Volvió a casa y dijo: ‘Quiero el divorcio’ — Recordé las palabras de mi madre y mi mundo se vino abajo

—Quiero el divorcio, Lucía. No puedo más.

La puerta aún no había terminado de cerrarse cuando Dario soltó esas palabras como si fueran piedras arrojadas al fondo de un pozo. Me quedé paralizada en el pasillo, con las llaves todavía en la mano y el olor a lentejas recién hechas flotando en el aire. Nuestra hija, Sara, estaba en su habitación, tarareando una canción de Rosalía mientras hacía los deberes. Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Cómo que quieres el divorcio? —logré balbucear, buscando sus ojos, pero él evitaba mi mirada, clavando la vista en el suelo como si allí estuviera la respuesta a todo.

—No puedo seguir fingiendo, Lucía. No soy feliz. Hace tiempo que no lo soy —dijo, casi en un susurro, como si temiera que Sara pudiera oírle.

En ese instante, recordé las palabras de mi madre: “Nunca des por sentado que la felicidad es para siempre. Cuida lo que tienes, pero prepárate para perderlo”. Siempre pensé que era una exagerada, una mujer marcada por los desengaños de la vida. Ahora entendía su advertencia como nunca antes.

Me senté en la silla del recibidor, sintiendo un frío que no venía de fuera. Dario se quedó de pie, con la chaqueta aún puesta. El silencio era tan denso que podía escuchar el tictac del reloj de la cocina.

—¿Hay otra? —pregunté, temiendo la respuesta.

Dudó un segundo demasiado largo.

—No es eso… Bueno, sí. He conocido a alguien. Pero esto viene de antes, Lucía. No es solo por ella. Es por mí. Por nosotros.

Sentí una mezcla de rabia y humillación. ¿Cómo podía ser tan cobarde? ¿Cómo podía destruir dieciséis años en una tarde cualquiera de marzo? Pensé en Sara, en cómo le afectaría todo esto. Pensé en mi abuelo, en el piso que me dejó para que tuviera un hogar seguro. Pensé en las cenas familiares, en los veranos en Asturias, en las discusiones tontas por la compra o por quién sacaba la basura.

—¿Y Sara? ¿Has pensado en ella? —le espeté, alzando la voz sin querer.

—Por supuesto que sí. Pero no quiero que crezca viendo a dos personas que ya no se quieren —respondió él, con esa calma que siempre me sacaba de quicio cuando discutíamos.

Me levanté y fui directa a la habitación de Sara. La encontré sentada en la cama, con los auriculares puestos y los ojos clavados en la pantalla del móvil. Me miró y supo que algo iba mal.

—¿Qué pasa, mamá?

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle a una niña de doce años que su padre ya no quería formar parte de nuestra familia? ¿Cómo protegerla del dolor?

Esa noche apenas dormí. Escuchaba los pasos de Dario por el pasillo, su respiración contenida al otro lado de la puerta del salón donde decidió dormir. Recordé las noches en las que Sara tenía fiebre y nos turnábamos para vigilarla; los domingos de sofá y manta viendo películas antiguas; las veces que discutíamos y luego nos reconciliábamos con un abrazo torpe y sincero.

A la mañana siguiente, llamé a mi madre. Su voz fue un bálsamo y una herida al mismo tiempo.

—Te lo dije, hija. Los hombres a veces se cansan antes que nosotras. Pero tú eres fuerte. Lo has sido siempre —me dijo desde su piso en Vallecas.

—No quiero ser fuerte, mamá. Quiero mi vida de antes —le confesé entre sollozos.

—Nadie quiere ser fuerte hasta que no le queda otra opción —me respondió ella.

Los días siguientes fueron un torbellino de emociones: reuniones con abogados, conversaciones incómodas con Sara sobre lo que iba a pasar, mensajes de amigas preguntando si necesitaba algo. Me sentía observada, juzgada incluso por los vecinos del portal cuando me cruzaba con ellos en el ascensor.

Una tarde, mientras recogía los platos del almuerzo, Sara se acercó y me abrazó por la espalda.

—¿Vas a estar bien, mamá?

Me giré y le acaricié el pelo.

—No lo sé, cariño. Pero lo intentaré —le prometí sin estar segura de poder cumplirlo.

Dario venía cada dos días a ver a Sara. Al principio era incómodo; después aprendimos a convivir con esa nueva rutina forzada. Él traía regalos para compensar su ausencia; yo intentaba mantenerme firme y no llorar delante de ellos.

Un día me encontré llorando en el baño del trabajo. Mi compañera Carmen me encontró y me llevó al bar de la esquina para tomar un café.

—Lucía, no eres la primera ni serás la última. Pero tienes derecho a estar enfadada, triste o lo que te dé la gana —me dijo mientras removía el azúcar con fuerza.

Poco a poco empecé a reconstruirme: retomé mis clases de yoga, salí a caminar por El Retiro los domingos por la mañana y volví a quedar con amigas que hacía años no veía. Descubrí que había vida más allá del matrimonio; que podía reírme otra vez sin sentirme culpable; que podía mirar al futuro sin miedo aunque todavía doliera mirar atrás.

A veces pienso en Dario y me pregunto si fue cobarde o simplemente humano. Si yo también tuve parte de culpa por acomodarme demasiado; por dejar que la rutina nos devorara poco a poco sin darnos cuenta.

Hoy miro a Sara dormir y me pregunto si algún día entenderá todo esto; si sabrá perdonarnos; si aprenderá a amar sin miedo al abandono.

¿De verdad podemos prepararnos para perder lo que más queremos? ¿O solo aprendemos a sobrevivir cuando ya no nos queda otra opción?