Diez años después: Cuando Marcos volvió de la nada, mi mundo volvió a romperse

—¿Mamá, quién es ese hombre en la puerta?— preguntó Lucía, mi hija pequeña, con la voz temblorosa, mientras yo me quedaba petrificada en el umbral del salón. El reloj de la pared marcaba las siete y media de la tarde, la hora en la que solíamos cenar juntos antes de que todo se rompiera. Allí, de pie, bajo la luz mortecina del portal, estaba Marcos. Diez años después. Diez años de silencio, de noches en vela, de preguntas sin respuesta. Y ahora, de repente, su figura cansada y envejecida volvía a ocupar el espacio que había dejado vacío.

No supe qué decir. Sentí que el aire se volvía denso, como si el tiempo se hubiera detenido. Marcos me miró con los ojos llenos de culpa y miedo, y yo sólo pude apretar los puños para no gritar. ¿Cómo se atreve a volver ahora? ¿Después de todo lo que nos hizo?

—Hola, Ana —susurró, casi inaudible—. Sé que no tengo derecho, pero… necesitaba verte. Necesitaba ver a los niños.

Las palabras me atravesaron como cuchillos. Los niños. Ya no eran niños. Lucía tenía dieciséis años y Pablo, dieciocho. Habían crecido sin padre, aprendiendo a vivir con la ausencia, con la vergüenza de no saber qué decir cuando sus amigos preguntaban por él. Yo había hecho lo imposible por protegerlos, por mantener la casa en pie, por no dejarme arrastrar por el dolor. Pero ahora, con Marcos delante, sentí que todo mi esfuerzo se desmoronaba.

—¿Por qué vuelves ahora? —le espeté, sin poder contener la rabia—. ¿Por qué después de tanto tiempo?

Marcos bajó la cabeza. Parecía más pequeño, más frágil de lo que recordaba. —No puedo explicarlo todo, Ana. Me equivoqué. Me asusté. No supe cómo enfrentarme a la vida que teníamos. Pensé que si desaparecía, os haría un favor…

—¿Un favor? —mi voz temblaba de indignación—. ¿Dejarme sola con dos hijos pequeños es un favor? ¿Hacer que cada día me preguntara si estabas vivo o muerto?

Lucía se acercó a mí y me cogió de la mano. Pablo, desde el pasillo, observaba la escena con el rostro serio, los ojos llenos de reproche. Había aprendido a no mostrar sus emociones, a ser fuerte por los tres. Pero ahora, la presencia de su padre removía todo lo que habíamos intentado enterrar.

—Papá… —susurró Pablo, y en su voz había más rabia que ternura—. ¿Por qué no llamaste? ¿Por qué no diste señales de vida?

Marcos se llevó las manos a la cara, como si quisiera esconderse de su propia vergüenza. —No tengo excusas. Sólo puedo pediros perdón. Sé que no lo merezco, pero… he pasado estos años pensando en vosotros cada día. No he dejado de hacerlo ni un solo momento.

La tensión era insoportable. Sentí que me faltaba el aire. Recordé las noches en las que me despertaba empapada en sudor, convencida de que algo terrible le había pasado. Recordé las veces que tuve que mentir a los niños, inventando historias para protegerlos de la verdad. Recordé cómo mi madre, Carmen, me ayudó a salir adelante, aunque nunca dejó de reprocharme haberme casado con Marcos. «Te lo dije, hija, ese hombre no era de fiar», repetía una y otra vez, como si eso pudiera aliviar el dolor.

—¿Y ahora qué? —pregunté, con la voz rota—. ¿Qué esperas que hagamos? ¿Que te abramos la puerta y finjamos que no ha pasado nada?

Marcos negó con la cabeza. —No espero nada. Sólo quería veros. Saber que estáis bien. Si no queréis que me quede, me iré. Pero necesitaba pediros perdón, aunque sea tarde.

El silencio se apoderó de la casa. Lucía rompió a llorar y se refugió en mi abrazo. Pablo, en cambio, se acercó a su padre y le miró a los ojos. —No sé si podré perdonarte nunca. Pero tampoco quiero vivir con este odio para siempre.

Las palabras de mi hijo me desgarraron. Había criado a dos personas fuertes, pero también heridas. Y ahora, la herida volvía a abrirse. ¿Cómo se repara algo así? ¿Cómo se aprende a vivir con la traición?

Esa noche, después de que Marcos se marchara, me senté en la cocina con mi madre. Carmen, siempre tan dura, me miró con ternura por primera vez en años. —Hija, la vida es así de cruel. Pero tú has salido adelante. No dejes que vuelva a destrozarte.

No dormí en toda la noche. Pensé en los años perdidos, en las oportunidades que nunca volverían. Pensé en el miedo, en la rabia, en la esperanza absurda que sentía al verle de nuevo. ¿Y si de verdad había cambiado? ¿Y si merecía una segunda oportunidad?

Al día siguiente, Marcos volvió a llamar a la puerta. Esta vez, Pablo le dejó entrar. Se sentaron en el salón, frente a frente, como dos desconocidos. Yo observaba desde la cocina, con el corazón en un puño.

—Papá, quiero saber la verdad —dijo Pablo—. ¿Por qué te fuiste? ¿Qué pasó de verdad?

Marcos suspiró. —No fue por vosotros. Fue por mí. Me sentía ahogado, incapaz de enfrentarme a mis propios miedos. Perdí el trabajo, las deudas me asfixiaban, y no supe pedir ayuda. Me avergoncé tanto que pensé que lo mejor era desaparecer. Pero me equivoqué. Os fallé a todos.

Pablo asintió, sin decir nada. Lucía, desde la escalera, escuchaba en silencio. Yo sentí una punzada de compasión, mezclada con rabia. ¿Cuántas familias en España han pasado por algo así? ¿Cuántas mujeres han tenido que sacar adelante a sus hijos solas, mientras la sociedad las juzga?

—No sé si podré perdonarte —dije al fin—. Pero tampoco quiero vivir con este rencor. Por los niños. Por mí. Quizá podamos empezar de cero, aunque nunca olvidaremos lo que pasó.

Marcos asintió, con lágrimas en los ojos. —Gracias, Ana. No lo merezco, pero gracias.

Esa tarde, salimos juntos al parque, como hacía años que no hacíamos. La gente nos miraba, algunos con curiosidad, otros con lástima. Pero yo sentí que, por primera vez en mucho tiempo, podía respirar. No sé qué pasará mañana. No sé si podré perdonar del todo. Pero sí sé que la vida sigue, aunque el pasado pese como una losa.

A veces me pregunto: ¿es posible reconstruir lo que se ha roto tantas veces? ¿Merece la pena arriesgarse a volver a confiar? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?