Mi madre solo piensa en el hijo de mi hermano: la historia de cómo aprendí a decir basta

—Magdalena, ¿puedes darme los doscientos euros para el viaje de Álvaro? —La voz de mi madre, Rosario, sonó seca, como si la petición fuera lo más natural del mundo. Yo estaba en la cocina, preparando la merienda de Lucía, mi hija de diez años, que me miraba con sus grandes ojos castaños, esperando que le untara la nocilla en el pan. Sentí cómo la rabia me subía por el pecho, pero me mordí la lengua. No era la primera vez que mi madre me pedía dinero para su nieto favorito, el hijo de mi hermano mayor, Sergio. Pero esta vez era distinto. Esta vez, Lucía se quedaba en casa, sin vacaciones, porque yo no podía permitírmelas.

—Mamá, ¿y por qué no le pides a Sergio? —pregunté, intentando mantener la calma, aunque mi voz temblaba. Rosario suspiró, como si estuviera cansada de tener que explicarme lo obvio.

—Ya sabes cómo está Sergio, con el trabajo… y además, Álvaro es un niño, necesita disfrutar. Tú tienes un buen sueldo, hija, no seas egoísta.

Me quedé helada. ¿Egoísta? ¿Por cuidar de mi hija sola, por trabajar jornadas dobles para que no le falte de nada? Miré a Lucía, que bajó la cabeza, como si entendiera que, una vez más, su abuela no pensaba en ella. Sentí una punzada en el corazón. ¿Cuántas veces había visto esa expresión en su cara?

Desde que mi padre murió, mi madre se había volcado en Sergio y su familia. Yo era la hija responsable, la que nunca daba problemas, la que siempre estaba ahí para ayudar. Pero nunca era suficiente. Cuando nació Álvaro, mi madre se desvivió por él: regalos, excursiones, meriendas en el parque. A Lucía, en cambio, le tocaban las sobras, las palabras de «ya veremos» y las promesas incumplidas.

Recuerdo una Navidad en la que Lucía abrió su regalo: un libro de segunda mano, mientras Álvaro recibía una bicicleta nueva. Mi hija no dijo nada, pero esa noche la oí llorar bajito en su habitación. Yo me prometí que nunca más permitiría que la hicieran sentir menos. Pero la vida, y la familia, son más complicadas de lo que parecen.

—Mamá, Lucía este año tampoco va a ir a ningún sitio. ¿No crees que sería justo pensar también en ella? —me atreví a decir, con la voz rota.

Rosario me miró como si no entendiera el idioma.

—Lucía es una niña muy madura, seguro que lo entiende. Además, Álvaro lo está pasando mal en el colegio, necesita distraerse. No seas dramática, Magdalena.

Dramática. Siempre era yo la exagerada, la que hacía montañas de granos de arena. Pero esta vez no podía más. Sentí que algo dentro de mí se rompía. Lucía se levantó de la mesa y se fue a su cuarto en silencio. Yo me quedé sola con mi madre, que seguía esperando mi respuesta.

—No voy a darte el dinero, mamá. No es justo. —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlo. Rosario abrió mucho los ojos, como si le hubiera dado una bofetada.

—¿Cómo que no? ¿Desde cuándo eres tan desagradecida? —espetó, subiendo el tono de voz.

—Desde que me cansé de que siempre sea igual. De que Lucía siempre sea la última. De que tú solo pienses en Sergio y en Álvaro. —Sentí que me temblaban las manos, pero no bajé la mirada.

Rosario se levantó, cogió su bolso y se fue sin decir adiós. La puerta se cerró de un portazo. Me quedé sentada, con el corazón latiendo a mil por hora, preguntándome si había hecho bien. Al rato, Lucía salió de su habitación y me abrazó en silencio. Noté que sus lágrimas mojaban mi camiseta.

—¿Por qué la abuela no me quiere, mamá? —susurró, con la voz rota.

Sentí que el mundo se me caía encima. ¿Cómo explicarle a una niña que el amor de una abuela puede ser tan injusto? ¿Cómo protegerla de ese dolor?

Esa noche no pude dormir. Recordé mi infancia, cómo mi madre siempre prefería a Sergio: él era el niño, el heredero, el que podía equivocarse y siempre era perdonado. Yo tenía que ser perfecta. Cuando me separé de mi marido, mi madre apenas me apoyó. «Eso te pasa por no saber elegir», me dijo. Pero a Sergio, cuando perdió su trabajo por llegar borracho, le pagó el alquiler durante meses.

Los días siguientes, mi madre no me llamó. Sergio sí lo hizo, para decirme que cómo podía ser tan mala hermana, que Álvaro estaba muy ilusionado con el viaje y que ahora se quedaría sin ir por mi culpa. Le colgué el teléfono. Por primera vez en mi vida, no sentí culpa. Sentí rabia, sí, pero también una extraña sensación de alivio.

En el trabajo, mis compañeras notaron que estaba más seria de lo habitual. Una de ellas, Carmen, me invitó a tomar un café y le conté todo. Me miró con ternura y me dijo:

—Magda, a veces hay que poner límites, aunque duela. No puedes seguir permitiendo que te pisoteen. Piensa en Lucía, piensa en ti.

Esa tarde, llevé a Lucía al parque y le compré un helado. Nos sentamos en un banco y la abracé fuerte. Le prometí que, aunque no pudiéramos ir a la playa, haríamos cosas bonitas juntas. Ella me sonrió, y en sus ojos vi un brillo de esperanza.

Pasaron los días y mi madre no volvió a llamarme. En el grupo de WhatsApp familiar, Sergio y mi madre compartían fotos de Álvaro en la playa, sonriendo, jugando en la arena. Lucía miraba las fotos de reojo, pero no decía nada. Yo sentía una mezcla de tristeza y alivio. Por fin había dicho basta, pero el precio era alto.

Una tarde, mi madre apareció en mi casa sin avisar. Lucía estaba en su cuarto, haciendo los deberes. Rosario entró en la cocina y me miró con una mezcla de enfado y tristeza.

—No entiendo por qué tienes que hacer las cosas tan difíciles, Magdalena. Solo quería que todos estuviéramos bien.

—¿De verdad, mamá? ¿O solo quieres que Sergio y Álvaro estén bien? —le respondí, mirándola a los ojos.

Rosario suspiró y, por primera vez, la vi frágil, mayor. Se sentó a la mesa y bajó la cabeza.

—No sé hacerlo de otra manera —susurró.

Sentí compasión, pero también determinación. No podía seguir permitiendo que Lucía creciera sintiéndose menos. No podía seguir siendo la hija invisible.

—Pues tendrás que aprender, mamá. Porque yo no voy a seguir así. Y Lucía tampoco.

Rosario se levantó y se fue, sin decir nada más. No sé si algún día cambiará. No sé si alguna vez entenderá el daño que ha hecho. Pero yo, por primera vez, sentí que había hecho lo correcto.

Ahora, cuando veo a Lucía sonreír, sé que merece todo el amor del mundo. Y me pregunto: ¿cuántas madres y abuelas en España siguen repitiendo estos patrones? ¿Cuántas hijas como yo se atreven, al fin, a decir basta? ¿Y tú, lo has vivido alguna vez?