Cuando ser madre duele: La confesión de Carmen desde Madrid

—¿Y ahora qué, Carmen? —me pregunté en voz alta, mientras el eco de mi propia voz rebotaba en las paredes vacías del salón. El reloj marcaba las siete y media, la hora en la que solía preparar la cena para mis hijos. Ahora, el único sonido era el tic-tac insistente y el rumor lejano del tráfico madrileño.

Recuerdo cuando todo era distinto. Cuando la casa estaba llena de risas, discusiones y carreras por el pasillo. Mi marido, Antonio, siempre llegaba tarde del trabajo, pero yo encontraba consuelo en el bullicio de mis hijos: Lucía, la mayor, siempre tan responsable; Marcos, el rebelde; y Sofía, mi pequeña, la más cariñosa. Pero los años pasaron volando y cada uno tomó su propio camino. Lucía se mudó a Barcelona por trabajo, Marcos se fue a vivir con su novia a Valencia y Sofía estudia en Salamanca. Antonio… bueno, Antonio se fue hace ya cinco años. Un infarto fulminante que me dejó sin aire y sin rumbo.

—Mamá, tienes que salir más —me decía Lucía por teléfono—. Apúntate a algún curso, haz yoga, no sé… algo.

Pero ¿cómo se aprende a vivir para una misma cuando has vivido siempre para los demás? ¿Cómo se llena el vacío que dejan tres hijos y un marido?

La soledad no es solo silencio. Es abrir la nevera y ver que todo sigue igual desde hace días. Es poner la mesa para una persona y sentir que falta algo esencial. Es mirar el móvil esperando un mensaje que no llega. A veces me sorprendo hablando sola, como si esperara que alguien me respondiera desde la cocina o desde el cuarto de baño.

El otro día, mientras paseaba por el Retiro, vi a una madre con dos niños pequeños. El mayor lloraba porque no quería soltar el balón y la madre, agotada, intentaba convencerle con paciencia infinita. Me vi reflejada en ella y sentí una punzada de nostalgia tan fuerte que tuve que sentarme en un banco para no romper a llorar allí mismo.

Mi hermana Pilar me llama cada semana para invitarme a su casa en Alcalá de Henares. «Ven, Carmen, no puedes estar sola todo el día». Pero yo le pongo excusas: que tengo que limpiar, que estoy cansada, que tengo cosas que hacer. La verdad es que no quiero ser una carga para nadie. Siempre he sido la fuerte de la familia, la que lo resuelve todo, la que nunca se queja.

Hace poco, Marcos vino a visitarme con su novia, Laura. Me alegré tanto al verlos que preparé su plato favorito: cocido madrileño. Pero durante la comida apenas hablamos. Él estaba pendiente del móvil y Laura parecía incómoda. Cuando se fueron, recogí los platos en silencio y me sentí más sola que nunca.

A veces pienso que he cometido un error dedicando toda mi vida a los demás. ¿Dónde quedó Carmen? ¿Qué sueños tenía antes de ser madre? Recuerdo que de joven quería ser profesora de literatura. Me encantaba leer y escribir poemas. Pero luego llegaron los niños, las facturas, las prisas… y fui dejando mis sueños en un cajón.

Una noche no pude dormir y me levanté a buscar una vieja caja donde guardaba mis cuadernos de juventud. Encontré poemas escritos con letra temblorosa y relatos cortos llenos de esperanza. Lloré al leerlos. ¿Por qué dejé de escribir? ¿Por qué pensé que mis palabras no valían nada?

El domingo pasado decidí ir sola al cine. Me temblaban las manos al comprar la entrada; sentía que todos me miraban. Pero cuando se apagaron las luces y empezó la película, me sentí libre por primera vez en años. Al salir, caminé despacio por la Gran Vía iluminada y pensé: «Quizá aún estoy a tiempo de encontrarme».

Hoy he vuelto a escribir un poema. No es gran cosa, pero es mío. He llamado a Lucía para contárselo y me ha dicho: «Mamá, estoy orgullosa de ti». He sentido una calidez en el pecho que hacía mucho no sentía.

Sé que el camino será largo y difícil. La soledad duele, pero también puede ser una oportunidad para descubrir quién soy más allá de ser madre o esposa.

¿Alguna vez os habéis sentido así? ¿Es posible volver a empezar cuando parece que todo ha terminado? Me gustaría saber si hay otras personas como yo…