El secreto de Don Julián: Herencia bajo el olivo
—¡A ver si sobrevives sin nosotros, papá! —gritó Marta, cerrando la puerta con un portazo que retumbó por toda la casa.
Me quedé solo en el salón, con la mirada perdida en las baldosas frías y el eco de las palabras de mis hijos rebotando en mi cabeza. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿En qué momento el cariño se transformó en indiferencia y las risas en reproches?
El calor de julio apretaba en el pueblo, y la casa olía a madera vieja y a recuerdos. Desde la ventana veía los olivos que planté con mis propias manos cuando era joven, aquellos que ahora nadie quería cuidar. Marta y Luis, mis hijos, solo venían a visitarme cuando necesitaban algo: dinero para el coche, ayuda con la hipoteca o simplemente para dejarme la compra del supermercado. Pero nunca una visita por cariño, nunca una tarde de charla bajo la parra.
—Papá, tienes que entenderlo —me decía Luis con ese tono condescendiente—. La vida en Madrid es complicada. No podemos estar pendientes de ti todo el día.
Pero yo no les pedía nada. Solo quería compañía, una conversación, sentirme parte de su vida. Sin embargo, aquel martes todo cambió. Marta y Luis discutieron conmigo porque no quise vender la casa del pueblo. Decían que era una carga, que nadie quería venir aquí y que lo mejor era deshacernos de todo y repartir el dinero.
—¿Para qué quieres esta casa? Si apenas puedes subir las escaleras —insistía Marta—. Véndela y ven a vivir con nosotros. Así no tendrás que preocuparte por nada.
Pero yo sabía que no era por mi bienestar. Era por el dinero. Por eso, cuando se marcharon aquel día, riéndose entre dientes y diciendo que a ver cuánto aguantaba solo, sentí una mezcla de rabia y tristeza tan grande que tuve que sentarme para no caerme.
No sabían nada. No sabían del secreto que guardaba desde hacía años, ni del tesoro escondido bajo el olivo más viejo del huerto. Mi padre me lo confesó antes de morir: «Julián, aquí tienes lo único que puedo dejarte. Cuídalo bien y úsalo cuando llegue el momento». Y yo lo guardé en silencio, esperando el día en que mis hijos demostraran que me querían por lo que soy y no por lo que tengo.
Esa noche apenas dormí. El calor era insoportable y los recuerdos me asaltaban como fantasmas. Recordé a mi mujer, Carmen, su risa clara y su forma de ver siempre lo bueno en las personas. «No te preocupes tanto, Julián», me decía. «Al final todo se arregla». Pero ella ya no estaba para consolarme.
Al amanecer salí al huerto con la azada. El aire olía a tierra mojada y a promesas antiguas. Cavé bajo el olivo centenario hasta encontrar la caja de madera donde guardaba los documentos del banco: acciones, escrituras y una libreta con una suma que ni yo mismo podía creer. Era una herencia millonaria, fruto del trabajo de generaciones.
Pensé en mis hijos. ¿Qué harían si supieran la verdad? ¿Cambiarían su actitud? ¿Me querrían más? O simplemente vendrían corriendo a repartirse el botín como buitres hambrientos.
Pasaron los días y nadie llamó. Ni un mensaje, ni una visita. Solo silencio y soledad. Hasta que un domingo por la tarde apareció Lucía, mi nieta mayor. Venía sola, sin avisar, con una tarta casera en las manos.
—Abuelo, ¿puedo quedarme contigo esta noche? —me preguntó con esa sonrisa suya que tanto me recordaba a Carmen.
Charlamos durante horas bajo la parra. Me contó sus problemas en la universidad, sus sueños y sus miedos. Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien me escuchaba de verdad.
Esa noche decidí escribir una carta para Marta y Luis. Les conté todo: el secreto del olivo, la herencia y mi deseo de que aprendieran a valorar lo importante antes de que fuera demasiado tarde.
Cuando finalmente vinieron al pueblo tras recibir mi carta, los recibí en la puerta con Lucía a mi lado. Vi en sus ojos sorpresa, arrepentimiento y quizá algo de vergüenza.
—Papá… —empezó Marta— No sabíamos…
—No hace falta decir nada —les interrumpí—. Solo quiero que recordéis una cosa: el dinero va y viene, pero la familia es lo único que permanece si se cuida.
A veces me pregunto si realmente aprendieron la lección o si solo volvieron por interés. Pero al menos ahora sé quién está a mi lado por amor y quién solo por conveniencia.
¿Y vosotros? ¿Qué haríais si tuvierais un secreto así? ¿El dinero puede realmente cambiar los corazones o solo revela lo que ya somos por dentro?