Cuando el corazón se rompe: la noche en que me quedé sola con mi hija

—No puedo más, Marta. Necesito estar solo. Por favor, vete a casa de tus padres unos días —me dijo Sergio, con la voz rota, mientras yo sostenía a Lucía, nuestra hija de apenas dos semanas, que lloraba desconsolada en mis brazos.

Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. El salón estaba en penumbra, solo iluminado por la luz azulada del televisor encendido en silencio. Afuera llovía, y cada gota que golpeaba los cristales parecía marcar el ritmo de mi angustia. No supe qué decir. Solo asentí, con los ojos llenos de lágrimas, y subí a preparar una bolsa con lo imprescindible para Lucía y para mí.

Mi madre abrió la puerta antes de que pudiera llamar. Me abrazó fuerte, sin hacer preguntas. Sabía que algo iba mal. Mi padre, desde el pasillo, murmuró un «¿qué ha pasado ahora?» que me atravesó como una lanza. No tenía fuerzas para explicaciones. Solo quería dormir, pero Lucía no dejaba de llorar. Su llanto era como un eco de mi propio dolor.

Esa primera noche fue interminable. Sentada en la cama de mi antigua habitación, con las paredes cubiertas de pósters de mi adolescencia, sentí que había retrocedido veinte años. Mi madre entró varias veces para ver si necesitaba ayuda, pero yo insistía en que podía sola. No quería parecer débil, aunque por dentro me sentía hecha pedazos.

A la mañana siguiente, mi padre no pudo evitar su tono crítico:
—¿Y Sergio? ¿Dónde está? ¿No debería estar aquí contigo y la niña?

No supe qué responder. Me limité a mirar el café frío entre mis manos. Mi madre intervino:
—Déjala en paz, Antonio. Bastante tiene ya.

Pero las palabras de mi padre resonaban en mi cabeza. ¿Dónde estaba Sergio? ¿Por qué me había dejado sola justo ahora? ¿Había hecho algo mal? ¿No era suficiente como madre, como esposa?

Los días siguientes fueron una mezcla de rutinas agotadoras y silencios incómodos. Mi madre intentaba animarme cocinando mis platos favoritos: cocido madrileño, tortilla de patatas… Pero todo me sabía igual: a tristeza. Mi padre salía temprano y volvía tarde, evitando cruzarse conmigo más de lo necesario.

Una tarde, mientras paseaba a Lucía por el parque del barrio, me encontré con Laura, una amiga del instituto. Me miró sorprendida al verme tan desmejorada.
—¿Estás bien? —preguntó con sinceridad.

No pude evitar romper a llorar. Le conté todo: la discusión con Sergio, su petición de «tiempo», mi miedo a no ser suficiente para Lucía.
—No estás sola —me dijo Laura—. Muchas pasamos por crisis así. Pero tienes que pensar en ti y en tu hija ahora.

Sus palabras me hicieron reflexionar. Aquella noche, mientras acunaba a Lucía hasta que se quedó dormida, miré su carita tranquila y sentí una mezcla de amor y responsabilidad abrumadora. ¿Y si Sergio no volvía? ¿Y si tenía que criarla sola?

Pasaron dos semanas sin noticias de él. Cada vez que sonaba el móvil, el corazón me daba un vuelco. Pero nunca era Sergio. Mi madre empezó a insinuar que quizá era mejor así:
—A veces es mejor estar sola que mal acompañada, hija.

Pero yo no quería rendirme tan fácilmente. Una noche, decidí llamarle.
—Sergio, ¿vas a volver? —pregunté con voz temblorosa.

Hubo un silencio largo al otro lado.
—No lo sé, Marta. Estoy perdido. No sé si puedo ser el padre que Lucía necesita… ni el marido que tú mereces.

Colgué sin saber si sentir alivio o más miedo aún. Esa noche lloré hasta quedarme dormida con Lucía en brazos.

Al día siguiente, mi padre me encontró en la cocina y, por primera vez desde que llegué, se sentó a mi lado.
—Mira, hija —dijo—. Yo tampoco fui un padre perfecto. Tu madre y yo tuvimos nuestras crisis… Pero siempre luchamos por salir adelante juntos. Si Sergio no quiere luchar, tendrás que hacerlo tú por las dos.

Sus palabras me dieron fuerzas. Empecé a buscar trabajo como profesora particular para poder ahorrar algo de dinero y no depender tanto de mis padres. Laura me ayudó recomendándome a varias familias del barrio.

Poco a poco fui recuperando algo de confianza en mí misma. Lucía empezó a sonreírme cada mañana y eso era suficiente para seguir adelante.

Un mes después, Sergio apareció en casa de mis padres. Tenía ojeras profundas y parecía más delgado.
—He estado pensando mucho —me dijo—. No quiero perderos. Pero tengo miedo… miedo de fallaros.

Le miré largo rato antes de responder:
—El miedo no puede ser más fuerte que el amor por tu hija. Si quieres estar con nosotras, tendrás que demostrarlo cada día.

Sergio asintió en silencio. Decidimos ir poco a poco: terapia de pareja, ayuda familiar… No fue fácil ni rápido. Hubo recaídas y discusiones, pero también momentos de ternura inesperada: Sergio bañando a Lucía por primera vez; mi madre enseñándole a preparar purés; mi padre jugando con su nieta en el salón.

Hoy miro atrás y sé que aquella noche en la que me quedé sola fue el principio del cambio. Aprendí que la familia no es solo estar juntos bajo un mismo techo: es apoyarse incluso cuando todo parece perdido.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres habrán sentido ese mismo miedo y esa misma soledad? ¿Cuántas habrán encontrado la fuerza para seguir adelante? ¿Y tú? ¿Qué harías si tu mundo se rompiera de repente?