La traición de mi hermano: Cuando la familia se rompe desde dentro
—¿Cómo has podido hacerme esto, Sergio? —grité, con la voz rota, mientras sostenía entre las manos los extractos bancarios que lo demostraban todo. Mi hermano, sentado al otro lado de la mesa de la cocina, no levantaba la mirada. El reloj de pared marcaba las tres de la madrugada y el silencio de la casa era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
No era la primera vez que discutíamos, pero nunca así. Desde que papá enfermó de Alzheimer, mi vida y la de mi hermano se habían reducido a turnos interminables en hospitales públicos y a peleas por decisiones que ninguno quería tomar. Mamá murió hace años y solo quedábamos nosotros dos. Cuando el médico nos dijo que papá necesitaba cuidados profesionales, vendimos la casa familiar en Vallecas y el coche de mamá. Todo para pagarle una residencia privada donde pudiera estar bien atendido.
Pero ahora, al ver los movimientos en la cuenta conjunta, supe que algo iba mal. Faltaban más de veinte mil euros. Dinero que debía estar destinado a papá. Dinero que, según los extractos, había ido a parar a una cuenta desconocida y a pagos en casinos online.
—No lo entiendes, Lucía —susurró Sergio, finalmente—. Yo… yo solo quería una oportunidad. Todo me ha salido mal desde que perdí el trabajo en la obra. No podía soportar más sentirme un inútil.
Me quedé helada. ¿Una oportunidad? ¿A costa de papá? ¿De todo lo que habíamos sacrificado?
Durante días no pude dormir. Recordaba cuando éramos niños y jugábamos en el parque del barrio, cuando Sergio me defendía de los abusones del colegio. ¿En qué momento se había roto todo? ¿Cuándo dejó de importarle la familia?
La residencia llamó para avisar que no podíamos seguir pagando el mes siguiente. Me sentí humillada al tener que pedir ayuda a los tíos, a los vecinos, a los amigos de papá. Todos preguntaban por Sergio y yo no sabía qué decirles. En España, la familia es sagrada; nadie espera que tu propio hermano te traicione así.
Una tarde, mientras recogía las cosas de papá en su antigua habitación, encontré una foto vieja: los cuatro juntos en la playa de Benidorm, sonriendo como si nada pudiera separarnos jamás. Me eché a llorar sobre la cama vacía.
—¿Por qué lo has hecho? —le pregunté a Sergio días después, cuando por fin volvió a casa tras desaparecer dos noches.
—No podía más, Lucía —me respondió con los ojos enrojecidos—. Me sentía solo. Nadie me preguntaba cómo estaba yo. Todo era papá, papá…
Sentí rabia y compasión al mismo tiempo. ¿Acaso yo no estaba igual de sola? ¿No había renunciado también a mi vida por cuidar de papá?
Las discusiones se volvieron rutina. Los vecinos empezaron a murmurar; en el supermercado me miraban con lástima o desprecio. Mi tía Carmen me llamó para decirme que debía denunciar a Sergio ante la policía.
—Es tu hermano, pero lo que ha hecho no tiene perdón —me dijo con voz firme—. Si no lo haces tú, lo haré yo.
No podía soportar la idea de ver a Sergio esposado, pero tampoco podía permitir que papá terminara en una residencia pública donde apenas le prestarían atención.
Una noche, mientras cenábamos en silencio, Sergio rompió a llorar.
—Lo siento, Lucía… No sé cómo arreglar esto —dijo entre sollozos.
Me levanté y le abracé por primera vez en meses. No sé si fue por compasión o por desesperación.
Al día siguiente fuimos juntos al banco y él firmó un compromiso para devolver el dinero poco a poco. Yo tuve que buscar un segundo trabajo limpiando casas para cubrir los gastos inmediatos. Papá nunca supo nada; seguía preguntando por mamá y sonriendo como si aún fuéramos niños.
Hoy, meses después, sigo sin saber si podré perdonar del todo a Sergio. La herida sigue abierta y la confianza rota parece imposible de reconstruir.
A veces me pregunto: ¿Qué haríais vosotros si vuestro propio hermano os traicionara así? ¿Se puede volver a confiar en alguien que te ha fallado cuando más lo necesitabas?