¿Por qué siempre tengo que ceder? Mi vida como nuera en casa de mi suegra
—¿Otra vez has dejado los platos sin fregar, Lucía? —la voz de Carmen retumba en la cocina, cortando el aire como un cuchillo afilado. Me giro, con las manos aún húmedas del agua jabonosa, y la miro a los ojos. Siento cómo la rabia me sube por la garganta, pero la trago, como tantas veces antes.
—Estaba terminando de bañar a los niños —respondo en voz baja, intentando mantener la calma.
Ella resopla y sacude la cabeza. —En mis tiempos, una mujer sabía organizarse. No sé cómo Alejandro te aguanta.
Mi marido, sentado en el salón viendo el telediario, ni siquiera levanta la vista. Sé que ha escuchado cada palabra, pero su silencio es más doloroso que cualquier reproche. Me siento sola, invisible, como si mi presencia en esta casa fuera apenas un estorbo.
No siempre fue así. Cuando Alejandro y yo nos conocimos en la universidad de Salamanca, soñábamos con una vida juntos, lejos de las ataduras familiares. Pero cuando su padre enfermó y murió, él insistió en volver a casa para cuidar de su madre. «Solo será un tiempo», me prometió. Han pasado seis años.
Al principio, Carmen parecía agradecida. Me enseñaba recetas de cocido madrileño y me contaba historias de su juventud en Ávila. Pero pronto empecé a notar las miradas críticas, los comentarios velados: «Así no se plancha una camisa», «En esta casa siempre se ha hecho así». Poco a poco, fui cediendo terreno. Dejé mi trabajo en la biblioteca para cuidar de los niños y ayudar en casa. Mis amigas dejaron de llamarme; ya no tenía tiempo ni energía para salir.
Una tarde, mientras recogía los juguetes del suelo, escuché a Carmen hablando por teléfono con su hermana:
—Esta chica no sabe llevar una casa. Si no fuera por mí, esto sería un desastre.
Me mordí el labio hasta sangrar. ¿De verdad era tan inútil? ¿Tan poca cosa?
Las discusiones con Alejandro se hicieron más frecuentes. Yo le pedía que me defendiera, que pusiera límites a su madre. Él suspiraba y me decía: «Es mayor, Lucía. Hay que tener paciencia». Pero ¿y mi paciencia? ¿Quién la tenía en cuenta?
Un domingo por la mañana, mientras preparaba churros para el desayuno, Carmen entró en la cocina y empezó a criticar el aceite que había usado.
—En esta casa siempre se ha usado aceite de oliva virgen extra —dijo con desdén—. No sé por qué insistes en cambiarlo todo.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¡No puedo más! —grité, sorprendiendo incluso a mí misma—. ¡Estoy harta de que me trates como si fuera tu criada!
El silencio fue absoluto. Alejandro apareció en la puerta, con los ojos abiertos como platos.
—Lucía… —empezó él, pero le interrumpí.
—¿Tú también piensas que no valgo para nada? ¿Que todo lo hago mal?
Él bajó la mirada y murmuró: —No es eso… Solo quiero que estemos en paz.
Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Miré mi reflejo en el espejo: ojeras profundas, el pelo recogido a toda prisa, la piel apagada. ¿Dónde estaba la Lucía alegre y soñadora que fui alguna vez?
Esa noche, mientras acostaba a mis hijos, mi hija mayor me abrazó fuerte y susurró:
—Mamá, ¿por qué estás triste?
No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que me sentía prisionera en mi propia casa? Que cada día era una lucha por mantener mi dignidad y proteger a mi familia sin perderme a mí misma.
Empecé a escribir un diario para no volverme loca. Cada noche anotaba mis pensamientos, mis miedos, mis pequeñas victorias: «Hoy he dicho que no», «Hoy he salido a caminar sola aunque Carmen protestara».
Un día recibí una llamada inesperada de mi amiga Marta:
—Lucía, hace mucho que no sé de ti. ¿Estás bien?
Me derrumbé al teléfono. Le conté todo: las humillaciones, la soledad, la sensación de estar desapareciendo poco a poco.
—Tienes derecho a ser feliz —me dijo Marta—. No puedes vivir solo para los demás.
Sus palabras me dieron fuerzas para enfrentarme a Alejandro esa noche.
—Necesito que me apoyes —le dije con voz temblorosa—. No puedo seguir viviendo así. Si no ponemos límites a tu madre, me voy a romper.
Él me miró largo rato antes de responder:
—No quiero perderte, Lucía. Hablaré con ella.
La conversación fue tensa y dolorosa. Carmen lloró, gritó que yo quería separarla de su hijo, que era una desagradecida. Pero por primera vez, Alejandro se puso de mi parte.
Las cosas no cambiaron de la noche a la mañana. Hubo días malos y otros peores. Pero poco a poco empecé a recuperar mi espacio: volví a trabajar media jornada en la biblioteca del barrio; salía a pasear con mis hijos sin pedir permiso; aprendí a decir «no» sin sentirme culpable.
A veces Carmen sigue lanzando sus dardos envenenados: «En esta casa nunca se ha hecho así». Pero ahora respiro hondo y respondo:
—Pues ahora sí.
No sé si algún día llegaré a sentirme completamente libre bajo este techo. Pero he aprendido que ceder siempre solo me lleva a perderme a mí misma.
¿De verdad tenemos que sacrificar nuestra felicidad por cumplir expectativas ajenas? ¿Cuántas mujeres más viven atrapadas entre el deber y el deseo de ser ellas mismas?