¿De verdad la sangre significa amor? La historia de Milena, una madre olvidada
—¿Otra vez has dejado la leche fuera del frigorífico, mamá? —La voz de Lucía, mi hija, retumba en la cocina como un trueno inesperado. Me sobresalto y apenas puedo articular una disculpa. Mis manos tiemblan mientras intento recoger la botella, pero ella ya la ha guardado con un suspiro exasperado.
—Perdona, hija, se me ha olvidado… —musito, pero sé que mis palabras se pierden en el aire, igual que yo me pierdo en esta casa que ya no siento mía.
Hace apenas tres años, tras la muerte de mi marido, Lucía insistió en que me mudara a su piso en Vallecas. «Así no estarás sola, mamá», me decía. Pero ahora, cada día pesa más. Siento que mi presencia le molesta, que mis torpezas son una carga. Antes era yo quien le preparaba el desayuno, quien le curaba las rodillas peladas y le arropaba por las noches. Ahora soy yo quien espera a que ella llegue del trabajo, quien escucha sus pasos cansados y su tono impaciente.
A veces me pregunto si esto es lo que significa envejecer: convertirse en un mueble más, uno que estorba. Mis amigas del barrio han ido desapareciendo poco a poco; algunas se han ido al pueblo, otras ya no están. Mi mundo se ha reducido a estas cuatro paredes y a los recuerdos que me asaltan cuando menos lo espero.
Una tarde de otoño, mientras miraba por la ventana cómo caían las hojas en el parque de enfrente, escuché una voz familiar desde el salón:
—Mamá, ¿puedes dejar de mover las cortinas? Me distraes.
Me mordí los labios para no llorar. No quería ser una molestia, pero tampoco sabía cómo dejar de existir. Esa noche, mientras cenábamos en silencio, Lucía soltó de repente:
—Mamá, he pensado que quizá sería mejor que buscaras una residencia. Allí estarías con gente de tu edad y yo podría…
No terminó la frase. No hacía falta. Sentí un nudo en el estómago y las lágrimas amenazaron con traicionarme. ¿Tanto estorbo soy? ¿Después de todo lo que he dado?
Esa noche no dormí. Recordé los sacrificios: los turnos dobles en el hospital para pagarle la universidad, las noches sin dormir cuando tenía fiebre, los cumpleaños organizados con ilusión aunque apenas llegáramos a fin de mes. ¿De qué sirve todo eso si ahora soy solo un problema?
Al día siguiente salí temprano a dar un paseo por el parque. El aire frío me despejó la mente. Me senté en un banco y observé a los niños jugar. A mi lado se sentó una mujer mayor, con el pelo recogido en un moño desordenado y una bufanda roja.
—¿Te importa si me siento? —preguntó con una sonrisa cálida.
—Claro que no —respondí, agradecida por la compañía.
Se llamaba Carmen y vivía sola desde hacía años. Pronto descubrimos que compartíamos muchas cosas: ambas habíamos criado solas a nuestras hijas, ambas sentíamos esa punzada de soledad que no se va ni con la televisión encendida ni con las llamadas esporádicas.
—¿Sabes lo que hago yo cuando me siento invisible? —me dijo Carmen una tarde—. Me apunto a todo lo que puedo: talleres en el centro cultural, clases de pintura… Así conozco gente y me siento viva.
Sus palabras me hicieron pensar. ¿Y si intentaba hacer algo por mí misma? ¿Y si dejaba de esperar a que Lucía llenara mis días?
Empecé a ir con Carmen al centro cultural del barrio. Al principio me sentía torpe y fuera de lugar entre desconocidos, pero pronto empecé a disfrutarlo. Aprendí a pintar acuarelas y hasta participé en una obra de teatro amateur. Por primera vez en mucho tiempo, reí hasta llorar.
Lucía empezó a notar el cambio.
—¿Dónde has estado? —me preguntó una noche al llegar y no encontrarme en casa.
—He ido al centro cultural con Carmen —respondí sin darle más importancia.
Ella frunció el ceño, como si no entendiera quién era esa nueva madre que salía y tenía planes propios.
Poco a poco, nuestra relación cambió. Ya no dependía tanto de su atención ni de su aprobación. Empecé a poner límites: si me hablaba mal, se lo decía; si necesitaba tiempo para mí, lo tomaba sin culpa.
Un domingo por la tarde, mientras tomábamos café juntas, Lucía rompió el silencio:
—Mamá… Siento si te he hecho sentir mal estos meses. No sabía cómo manejarlo todo: el trabajo, la casa… Pensé que te estaba ayudando pero quizá solo te estaba alejando.
La miré a los ojos y vi a la niña que había criado, vulnerable y perdida.
—No pasa nada, hija. Solo quiero que sepas que sigo aquí, pero también necesito vivir mi vida.
Nos abrazamos largo rato. Por primera vez en mucho tiempo sentí paz.
Hoy tengo 70 años y sigo siendo madre, pero también soy Milena: mujer, amiga, persona con sueños y ganas de vivir. He aprendido que la familia no siempre es solo sangre; a veces es quien te escucha en un banco del parque o quien te anima a pintar aunque nunca hayas cogido un pincel.
¿De verdad la sangre significa amor? ¿O es el amor lo que convierte a alguien en tu verdadera familia? ¿Vosotros qué pensáis?