Palabras que no se pueden deshacer: la herida de una madre española
—¡Ojalá te mueras, mamá!—. Las palabras de Álvaro retumbaron en la cocina como un trueno en mitad de la tormenta. Me quedé quieta, con las manos aún húmedas del agua jabonosa, el plato resbalando y cayendo al suelo, haciéndose añicos. Mi hijo, mi pequeño, el mismo que hace años me pedía que le cantara para dormir, ahora me miraba con un odio que no reconocía.
No sé en qué momento se rompió el hilo entre nosotros. Quizá fue cuando su padre, Antonio, se marchó de casa hace ya cinco años, cansado de la rutina y de mi silencio. O tal vez fue antes, cuando la vida en nuestro pueblo de Soria empezó a pesarle a Álvaro como una losa. Siempre decía que aquí no había futuro, que los campos sólo daban trabajo a los que no tenían sueños. Yo intentaba explicarle que la tierra también da raíces, pero él sólo veía barro y cansancio.
—No tienes ni idea de lo que es vivir, mamá. ¡Tú nunca has salido de este agujero!— gritó una vez, tirando la mochila al suelo.
—¿Y tú crees que yo elegí esto?— le respondí, con la voz temblorosa. —¿Crees que no quise estudiar más, viajar, ver mundo? Pero la vida no siempre deja elegir.
A veces pienso que mi hijo me culpa por todo: por la marcha de su padre, por la falta de dinero, por el frío en invierno y el calor en verano. Yo también me culpo a veces. Pero nunca imaginé escuchar esas palabras saliendo de su boca. «Ojalá te mueras». ¿Cómo se sigue adelante después de eso?
Esa noche no dormí. Escuchaba sus pasos arriba, en su habitación, y sentía el peso de cada palabra no dicha, cada abrazo negado por orgullo o cansancio. Recordé cuando era pequeño y se caía jugando en la plaza; venía corriendo a mis brazos buscando consuelo. Ahora huía de mí como si yo fuera el origen de todos sus males.
En el pueblo todos nos conocemos. La gente murmura cuando pasa algo en una familia. Mi vecina Carmen me miraba con lástima cuando me veía salir al mercado.
—María, hija, ¿estás bien?— preguntó un día, bajando la voz.
—Sí, Carmen, sólo estoy cansada— mentí, porque ¿cómo se cuenta algo así?
La soledad en el pueblo es distinta a la de la ciudad. Aquí pesa más porque todos creen saber lo que te pasa y nadie pregunta de verdad. Mi hermana Lucía me llamaba desde Zaragoza para animarme a irme con ella.
—Déjalo todo y vente conmigo. Aquí podrías empezar de cero— insistía.
Pero yo no podía dejar mi casa, ni los recuerdos, ni a Álvaro aunque me doliera tanto.
Los días pasaron lentos. Álvaro apenas salía de su cuarto. Yo preparaba su comida y la dejaba en la mesa sin decir nada. A veces escuchaba cómo hablaba por teléfono con sus amigos de Madrid; les contaba lo mucho que odiaba este sitio y lo asfixiante que era vivir conmigo.
Un domingo por la tarde, mientras recogía leña en el patio, lo vi salir con una maleta pequeña.
—¿Te vas?— pregunté sin atreverme a mirarle a los ojos.
—Me voy a casa de Pablo unos días— respondió seco.
Quise abrazarle, decirle que le quería aunque me doliera todo lo que había dicho. Pero el orgullo pudo más y sólo asentí con la cabeza.
Esa noche lloré como hacía años no lloraba. Me sentí vacía y derrotada. Pensé en mi madre y en las veces que discutimos cuando yo era joven; ahora entendía su dolor.
Pasaron semanas sin noticias de Álvaro. El silencio era peor que cualquier grito. Empecé a escribirle cartas que nunca envié:
«Querido hijo: No sé cómo hemos llegado hasta aquí. Echo de menos tus risas y tus enfados. Ojalá supiera cómo ayudarte a ser feliz…»
Un día recibí una llamada inesperada. Era Pablo.
—María, Álvaro está mal. No quiere hablar con nadie… Creo que deberías venir.
Fui corriendo a Madrid en el primer autobús que salió del pueblo. Encontré a mi hijo hundido en una habitación oscura, rodeado de botellas vacías y tristeza.
—Mamá…— murmuró al verme —Perdóname… No quería decir eso… No sé qué me pasa.
Lo abracé fuerte, como cuando era niño. Lloramos juntos mucho rato. Entendí entonces que el dolor no era sólo mío; él también sufría por dentro.
Volvimos al pueblo juntos. No fue fácil reconstruir lo roto: las palabras dichas no se pueden borrar, pero sí aprender a vivir con ellas. Empezamos a hablar más, a escucharnos sin juzgar tanto.
Hoy Álvaro trabaja en una granja cercana mientras decide qué hacer con su vida. Yo sigo aquí, en nuestra casa vieja, aprendiendo cada día a perdonar y a perdonarme.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias se rompen por palabras dichas en un momento de rabia? ¿Cuántos hijos echan de menos un abrazo aunque digan lo contrario? ¿Y si nos atreviéramos a hablar antes de gritar?