«Siempre creí que tenía una amiga de verdad… hasta que descubrí que solo era su solución cómoda»

—¿Sabes qué, Carmen? A veces siento que solo me buscas cuando te conviene —escuché la voz de Lucía, cortante, mientras el eco de su frase rebotaba en las paredes del pequeño bar de Lavapiés. El café se me quedó frío entre las manos. No supe qué responder. ¿Cómo podía decirme eso después de tantos años? ¿Después de tantas noches en vela, de tantas confidencias, de tantas risas y lágrimas compartidas?

Conocí a Lucía en primero de bachillerato, en el instituto público del barrio. Ella era la chica nueva, recién llegada de Salamanca, y yo la adopté casi sin pensarlo. Nos sentábamos juntas en clase de Historia y compartíamos bocadillos en el recreo. Pronto nos hicimos inseparables. Mi madre siempre decía que Lucía era como una hermana para mí. Y yo lo creía.

Pasaron los años y nuestra amistad sobrevivió a exámenes, novios tóxicos, veranos en la playa y hasta a la distancia cuando ella se fue a estudiar a Granada. Siempre volvíamos a encontrarnos en Madrid, como si nada hubiera cambiado. O eso pensaba yo.

La vida adulta llegó con sus prisas y sus decepciones. Yo conseguí un trabajo precario en una editorial pequeña, mientras Lucía empezó a trabajar en una consultora importante. A veces sentía que nuestros mundos se alejaban, pero me esforzaba por mantener el contacto: mensajes, llamadas, cafés improvisados los viernes por la tarde.

Recuerdo una noche especialmente dura para mí. Mi padre acababa de ser diagnosticado con Alzheimer y sentía que el suelo se abría bajo mis pies. Llamé a Lucía llorando y ella vino corriendo a mi casa. Me abrazó fuerte y me prometió que estaría siempre ahí. Esa noche dormimos juntas en mi cama, como cuando éramos adolescentes.

Pero algo empezó a cambiar hace unos meses. Lucía estaba más distante, siempre ocupada, siempre con prisa. Yo intentaba entenderlo: su trabajo era exigente, tenía una nueva pareja, nuevas amistades… Pero dolía sentirme desplazada.

Hasta que llegó aquella tarde en el bar. Habíamos quedado porque yo necesitaba hablar con alguien sobre mi madre, que últimamente estaba muy deprimida. Pero Lucía parecía ausente, mirando el móvil cada dos minutos.

—¿Te pasa algo? —le pregunté.

Ella suspiró y dejó el móvil sobre la mesa.

—Carmen, no sé cómo decirte esto… Últimamente siento que nuestra amistad es más una obligación que otra cosa. Que solo me buscas cuando tienes problemas.

Me quedé helada. ¿De verdad pensaba eso de mí? ¿Después de todo lo que habíamos vivido?

—Eso no es justo —le respondí con la voz temblorosa—. Siempre he estado para ti también. ¿O ya no te acuerdas de tus crisis con Marcos? ¿O cuando tu madre estuvo enferma?

Lucía bajó la mirada.

—No digo que no hayas estado… Pero ahora mismo necesito espacio. Siento que me ahogo.

Sentí una punzada en el pecho. Me levanté sin terminar el café y salí del bar casi corriendo, con las lágrimas empañando mi vista.

Los días siguientes fueron un infierno. No podía dejar de pensar en sus palabras. ¿Había sido yo una carga para ella? ¿Solo me había soportado por costumbre? Empecé a repasar cada conversación, cada encuentro, buscando señales que nunca quise ver.

Mi madre notó mi tristeza y me preguntó qué pasaba.

—Nada, mamá —mentí—. Solo estoy cansada.

Pero no era cansancio; era desilusión. La sensación de haber construido castillos en el aire durante años.

Intenté escribirle un mensaje a Lucía varias veces, pero siempre lo borraba antes de enviarlo. ¿Para qué insistir? Si ella ya había decidido alejarse…

Un día, mientras paseaba por el Retiro intentando despejarme, me encontré con Marta, una antigua compañera del instituto. Charlamos un rato y le conté lo sucedido con Lucía.

—No eres la única —me confesó Marta—. A mí también me dejó de lado cuando empecé a tener problemas en casa. Creo que Lucía solo sabe estar cuando todo va bien.

Aquello me hizo pensar. Quizá nunca fui tan especial para ella como yo creía. Quizá solo fui su solución cómoda: alguien a quien acudir cuando le convenía, pero prescindible cuando la vida le sonreía.

Las semanas pasaron y aprendí a llenar el vacío con otras personas: mi hermano pequeño, mis compañeros del trabajo, incluso mi vecina Pilar, con quien empecé a compartir paseos y confidencias.

A veces echo de menos a Lucía, claro que sí. Echo de menos la facilidad con la que nos entendíamos sin palabras, las tardes de cine barato y pizza congelada, los secretos susurrados bajo las sábanas en noches de tormenta.

Pero también he aprendido algo importante: la amistad no puede ser unilateral. No puede depender solo del esfuerzo de uno.

Hoy miro atrás y me pregunto: ¿cuántas veces aceptamos migajas pensando que son banquetes? ¿Cuántas veces confundimos costumbre con cariño verdadero?

Quizá nunca lo sabré del todo. Pero ahora sé que merezco amistades sinceras, recíprocas y valientes.

¿Os ha pasado alguna vez algo parecido? ¿Habéis sentido que alguien solo os quería cerca por comodidad? ¿Hasta dónde merece la pena luchar por una amistad rota?