Nunca fui suficiente para Álvaro: Mi verdad sobre el amor y las diferencias sociales
—¿De verdad piensas venir vestida así a la cena? —La voz de Carmen, la madre de Álvaro, cortó el aire como un cuchillo afilado. Yo, con las manos temblorosas, miré mi vestido azul marino, sencillo pero elegante, comprado con el dinero de mi primer sueldo como dependienta en una tienda del centro de Madrid. Sentí cómo me ardían las mejillas.
—Sí, señora, creo que es apropiado —respondí, intentando mantener la dignidad que me quedaba.
Álvaro me miró de reojo, incómodo. Él nunca intervenía cuando su madre me lanzaba esos comentarios. Desde que empecé a salir con él, supe que su familia era diferente a la mía. Ellos vivían en un piso enorme en Chamberí, con muebles antiguos y cuadros de antepasados en las paredes. Yo venía de Vallecas, de un piso pequeño donde mi madre y yo compartíamos habitación desde que mi padre nos dejó.
La primera vez que crucé el umbral de su casa, sentí que todos los ojos estaban sobre mí. Su hermana Lucía apenas me saludó y su padre, don Ernesto, ni siquiera levantó la vista del periódico. Me senté a la mesa sintiéndome diminuta, como si cada gesto mío fuera una ofensa a su mundo perfecto.
—¿Y tus padres a qué se dedican? —preguntó Lucía una noche, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Mi madre trabaja limpiando en un colegio —contesté bajando la mirada—. Mi padre… bueno, no está con nosotras.
El silencio fue tan espeso que casi podía cortarse. Carmen suspiró y murmuró algo sobre “gente luchadora”, pero su tono era más de lástima que de admiración.
Álvaro y yo nos conocimos en la universidad. Él estudiaba Derecho y yo Filología Hispánica. Me enamoré de su risa fácil y de cómo parecía escucharme cuando hablaba de mis sueños. Pero fuera del campus, todo era distinto. En su mundo, yo era la chica de barrio, la que no sabía pedir vino en los restaurantes caros ni distinguir entre los cubiertos del pescado y los de la carne.
Una tarde, después de una discusión con su madre, salí al balcón para respirar. Álvaro me siguió.
—No tienes que hacerles caso —me dijo en voz baja—. Ellos son así con todo el mundo.
—No es cierto —le respondí—. Con tus amigos son amables. Conmigo… parece que siempre esperan que meta la pata.
Él me abrazó, pero sentí que había una distancia invisible entre nosotros. Una barrera hecha de apellidos, barrios y expectativas.
Mi madre siempre me decía: “No te avergüences nunca de quién eres”. Pero cada vez que iba a casa de Álvaro, sentía que debía pedir perdón por mi origen. Empecé a dudar de mí misma: ¿Era suficiente para él? ¿Podía nuestro amor sobrevivir a tantas diferencias?
El día que todo explotó fue en la boda de un primo suyo. Carmen insistió en que debía llevar un vestido largo y joyas discretas. Yo apenas tenía dinero para el vestido; las joyas las pedí prestadas a una vecina. Durante la cena, Carmen me presentó a sus amigas como “la novia de Álvaro, una chica muy simpática”. Nadie preguntó por mí; solo hablaron de viajes y propiedades.
En el baile, escuché a Lucía decirle a una amiga: “No sé qué le ve Álvaro. Seguro que se cansa pronto”. Sentí cómo se me rompía algo por dentro.
Esa noche, al volver a casa, discutimos.
—¿Por qué nunca dices nada cuando tu familia me humilla? —le grité entre lágrimas.
—No quiero problemas —me contestó bajando la voz—. Ya sabes cómo son…
—¿Y tú? ¿Tú cómo eres? —le pregunté—. ¿De verdad crees que esto puede funcionar si siempre tengo que luchar sola?
No respondió. Se quedó mirando al suelo, como si buscara una salida fácil.
Pasaron semanas sin vernos. Yo me refugié en mi madre y en mis amigas del barrio. Ellas me recordaban quién era: una chica valiente, capaz de soñar aunque el mundo le dijera lo contrario.
Un día recibí un mensaje de Álvaro: “Te echo de menos”. Dudé en responderle. Sabía que le quería, pero también sabía que no podía seguir perdiéndome a mí misma para encajar en un mundo que no era el mío.
Nos vimos en el Retiro. Él llegó con flores y una disculpa ensayada.
—Lo siento —me dijo—. He sido un cobarde. No quiero perderte.
Le miré a los ojos y sentí ternura y rabia al mismo tiempo.
—No quiero ser tu secreto ni tu lucha pendiente —le dije—. Quiero ser tu compañera, no tu sombra.
Nos abrazamos largo rato. No sé qué pasará mañana. Solo sé que merezco ser amada tal como soy, sin tener que pedir perdón por mi historia ni por mi familia.
A veces me pregunto: ¿Por qué el amor tiene que ser tan difícil cuando hay diferencias sociales? ¿Cuántas historias como la mía se quedan calladas por miedo o vergüenza? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que no sois suficientes para alguien?