Mi madre me llevó a juicio por una pensión: la carta que destrozó mi familia
—¿Por qué me haces esto, mamá? —mi voz temblaba, apenas podía sostener el teléfono entre las manos. La carta estaba sobre la mesa, abierta, con esas palabras frías y formales que nunca imaginé leer de su puño y letra: “Le informo que he iniciado un procedimiento judicial para reclamarle una pensión alimenticia”.
No recuerdo haber sentido tanto frío en el alma. Me llamo Carmen Rodríguez, tengo 38 años y vivo en Getafe. Siempre pensé que los problemas graves solo ocurrían en las películas o en las familias de otros. Pero esa noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales y mis hijos dormían ajenos al drama, supe que mi vida ya no sería la misma.
Mi madre, Mercedes, siempre fue una mujer fuerte, orgullosa, de esas que nunca piden ayuda. Cuando mi padre murió hace cinco años, pensé que nos uniríamos más. Pero fue al revés: la distancia creció, los silencios se hicieron más largos y las visitas más incómodas. Yo tenía mi trabajo en la farmacia, dos hijos pequeños y un marido, Luis, que apenas llegaba a fin de mes con su sueldo de repartidor. Aun así, intentaba ayudarla: le llevaba comida, pagaba alguna factura cuando podía… pero nunca era suficiente para ella.
—No es justo, Carmen —me dijo mi hermano Paco cuando le llamé llorando—. Mamá está sola y tú eres la mayor. Algo tendrás que hacer.
—¿Y tú? ¿No eres su hijo también? —le reproché entre sollozos.
—Yo tengo mis propios problemas —respondió cortante. Y colgó.
Esa noche no dormí. Recordé mi infancia en el barrio de Carabanchel, los veranos en el pueblo de Ávila, las peleas por tonterías y las reconciliaciones con abrazos apretados. ¿En qué momento se rompió todo? ¿Por qué ahora mi madre me veía como una enemiga?
La semana siguiente tuve que ir al juzgado. Me senté frente a ella en una sala fría y gris. No me miró a los ojos ni una sola vez. Su abogado habló por ella:
—La señora Mercedes solicita una pensión mensual de 400 euros para cubrir sus necesidades básicas.
Yo no podía creerlo. ¿Cuatrocientos euros? Si apenas podía pagar la hipoteca y los libros del colegio de mis hijos…
—Señoría —dije con voz temblorosa—, yo quiero ayudar a mi madre, pero no puedo darle esa cantidad. No llego a fin de mes.
El juez me miró con compasión, pero la ley era clara: los hijos mayores de edad tienen obligación de ayudar a sus padres si estos no pueden mantenerse por sí mismos.
Salí del juzgado sintiéndome la peor hija del mundo. En el portal me encontré con mi tía Pilar, la hermana pequeña de mi madre.
—No te lo tomes así, Carmen —me dijo abrazándome—. Tu madre está desesperada, pero esto no es justo para ti.
—¿Por qué no me lo pidió directamente? ¿Por qué tuvo que humillarme así?
Pilar suspiró:
—Mercedes nunca supo pedir ayuda. Siempre pensó que tenía que luchar sola… o exigir lo que creía suyo.
Los días siguientes fueron un infierno. Mis hijos notaban mi tristeza; Luis intentaba animarme pero también estaba agotado. En el trabajo cometí errores por despiste y mi jefa empezó a mirarme mal. Todo se desmoronaba.
Una tarde, mientras preparaba la cena, mi hija Lucía me preguntó:
—Mamá, ¿por qué ya no vamos a ver a la abuela?
No supe qué contestar. ¿Cómo explicarle a una niña de ocho años que su abuela me había llevado a juicio?
El juicio llegó rápido. Mi madre seguía sin mirarme. Cuando el juez dictó sentencia —tendría que pagarle 250 euros al mes— sentí un alivio amargo: menos de lo que pedía, pero aún así demasiado para nosotros.
Esa noche llamé a mi madre. Necesitaba entenderlo todo.
—Mamá… ¿por qué? ¿Por qué has hecho esto?
Su voz sonó cansada al otro lado del teléfono:
—Porque no podía más, Carmen. No tengo nada. Paco no me ayuda y tú… tú tienes tu vida.
—¡Pero siempre te he ayudado! —grité entre lágrimas—. ¿Por qué me has hecho esto delante de todos?
Silencio.
—No quería perderte —susurró al fin—. Pero tampoco quería morirme sola y sin nada.
Colgué sin saber si odiarla o abrazarla.
Han pasado meses desde entonces. Pago cada mes esa cantidad y apenas hablamos. Mis hijos preguntan por su abuela y yo invento excusas. Paco sigue desaparecido; Luis y yo discutimos más que nunca por el dinero.
A veces me pregunto si podría haber hecho algo diferente. Si el orgullo y el miedo nos han robado lo más importante: la familia.
¿De verdad es posible perdonar cuando te han herido tan hondo? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?