¡Ayuda! Dejé a mi familia por otra mujer y ahora me arrepiento: la historia de un error que me cambió la vida
—¿De verdad vas a dejarlo todo por ella, Pablo? —La voz de Carmen temblaba, entre la rabia y la incredulidad, mientras yo recogía mis cosas en silencio, evitando su mirada.
Aquel martes de noviembre, la lluvia golpeaba los cristales del salón como si quisiera impedirme salir. Mi hija Lucía, de apenas nueve años, se asomó a la puerta con los ojos llenos de lágrimas. “Papá, ¿por qué te vas?”, susurró. No supe qué responderle. Me limité a agachar la cabeza y cerrar la puerta tras de mí, llevándome el eco de su llanto como un castigo que aún hoy me persigue.
Me llamo Pablo Muñoz y tengo 42 años. Vivo en Alcalá de Henares, o mejor dicho, sobrevivo. Hace seis meses cometí el mayor error de mi vida: dejé a mi familia por otra mujer. Todo empezó como empiezan estas historias: una compañera nueva en la oficina, risas compartidas en la máquina de café, mensajes fuera de horario. Marta era todo lo que yo sentía que me faltaba: joven, espontánea, sin las cargas del día a día. Me hizo sentir vivo otra vez, o eso creía yo.
Carmen y yo llevábamos quince años juntos. No éramos perfectos, pero habíamos construido una vida: dos hijos, una hipoteca, cenas familiares los domingos con mis padres en Guadalajara. Pero la rutina me asfixiaba y, cuando Marta apareció, me aferré a esa ilusión como un náufrago a un salvavidas.
—No sé si podré perdonarte algún día —me dijo Carmen el día que le confesé todo. Su voz era fría, casi desconocida.
Me fui de casa convencido de que estaba tomando la decisión correcta. Durante las primeras semanas con Marta todo fue euforia: escapadas a Segovia, cenas en Malasaña, noches sin preocupaciones. Pero pronto la realidad se impuso. Marta no quería una familia; quería diversión. Yo echaba de menos los desayunos con mis hijos, las discusiones tontas con Carmen sobre qué serie ver en Netflix, incluso las broncas por dejar los calcetines tirados.
Un día, mientras Marta hablaba emocionada sobre un viaje a Ibiza con sus amigas, sentí un vacío inmenso. Me di cuenta de que había cambiado todo lo que era seguro y verdadero por una fantasía pasajera. Empecé a llamarle a Lucía cada noche antes de dormir. Al principio no quería hablar conmigo. Mi hijo mayor, Álvaro, directamente me colgaba el teléfono.
La soledad se hizo insoportable. Mis padres dejaron de invitarme a comer los domingos; mi hermana Laura apenas me respondía los mensajes. En el trabajo, los rumores corrían como pólvora: «Pablo ha dejado a su mujer por la nueva». Sentí vergüenza por primera vez en mucho tiempo.
Una tarde de enero, después de una discusión absurda con Marta sobre quién debía sacar al perro (ni siquiera era mío), me senté en el sofá y rompí a llorar. Pensé en Carmen, en cómo siempre encontraba una solución para todo; en Lucía y su risa contagiosa; en Álvaro y sus partidos de fútbol los sábados por la mañana.
Decidí escribirle una carta a Carmen:
«Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Sé que te he destrozado el corazón y que he fallado como marido y como padre. Pero no puedo seguir viviendo así. Me equivoqué y lo sé ahora más que nunca. Si alguna vez puedes perdonarme, estaré aquí esperando. Si no puedes, lo entenderé. Solo quiero que sepas que os echo de menos cada día.»
No obtuve respuesta durante semanas. Marta empezó a distanciarse; nuestras conversaciones eran cada vez más superficiales. Una noche me dijo:
—Pablo, creo que esto no funciona. No eres feliz y yo tampoco.
Me quedé solo en un piso vacío, rodeado de cajas sin abrir y recuerdos prestados. Empecé a ir al psicólogo porque no podía soportar la culpa ni el remordimiento.
Un sábado por la mañana decidí acercarme al parque donde solía jugar con mis hijos. Los vi desde lejos: Carmen sentada en un banco leyendo, Lucía en el columpio y Álvaro jugando al fútbol con unos amigos. Dudé mucho antes de acercarme.
—¿Puedo sentarme? —pregunté con voz temblorosa.
Carmen me miró durante unos segundos eternos antes de asentir en silencio.
—Papá —dijo Lucía corriendo hacia mí— ¿vas a volver a casa?
No supe qué decirle. Solo la abracé fuerte mientras sentía las lágrimas correr por mi cara.
Carmen no me perdonó ese día ni los siguientes. Pero poco a poco empezamos a hablar: primero sobre los niños, luego sobre nosotros. Me costó meses recuperar algo de confianza; aún hoy no sé si alguna vez podré reparar del todo el daño que hice.
He aprendido que las decisiones impulsivas pueden destrozar vidas enteras; que la felicidad fácil suele ser solo un espejismo; que lo verdaderamente valioso es aquello que construimos día a día, aunque a veces pese o aburra.
Hoy sigo luchando por recuperar a mi familia. No sé si lo conseguiré, pero al menos ya no huyo de mis errores.
¿Alguna vez habéis sentido que habéis perdido lo más importante por una decisión equivocada? ¿Creéis que merezco una segunda oportunidad?