esto? —La voz de Lucía retumbó en el salón, tan fría como el viento que se colaba por la ventana entreabierta. Yo sostenía la invitación de boda en las manos, temblorosas, mientras Ramón me miraba desde el otro extremo de la mesa, con esa sonrisa tranquila que tanto me había enamorado.
No supe qué responder. ¿Cómo explicarle a mi hija que, después de tantos años de soledad tras la muerte de su padre, había vuelto a sentir mariposas en el estómago? ¿Cómo convencerla de que Ramón no era ese cazafortunas del que ella sospechaba?
—Lucía, cariño, no tienes por qué preocuparte. Ramón es un buen hombre —intenté sonar firme, pero mi voz se quebró.
Ella soltó una risa amarga.—¿Un buen hombre? Mamá, apenas le conoces. ¿No ves que solo quiere tu dinero? ¿Por qué crees que alguien como él estaría interesado en una mujer de tu edad?
Sentí un nudo en la garganta. Tenía razón en una cosa: Ramón y yo nos habíamos conocido hacía apenas un año, en una excursión del Imserso a Santander. Él era divertido, atento, y me hacía sentir viva otra vez. Pero Lucía no podía ver más allá de sus prejuicios.
—No todo el mundo es como papá —susurré, casi para mí misma.
—¡Exacto! Papá te quería de verdad. No entiendo cómo puedes olvidarle tan rápido —me reprochó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas y rabia.
Ramón se levantó despacio y se acercó a mí.—Si quieres, puedo irme —me dijo al oído—. No quiero ser motivo de pelea entre vosotras.
Negué con la cabeza. No podía permitir que el miedo dictara mi vida otra vez. Había pasado años cuidando de todos menos de mí misma: primero mi marido enfermo, luego Lucía y sus hijos… Siempre postergando mis deseos.
Esa noche no dormí. Me revolvía en la cama pensando en las palabras de Lucía. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Ramón solo buscaba aprovecharse? Pero entonces recordé las tardes paseando por el Retiro, las conversaciones interminables sobre libros y películas antiguas, cómo me escuchaba cuando hablaba de mis sueños y miedos.
Al día siguiente, Lucía apareció en casa sin avisar. Traía consigo una carpeta llena de papeles.
—He investigado a Ramón —anunció sin rodeos—. Aquí tienes: estuvo en paro varios años, tiene una deuda con Hacienda y su exmujer le denunció por impago de pensión.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Miré a Ramón, que bajó la mirada avergonzado.
—No te lo conté porque tenía miedo de perderte —admitió él—. Pero no soy un delincuente. He cometido errores, sí, pero estoy intentando arreglar mi vida.
Lucía me miró triunfante.—¿Ves? Te lo dije.
Me levanté despacio y me acerqué a Ramón.—¿Por qué no confiaste en mí? —le pregunté con voz temblorosa.
—Porque pensé que si sabías todo lo malo, no querrías lo bueno —respondió él, con los ojos húmedos.
Lucía se cruzó de brazos.—Mamá, por favor…
Me giré hacia ella.—Lucía, sé que quieres protegerme. Pero también necesito vivir mi vida. He pasado demasiados años sola por miedo a equivocarme. Si me equivoco ahora, será mi error. Pero también puede ser mi felicidad.
El silencio se hizo pesado entre las tres personas en el salón. Ramón cogió su abrigo y salió sin decir palabra. Lucía se sentó a mi lado y me abrazó fuerte.
—No quiero perderte —susurró.
—Ni yo a ti —le respondí—. Pero tienes que dejarme elegir.
Durante semanas, Lucía apenas me hablaba. Mis amigas del centro de mayores me decían que era valiente por apostar por el amor a mi edad; otras me advertían que tuviera cuidado. Yo misma oscilaba entre la esperanza y el miedo.
Un domingo por la mañana, mientras preparaba café, Ramón llamó al timbre. Venía solo, con una carta en la mano.
—He pagado la deuda con Hacienda —me dijo—. Y he hablado con mi exmujer; voy a ponerme al día con la pensión. No quiero secretos entre nosotros.
Le abracé sin decir nada. Por primera vez sentí que podía confiar en él… pero también supe que debía confiar en mí misma.
Esa tarde invité a Lucía a comer. Le conté todo: los errores de Ramón, sus esfuerzos por cambiar y mis propios miedos.
—Mamá… Si tú eres feliz, yo intentaré entenderlo —me dijo finalmente—. Solo prométeme que si alguna vez dudas, me lo dirás.
Asentí entre lágrimas.—Te lo prometo.
Hoy escribo esto desde nuestro pequeño piso en Lavapiés, donde Ramón y yo hemos empezado una nueva vida juntos. Lucía viene a vernos cada semana con mis nietos; todavía hay heridas abiertas, pero poco a poco vamos aprendiendo a confiar otra vez.
A veces me pregunto: ¿cuántas veces dejamos pasar la felicidad por miedo al qué dirán o al qué pueda pasar? ¿No merecemos todos una segunda oportunidad… aunque sea a los 57 años?