Cuando Lucía cerró la puerta, supe que tenía que cambiar

—¿De verdad crees que esto es vida, Sergio? —La voz de Lucía retumbó en el pasillo, tan fría como la lluvia que golpeaba las ventanas de nuestro piso en Vallecas. Yo estaba sentado en el sofá, con la cabeza entre las manos, incapaz de mirarla a los ojos. Nuestra hija, Paula, dormía en la habitación contigua, ajena a la tormenta que se desataba en el salón.

No supe qué responder. Llevábamos semanas discutiendo lo mismo: la falta de dinero, mi trabajo precario en el taller de coches, su contrato temporal en la tienda de ropa, las facturas que se acumulaban en la mesa de la cocina. Pero lo que más pesaba era esa sensación de estar atrapados, de no avanzar, de ver cómo los sueños se marchitaban en la rutina.

—Lucía, no es tan fácil —susurré, casi sin voz—. Aquí está nuestra familia, nuestros amigos… ¿De verdad quieres dejarlo todo?

Ella se acercó, con los ojos llenos de lágrimas y rabia. —¿Y qué tenemos aquí, Sergio? ¿Un piso de alquiler que no podemos pagar? ¿Un futuro para Paula en un colegio público saturado, con profesores que no pueden ni aprenderse su nombre? ¿Eso es lo que quieres para ella?

Me dolía escucharla, pero no podía negar que tenía razón. Habíamos hablado de irnos a Barcelona, donde mi primo Rubén me había ofrecido un puesto en su empresa de mudanzas. No era el trabajo de mis sueños, pero al menos era algo fijo. Lucía, sin embargo, temía dejar Madrid, temía perder el poco apoyo que nos quedaba.

Esa noche, después de otra discusión interminable, Lucía hizo la maleta. No me lo esperaba. Pensé que era una amenaza más, una forma de presionarme. Pero cuando la vi salir por la puerta, con Paula en brazos y la cara empapada de lágrimas, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—No puedo más, Sergio. No puedo seguir así. Si no eres capaz de dar el paso, lo daré yo —me dijo antes de marcharse.

Me quedé solo, rodeado de silencio y de recuerdos. El eco de sus palabras me perseguía mientras caminaba por el piso vacío. Miré las fotos en la pared: nuestra boda en Toledo, el primer cumpleaños de Paula, las vacaciones en la playa de Cádiz. ¿En qué momento habíamos dejado de ser felices?

Los días siguientes fueron un infierno. Llamaba a Lucía y no me respondía. Su madre me decía que necesitaba tiempo, que estaba en casa de su hermana en Getafe. Yo iba a trabajar como un autómata, incapaz de concentrarme. Mis compañeros notaban que algo iba mal, pero nadie se atrevía a preguntar. Mi madre venía a verme y me preparaba comida, como cuando era niño, pero ni siquiera podía probar bocado.

Una tarde, mientras paseaba por el parque donde solíamos llevar a Paula, me encontré con Rubén. Me miró con preocupación y me invitó a tomar un café.

—Tienes que hacer algo, primo. No puedes dejar que esto se hunda. Si de verdad quieres cambiar, tienes que moverte. Aquí no hay futuro, Sergio. Lo sabes de sobra.

Sus palabras me golpearon como un jarro de agua fría. ¿Y si tenía razón? ¿Y si el miedo me estaba paralizando? Pensé en Paula, en el futuro que quería para ella. No podía seguir escondiéndome detrás de excusas.

Esa noche, llamé a Lucía. Por primera vez en días, contestó. Su voz sonaba cansada, pero menos enfadada.

—Lucía, escúchame. He hablado con Rubén. Me ha dicho que el trabajo en Barcelona sigue en pie. Si quieres, nos vamos. Los tres. No puedo perderos. No quiero perderos.

Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono. Luego, la oí sollozar.

—¿De verdad lo dices en serio, Sergio? ¿No es otra promesa vacía?

—Te lo juro. Mañana mismo hablo con el jefe del taller y le digo que me voy. Lo único que me importa sois tú y Paula.

Quedamos en vernos al día siguiente. Cuando la vi llegar, con Paula de la mano, sentí que me faltaba el aire. Me arrodillé ante mi hija y la abracé con fuerza. Lucía me miró, aún con desconfianza, pero en sus ojos vi un destello de esperanza.

No fue fácil. Dejar Madrid, despedirnos de nuestros padres, buscar piso en Barcelona, empezar de cero. Hubo días en los que pensé que no lo lograríamos. Lucía lloraba por las noches, Paula echaba de menos a sus abuelos, yo me sentía un fracasado cada vez que no llegábamos a fin de mes. Pero poco a poco, las cosas empezaron a mejorar. Conseguí un contrato fijo, Lucía encontró trabajo en una guardería, Paula hizo nuevos amigos en el colegio.

A veces, cuando volvemos a Madrid de visita, paseamos por nuestro antiguo barrio y recordamos todo lo que dejamos atrás. No fue fácil, pero lo hicimos juntos. Y aunque todavía hay días grises, sé que tomamos la decisión correcta.

Ahora, mientras veo a Paula jugar en el parque y Lucía sonríe a mi lado, me pregunto: ¿Cuántas familias se quedan atrapadas por miedo al cambio? ¿Cuántos sueños se pierden por no atreverse a dar el paso? ¿Y tú, qué harías si tuvieras que elegir entre la comodidad de lo conocido y la incertidumbre de un nuevo comienzo?