La vi en la cola del supermercado y ya no era la misma: el día que mi exmujer me ignoró y entendí lo que había perdido
—¿Tienes la tarjeta de puntos? —me preguntó la cajera, pero apenas la escuché. Mi mirada estaba clavada en la mujer que acababa de entrar al supermercado. Era Lucía. Mi exmujer. La reconocí por el modo en que se recogía el pelo, aunque ahora lo llevaba más corto y con unas mechas rubias que nunca se habría atrevido a hacerse cuando estábamos juntos.
No sé si fue el brillo de sus tacones o la seguridad con la que caminaba, pero parecía otra persona. Llevaba un vestido azul marino, elegante pero sencillo, y una sonrisa que no recordaba haberle visto en años. Me quedé petrificado, con la cartera en la mano, mientras ella pasaba a mi lado sin mirarme, como si yo fuera un desconocido más entre los estantes de Mercadona.
—Señor, ¿la tarjeta? —insistió la cajera, y yo reaccioné torpemente, buscando entre los bolsillos.
—Perdón… sí… aquí está —balbuceé.
Lucía ya estaba en la cola de al lado, sacando frutas y verduras de su cesta. Me fijé en sus manos: ya no temblaban como cuando discutíamos por cualquier tontería. Parecía tranquila, incluso feliz. Recordé entonces las noches interminables de reproches, las palabras que nunca debimos decirnos y el silencio helado que llenaba nuestro piso de Lavapiés.
—¿Te has fijado en esa mujer? —susurró una señora mayor a su hija detrás de mí—. Qué guapa va hoy.
Sentí una punzada de celos y vergüenza. ¿Cómo era posible que Lucía hubiera florecido así después de nuestra separación? ¿Acaso yo era el peso que le impedía ser feliz?
Pagando mi compra, miré de reojo cómo ella saludaba a la cajera con una amabilidad natural. No era la Lucía cansada y apagada que yo recordaba. Era una mujer nueva, segura de sí misma, con una luz especial en los ojos.
Salí del supermercado antes que ella y me quedé esperando fuera, fingiendo revisar el móvil. No sabía si quería hablarle o simplemente observarla un poco más. Cuando salió, se detuvo un momento para ajustar el bolso y mirar el cielo. Respiró hondo y sonrió como si el mundo entero le perteneciera.
No pude evitar acercarme unos pasos.
—Lucía…
Se giró despacio, sin sorpresa ni rencor. Me miró como se mira a un conocido lejano.
—Hola, Diego —dijo con voz serena.
—No te había visto desde… bueno, desde hace meses —intenté sonar casual, pero mi voz temblaba.
—Sí, desde la firma del divorcio —respondió ella, sin perder la sonrisa.
Hubo un silencio incómodo. Yo buscaba algo que decir, alguna frase ingeniosa o al menos amable. Pero solo me salió una pregunta torpe:
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Muy bien, Diego. Estoy mejor que nunca, la verdad.
Sentí cómo se me encogía el estómago. ¿Mejor que nunca? ¿Sin mí?
—Me alegro… —murmuré.
Lucía me miró con compasión, pero sin lástima. Era como si ya no necesitara demostrarme nada ni a mí ni a nadie.
—Espero que tú también estés bien —añadió.
No supe qué responderle. La verdad es que no lo estaba. Desde que se fue, mi vida era una sucesión de rutinas vacías: trabajo, casa, fútbol los domingos con los amigos y cenas solitarias frente a la tele. Había creído que la libertad me haría feliz, pero solo me sentía más solo cada día.
Ella miró el reloj y se despidió con un gesto amable:
—Tengo prisa. Cuídate mucho, Diego.
La vi alejarse por la calle Argumosa con paso firme. Por un momento quise correr tras ella y pedirle perdón por todo: por mis gritos, por mis ausencias, por no haber sabido escucharla cuando más lo necesitaba. Pero me quedé quieto, clavado en el suelo como un árbol seco.
Recordé entonces las tardes de domingo en casa de sus padres en Alcorcón, las risas con su hermana Marta y las discusiones absurdas sobre política con su padre. Recordé también el día en que me dijo llorando que ya no podía más, que necesitaba encontrarse a sí misma lejos de mí.
En ese momento entendí lo mucho que había perdido por orgullo y por miedo al cambio. Lucía había encontrado su camino sin mí y yo seguía perdido en el mío.
Esa noche llamé a mi madre para cenar juntos. Hacía meses que no hablábamos más de cinco minutos seguidos. Ella notó enseguida mi tristeza.
—¿Qué te pasa, hijo?
—He visto a Lucía hoy —le confesé—. Está… distinta. Feliz.
Mi madre suspiró y me acarició la mano.
—A veces perder a alguien es lo único que nos hace abrir los ojos —dijo—. Pero nunca es tarde para cambiar tú también.
Me quedé pensando en sus palabras mientras recogíamos los platos. ¿Por qué nos cuesta tanto valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos? ¿Por qué dejamos que el orgullo destruya lo que más queremos?
Hoy sigo viendo a Lucía de vez en cuando por el barrio. Ya no intento hablarle ni buscar su mirada. Solo espero algún día poder sonreír como ella y dejar atrás el peso del pasado.
¿Alguna vez habéis sentido ese vacío al ver a alguien a quien amasteis ser feliz sin vosotros? ¿Creéis que es posible volver a empezar después de perderlo todo?