Entre dos fuegos: Cómo sostuve la mano de mi hermana mientras mi vida se desmoronaba
—¿De verdad vas a dejarme sola, Lucía? —La voz de Marta temblaba, y sus ojos, hinchados por el llanto, me atravesaban como cuchillos. Era la una de la madrugada y la cocina olía a café recalentado y desesperación. Yo tenía las llaves del coche en la mano y una maleta medio hecha en el pasillo. Mi novio, Sergio, me esperaba en el portal para irnos a vivir juntos a Barcelona. Pero ahí estaba mi hermana, sentada en la mesa, con el rostro hundido entre las manos, como una niña perdida.
No podía dejar de pensar en la última vez que la vi sonreír de verdad. Fue hace apenas seis meses, en la boda de nuestra prima Carmen, cuando aún estaba casada con Javier y creía que la vida era un camino recto. Pero todo cambió tan rápido. Javier la dejó por otra mujer, y Marta se quedó sin casa, sin trabajo y con dos niños pequeños. Mamá había muerto hacía años y papá vivía en un pueblo de León, demasiado lejos y demasiado solo para ayudar.
—No te estoy pidiendo que renuncies a tu vida —susurró Marta—. Solo… solo necesito un poco de tiempo. Hasta que encuentre algo.
Miré el móvil: Sergio me había escrito tres mensajes en los últimos diez minutos. «¿Vas a bajar ya?», «Lucía, no me hagas esto», «Tenemos que salir antes de las dos». Sentí cómo el corazón me latía en la garganta. ¿Cómo podía elegir entre el amor y la sangre?
Me senté frente a ella. —Marta, llevo meses ayudándote. He retrasado todo por ti. Sergio está perdiendo la paciencia y yo también tengo derecho a ser feliz.
Ella levantó la cabeza, con los ojos rojos y la voz rota: —¿Y yo? ¿No tengo derecho a un poco de paz? No sé ni cómo pagar el alquiler este mes. Los niños preguntan por su padre cada noche. No puedo más, Lucía.
La rabia me subió como un fuego por dentro. —¡No es justo! Siempre tengo que ser yo la fuerte, la que resuelve todo. ¿Por qué no puedes tú, por una vez?
El silencio se hizo espeso entre nosotras. Afuera, los coches pasaban indiferentes por la calle Alcalá. Recordé cuando éramos niñas y compartíamos una litera en nuestra casa de Vallecas. Marta siempre tenía miedo a la oscuridad y yo le daba la mano hasta que se dormía.
—No puedo dejarte sola —dije al fin, con lágrimas en los ojos—. Pero tampoco puedo seguir así mucho más tiempo.
Esa noche no dormí. Sergio se fue solo a Barcelona y yo me quedé en Madrid, con mi hermana y mis sobrinos, intentando sostener un mundo que se caía a pedazos. Los días siguientes fueron una sucesión de rutinas agotadoras: llevar a los niños al colegio, buscar trabajo para Marta, hacer malabares con el dinero para llegar a fin de mes. Mi jefe empezó a mirarme mal por llegar tarde; mis amigas dejaron de llamarme porque siempre decía que no podía quedar.
Una tarde, mientras Marta dormía exhausta en el sofá, me senté en el balcón con un cigarro (aunque nunca había fumado antes) y miré las luces de la ciudad. Pensé en Sergio, en nuestra vida juntos que se desvanecía como humo entre los dedos. Pensé en mi madre, en cómo habría sabido qué hacer. Pensé en mí misma, perdida entre dos fuegos: el deber y el deseo.
Una mañana cualquiera, Marta recibió una llamada para una entrevista de trabajo como administrativa en una gestoría del barrio. La vi arreglarse frente al espejo con manos temblorosas; le presté mi blusa favorita y le deseé suerte con un abrazo largo y silencioso.
Esa tarde volvió llorando: «No me han cogido». Me sentí tan impotente que quise gritarle al mundo entero. Pero solo pude abrazarla otra vez.
Los meses pasaron lentos y pesados como plomo. Sergio dejó de escribirme; supe por amigos comunes que había conocido a alguien más. Yo seguía aquí, sosteniendo la mano de mi hermana cada noche mientras los niños dormían y ella lloraba bajito para no despertarles.
Un día discutimos fuerte. Marta me gritó que estaba cansada de ser una carga; yo le respondí que estaba harta de sacrificarlo todo por ella. Nos dijimos cosas horribles que ninguna quería decir realmente. Esa noche dormimos espalda contra espalda, separadas por un abismo de dolor.
Pero al día siguiente, cuando vi a Marta preparar el desayuno para los niños con los ojos hinchados pero decidida, supe que algo había cambiado en ella. Empezó a buscar trabajo con más fuerza; aceptó limpiar casas mientras encontraba algo mejor. Poco a poco fue recuperando la sonrisa.
Un año después, Marta consiguió un contrato fijo en una oficina pequeña pero digna. Encontró un piso modesto cerca del colegio de los niños y empezó a rehacer su vida. Yo también empecé a reconstruir la mía: retomé contacto con mis amigas, volví a salir los fines de semana, incluso conocí a alguien nuevo.
A veces pienso en todo lo que perdí por ayudarla: mi relación con Sergio, mis planes de futuro… Pero cuando veo a Marta reír otra vez o cuando mis sobrinos me abrazan diciendo «gracias tía», sé que hice lo correcto.
Ahora me pregunto: ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio por la familia? ¿Dónde está el límite entre ayudarnos y perdernos a nosotros mismos? ¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?