El secreto que escondía nuestro regalo de bodas

—¿Por qué no me lo dijiste antes, Javier? —mi voz temblaba, apenas un susurro, mientras el eco de la tormenta golpeaba los cristales del salón.

Javier no me miraba. Sus manos jugaban nerviosas con la cajita de madera que habíamos recibido como regalo de bodas, ese mismo objeto que, hasta hacía unas horas, creíamos una simple artesanía gallega. Ahora, después de lo que había encontrado dentro, todo había cambiado.

Recuerdo perfectamente el día de nuestra boda. El olor a salitre, las gaitas sonando en la plaza del pueblo, mi madre sentada en primera fila con su mantilla negra y los ojos húmedos de emoción. Había sido un milagro reunir el dinero para la celebración; toda la aldea colaboró con comida, flores y hasta el cura nos hizo precio. Yo, que siempre había soñado con una vida tranquila, sentía que por fin el destino me sonreía.

Pero la felicidad duró poco. La caja apareció entre los regalos, sin tarjeta ni remitente. Era pequeña, de madera oscura, con grabados antiguos y una cerradura diminuta. Pensamos que sería una caja para guardar recuerdos o joyas. No le dimos importancia hasta esa noche, cuando Javier intentó abrirla y notó algo extraño en el fondo: un doble fondo apenas perceptible.

—Lucía, ven a ver esto —me llamó desde la cocina, con la voz más seria de lo habitual.

Dentro del compartimento secreto había una carta amarillenta y una llave oxidada. La carta estaba escrita con una caligrafía antigua y temblorosa:

«Para quien encuentre esta llave: hay verdades que deben salir a la luz. No permitas que el pasado siga enterrado bajo las piedras del molino viejo.»

El molino… Mi corazón dio un vuelco. Ese molino abandonado en las afueras del pueblo siempre había sido motivo de historias y supersticiones. Decían que estaba maldito desde la Guerra Civil, que allí se escondieron secretos que nadie se atrevió a desenterrar.

Javier quería dejarlo estar. «No te metas en líos, Lucía. Bastante tenemos ya con lo nuestro», decía él, siempre tan práctico, tan gallego en su forma de ver la vida: «O que non che toca, non o busques». Pero yo no podía dormir pensando en esa carta. ¿Y si tenía algo que ver con mi familia? ¿Con mi padre?

Al día siguiente, mientras Javier trabajaba en el puerto, fui al molino con la llave en el bolsillo. El viento cortaba como cuchillas y el cielo amenazaba lluvia. El interior olía a humedad y madera podrida. Busqué entre las piedras hasta encontrar una trampilla oculta bajo un montón de sacos viejos. La llave encajó perfectamente.

Dentro encontré una caja metálica llena de cartas y fotografías antiguas: imágenes de hombres armados, mujeres llorando, niños escondidos entre los escombros. Entre los papeles reconocí la letra de mi abuela y una foto de mi padre, joven y asustado, junto a un hombre desconocido.

Esa noche, enfrenté a mi madre. Al principio negó saber nada, pero al ver las fotos rompió a llorar como nunca antes la había visto.

—Tu padre… —sollozó— ayudó a esconder a gente perseguida durante la dictadura. Por eso lo mataron tan joven. Siempre temí que si alguien lo descubría nos harían daño.

Sentí rabia, tristeza y orgullo al mismo tiempo. Toda mi vida había creído que mi padre era solo una víctima más de la mala suerte gallega, pero ahora sabía que había sido valiente, que había luchado por otros aunque eso le costara la vida.

Javier me abrazó fuerte cuando le conté todo. «Ahora entiendo por qué eres como eres», me susurró al oído.

Desde entonces miro el mar con otros ojos. Pienso en cuántos secretos se esconden bajo las aguas tranquilas de nuestra costa y en cuántas familias callan por miedo o por costumbre.

A veces me pregunto: ¿cuántas verdades siguen enterradas en nuestros pueblos? ¿Y si tuviéramos el valor de abrir todas las cajas cerradas por generaciones?