Hasta que deje a ese vago, no verá un euro nuestro: la dura decisión que tomé por mi hija
—¡Mamá, no puedo más! —me gritó Lucía al otro lado del teléfono, su voz temblando entre sollozos y rabia contenida. Yo estaba en la cocina, con las manos aún húmedas de fregar los platos, y sentí que el corazón se me encogía. No era la primera vez que mi hija me llamaba así, desesperada, pero esta vez supe que algo había cambiado.
Lucía siempre fue una chica fuerte, de esas que no se dejan pisar. Pero desde que se casó con Sergio, la he visto apagarse poco a poco, como una vela que se consume en una habitación cerrada. Sergio, ese chico de sonrisa fácil y promesas vacías, nunca ha sabido lo que es el compromiso. Al principio, pensé que era cuestión de tiempo, que maduraría, que el nacimiento de sus hijos le haría sentar cabeza. Pero no. Un año lleva ya encadenando chapuzas, trabajos de media jornada que abandona a la mínima dificultad, mientras Lucía se desvive por sacar adelante a sus dos pequeños, Hugo y Martina, y mantener la casa en pie.
—¿Y Sergio? —le pregunté, intentando no sonar demasiado dura.
—Está en el sofá, viendo la tele. Dice que mañana irá a buscar trabajo, pero siempre es mañana, mamá, siempre es mañana…
Sentí una mezcla de rabia y tristeza. Mi marido, Antonio, y yo hemos discutido mil veces sobre este tema. Él dice que no podemos seguir manteniendo a Lucía y a su familia, que Sergio tiene que espabilar, que si seguimos ayudándoles nunca aprenderán. Yo, en cambio, no soporto ver a mi hija sufrir. Pero últimamente, hasta yo empiezo a pensar que estamos alimentando una situación insostenible.
Esa noche, después de cenar, Antonio y yo volvimos a discutir. Él, con su voz grave y pausada, me miró a los ojos y dijo:
—María, si no le pones límites, esto no va a cambiar nunca. Lucía tiene que abrir los ojos. Hasta que no deje a ese vago, no verá un euro más nuestro.
Me dolió escucharlo, pero en el fondo sabía que tenía razón. No podía seguir siendo el colchón de mi hija mientras ella se hundía cada vez más en un pozo sin fondo. Así que, con el alma hecha trizas, llamé a Lucía al día siguiente.
—Hija, tenemos que hablar —le dije, intentando que no se me quebrara la voz—. No podemos seguir ayudándoos económicamente mientras Sergio no se responsabilice. No es justo para ti, ni para los niños, ni para nosotros.
Hubo un silencio largo, pesado. Podía oír su respiración entrecortada al otro lado del teléfono.
—¿Me estás diciendo que me vais a dejar sola? —susurró, como si no pudiera creérselo.
—No, Lucía. Nunca estarás sola. Pero tienes que tomar una decisión. No puedes seguir cargando tú sola con todo. Sergio tiene que cambiar, o tienes que plantearte si quieres seguir así.
La conversación terminó con lágrimas y reproches. Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando al techo, preguntándome si estaba haciendo lo correcto. Recordé cuando Lucía era pequeña, cómo venía corriendo a mis brazos cada vez que se caía, cómo le curaba las heridas con un beso y una tirita. Ahora, sus heridas eran mucho más profundas, y yo no sabía cómo sanarlas.
Los días siguientes fueron un infierno. Lucía apenas me hablaba. Sergio, por supuesto, ni se dignó a llamarme. Antonio intentaba tranquilizarme, pero yo sentía que había traicionado a mi hija. Hasta que una tarde, Lucía apareció en casa, con los ojos hinchados y los niños de la mano.
—No puedo más, mamá —me dijo, derrumbándose en mis brazos—. He intentado hablar con Sergio, pero no cambia. Dice que soy una exagerada, que todo irá bien, pero yo ya no le creo. Estoy cansada, mamá. No quiero que mis hijos crezcan viendo esto.
La abracé fuerte, sintiendo su dolor como si fuera mío. Le preparé una taza de chocolate caliente, como cuando era niña, y la dejé desahogarse. Me contó cómo Sergio se había vuelto cada vez más apático, cómo había dejado de buscar trabajo, cómo incluso había empezado a beber más de la cuenta. Me confesó que tenía miedo, que no sabía si sería capaz de salir adelante sola, pero que no podía seguir así.
—¿Y si me equivoco, mamá? ¿Y si no puedo con todo?
—Lucía, eres mucho más fuerte de lo que crees. Y no estarás sola. Nosotros te apoyaremos, pero tienes que dar el paso. Por ti, por Hugo, por Martina.
Esa noche, Lucía se quedó a dormir en casa. Los niños durmieron en la habitación de invitados, y ella y yo hablamos hasta la madrugada. Lloramos, reímos, recordamos tiempos mejores. Al día siguiente, volvió a su casa, decidida a hablar con Sergio y a ponerle las cartas sobre la mesa.
Pasaron semanas de incertidumbre. Lucía me llamaba cada día, contándome sus avances, sus dudas, sus miedos. Sergio, como era de esperar, no reaccionó bien. Hubo gritos, reproches, incluso amenazas de marcharse él con los niños. Pero Lucía se mantuvo firme. Finalmente, decidió separarse. Buscó ayuda legal, encontró un trabajo a media jornada y empezó a reconstruir su vida poco a poco.
Hoy, meses después, Lucía está más fuerte que nunca. No ha sido fácil, ni para ella ni para nosotros. Pero cuando la veo sonreír de nuevo, cuando veo a Hugo y Martina corretear felices por el parque, sé que tomamos la decisión correcta. A veces, amar a un hijo significa dejarle caer para que aprenda a levantarse solo.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Hasta dónde llegaríais por ayudar a un hijo sin impedirle crecer? Me gustaría leer vuestras historias y opiniones, porque a veces, la vida no nos da respuestas fáciles.