«¿De verdad soy un problema para mis nietos? La tarde en que mi nuera me cerró la puerta»

—No quiero que venga más a ver a los niños. Les está usted mezclando las ideas.

Me quedé helada. Literalmente. El frío de la tarde madrileña se coló por el hueco de la puerta, pero lo que me paralizó fue su voz, tan firme, tan cortante. Tenía en las manos la bandeja de bizcocho de manzana que acababa de sacar del horno, aún caliente, con ese aroma a canela que siempre hacía sonreír a mis nietos. Pero ahora, el olor solo me recordaba el nudo en el estómago y el temblor en las manos.

—¿Perdona, Lucía? —pregunté, convencida de que había entendido mal.

Ella no se movió ni un centímetro. Ni siquiera me invitó a pasar al recibidor. Detrás de ella, escuché las voces de los niños jugando en el salón. Mi corazón latía tan fuerte que temí que lo oyera.

—No quiero que venga más —repitió—. Después de sus visitas, los niños hacen preguntas. Comparan. Y yo no quiero eso en mi casa.

Me quedé muda. ¿Comparan? ¿Preguntan? ¿Eso es malo? ¿No es bueno que los niños tengan curiosidad? ¿No es sano que conozcan otras formas de ver la vida? Pero Lucía ya había decidido. Su mirada era un muro.

—Lucía, solo intento…

—No, Carmen —me interrumpió—. No quiero discutir. Ya se lo he dicho a Daniel y está de acuerdo. Por favor, respétalo.

Daniel. Mi hijo. Mi único hijo. ¿También él pensaba así? ¿O simplemente no quería problemas en casa?

Me quedé allí, en el rellano, con el bizcocho ardiendo en las manos y el alma helada. No supe qué decir. No supe si debía insistir o marcharme dignamente. Al final, solo pude balbucear:

—Dile a los niños que les quiero.

La puerta se cerró suavemente, pero el golpe retumbó dentro de mí como un portazo.

Bajé las escaleras despacio, sin mirar atrás. En la calle, la gente iba y venía con prisas, ajena a mi tragedia diminuta y doméstica. Me senté en un banco y abracé la bandeja como si fuera un salvavidas. Las lágrimas me quemaban los ojos, pero no podía llorar allí, delante de todos.

Recordé cuando Daniel era pequeño y venía corriendo del colegio, con las rodillas llenas de tierra y los bolsillos repletos de canicas. Recordé las tardes de verano en el pueblo, cuando todos los primos jugaban en la plaza y yo les preparaba meriendas interminables. Siempre pensé que ser abuela sería una continuación natural de ese amor, una segunda oportunidad para dar cariño sin prisas ni obligaciones.

Pero ahora… ahora era una intrusa.

Esa noche apenas dormí. Di mil vueltas en la cama, repasando cada palabra, cada gesto, buscando en mi memoria algún error imperdonable. ¿Había dicho algo malo? ¿Había criticado sin querer la forma en que Lucía educa a los niños? Sí, alguna vez le sugerí que dejaran a los niños jugar más tiempo al aire libre, o que no pasa nada si se manchan la ropa… Pero siempre desde el cariño, nunca con mala intención.

A la mañana siguiente llamé a Daniel. Tardó en contestar.

—Mamá…

—Daniel, necesito entenderlo. ¿De verdad piensas que hago daño a los niños?

Hubo un silencio largo al otro lado.

—No es eso, mamá… Es solo que Lucía se pone nerviosa cuando los niños empiezan a cuestionar cosas. Dice que luego le cuesta mucho volver a poner orden.

—¿Y tú qué piensas?

—No lo sé… Solo quiero que estemos tranquilos.

Tranquilos. Como si mi presencia fuera una tormenta.

Durante días me sentí perdida. Mis amigas del centro de mayores notaron mi tristeza y me animaron a hablarlo con ellas. Mercedes me contó que su nuera tampoco le deja ver mucho a sus nietos porque dice que les malcría; Pilar confesó que su hija le reprocha constantemente cómo educó a sus propios hijos. No era la única.

Pero eso no consolaba. Yo quería a mis nietos cerca. Quería enseñarles a hacer rosquillas, contarles historias de cuando su padre era niño, llevarles al Retiro a dar de comer a los patos…

Un domingo decidí ir a misa temprano y encender una vela por ellos. Al salir, me encontré con Teresa, una vecina del barrio de toda la vida.

—¿Qué te pasa, Carmen? Tienes mala cara.

Le conté todo entre suspiros y lágrimas contenidas.

—Mira —me dijo—, los hijos crecen y creen saberlo todo. Pero los nietos nunca olvidan el amor de una abuela. No te rindas.

Esa tarde escribí una carta para mis nietos. Les conté cuánto les quería y les recordé nuestras pequeñas aventuras juntos: las tardes haciendo puzzles, las guerras de cosquillas, las canciones inventadas antes de dormir… Les dije que siempre estaré aquí para ellos, aunque no pueda verles tanto como quisiera.

Metí la carta y un trozo del bizcocho en un sobre grande y lo dejé en el buzón de su casa.

Pasaron semanas sin noticias. Cada vez que sonaba el teléfono saltaba mi corazón como un resorte. Pero nada.

Hasta que un día recibí un dibujo por correo: dos niños cogidos de la mano con una señora mayor —yo— en medio, todos sonriendo bajo un sol enorme y amarillo. Detrás ponía: «Te queremos mucho, abuela Carmen».

Lloré como una niña pequeña. Lloré por todo lo perdido y por todo lo que aún quedaba por vivir.

Ahora sigo esperando una llamada o una visita inesperada. Sigo horneando bizcochos por si acaso algún día vuelven a abrirme la puerta. Porque el amor de una abuela no entiende de prohibiciones ni puertas cerradas.

¿De verdad puede una abuela hacer daño solo por querer demasiado? ¿O es este mundo moderno el que nos está robando poco a poco el calor familiar? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?