Este año no celebro mi cumpleaños… pero mis amigos tenían otros planes
—Mamá, ¿este año tampoco habrá tarta?— preguntó Lucía, mi hija de siete años, mientras me miraba con esos ojos grandes que heredó de su padre. Sentí un nudo en la garganta. No podía mentirle, pero tampoco quería que notara el temblor en mi voz.
—No, cariño. Este año… este año será diferente —le respondí, intentando sonreír. Pero la verdad era que no tenía ni para una vela. El paro se había alargado más de lo que jamás imaginé y la ayuda social apenas alcanzaba para pagar la luz y el alquiler del piso en Vallecas. Mi ex, Sergio, hacía meses que no pasaba la pensión y yo ya no sabía a quién más pedirle favores.
Esa mañana, mientras preparaba el café con la última cucharada que quedaba en el bote, recibí un mensaje de Carmen: “¿Hoy a las 18h en el parque? Los peques quieren verte”. Dudé. No tenía ganas de ver a nadie. Me sentía avergonzada, derrotada. Pero Lucía insistió tanto que al final cedí.
En el parque, bajo los plátanos de sombra, estaban Carmen, Raúl y Elena. Los tres con sus hijos, todos amigos del cole de Lucía. Carmen me abrazó fuerte, como si supiera lo que me pasaba sin que yo dijera nada. Raúl sacó una bolsa de patatas y Elena una botella de refresco. Me senté en el banco, intentando disimular las lágrimas.
—¿Sabes lo que me dijo Marcos esta mañana? —dijo Elena— Que este año quería regalarte un dibujo porque eres la mejor mamá del grupo. Todos los niños asintieron y Lucía me entregó un papel doblado: era un dibujo de todos nosotros, cogidos de la mano.
—No puedo aceptar nada —dije, sintiéndome aún peor—. Este año no hay celebración. Estoy… estoy fatal de dinero.
Carmen me miró a los ojos: —¿Y qué? ¿Desde cuándo hace falta dinero para celebrar que existes? ¿O te crees que solo vales lo que tienes en el banco?
Raúl se levantó y sacó una caja pequeña: —No es mucho, pero entre todos hemos puesto para una tarta del súper. Y aquí tienes una vela. Hoy celebramos tu vida, aunque sea en el parque y con patatas.
No pude contenerme y rompí a llorar. Los niños aplaudieron y cantaron el cumpleaños feliz a coro. Sentí una mezcla de vergüenza y gratitud tan intensa que apenas podía respirar. Elena me pasó un pañuelo y Carmen me susurró: —No estás sola, Marta. Nunca lo has estado.
Mientras partíamos la tarta con un cuchillo de plástico y los niños jugaban al escondite entre los columpios, pensé en todo lo que había perdido este año: el trabajo en la tienda de ropa del centro, la estabilidad, incluso la confianza en mí misma. Pero allí, rodeada de mis amigos y nuestros hijos, entendí que aún tenía algo mucho más valioso.
Después del parque, Carmen insistió en acompañarme a casa. Subimos las escaleras del bloque viejo y, al entrar, me fijé en la nevera vacía y las facturas apiladas en la mesa. Carmen se sentó conmigo en el sofá.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —me preguntó—. ¿Por qué te empeñas en cargar sola con todo?
—No quería ser una carga —le confesé—. Ya bastante tenéis cada uno con vuestros problemas.
Carmen negó con la cabeza: —Eso es lo que nos han hecho creer siempre. Que pedir ayuda es ser débil. Pero mira a tu alrededor: todos estamos igual o peor. Lo único que nos salva es estar juntos.
Me abrazó otra vez y sentí cómo se deshacía un poco el peso en mi pecho. Esa noche, después de acostar a Lucía, me senté frente a la ventana y miré las luces de Madrid a lo lejos. Pensé en mi madre, en cómo ella siempre encontraba la manera de sacar adelante a la familia aunque no hubiera nada en la despensa.
Al día siguiente, recibí otro mensaje: “Mañana te paso mi currículum para que lo revises”, decía Raúl. “He oído que buscan gente para limpiar portales en el barrio”, añadió Elena. Y Carmen: “El sábado hacemos cocido en mi casa, venís tú y Lucía”.
Me di cuenta entonces de que la crisis no era solo mía; era de todos nosotros. Pero también lo era la esperanza.
Hoy escribo esto porque sé que muchos estáis pasando por lo mismo: sintiéndoos solos, avergonzados por no poder darles a vuestros hijos lo que merecen o por no poder celebrar ni siquiera un cumpleaños sencillo. Pero os juro que hay luz al final del túnel si os atrevéis a dejaros ayudar.
A veces pienso: ¿Cuántas veces dejamos de celebrar la vida por miedo o vergüenza? ¿Cuántas veces olvidamos que lo más importante no cuesta dinero?
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez esa soledad o esa vergüenza? ¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar?