El Último Episodio de ‘Lucas y sus Amigos’: Un Adiós que Duele

—¿De verdad crees que esto es lo mejor, mamá? —le pregunté a mi madre mientras recogíamos los últimos peluches del plató. El olor a gomaespuma y pintura me llenaba los pulmones, y sentía que cada objeto que guardábamos era un trozo de mi infancia que se desvanecía.

Mi nombre es Marta, y durante los últimos quince años he sido la voz de Lucía, la ratoncita curiosa de ‘Lucas y sus Amigos’. Cuando entré en aquel estudio de Madrid, con diecisiete años y una mochila llena de sueños, jamás imaginé que aquel trabajo de verano se convertiría en el eje de mi vida. Pero ahora, con treinta y dos, el programa se despide y yo me siento como una niña perdida en la estación de Atocha, esperando un tren que ya no va a llegar.

—No es lo que quiero, hija, pero la cadena ha decidido que ya es suficiente —me respondió mi madre, que durante años fue la guionista principal del programa. Sus ojos, siempre tan vivos, hoy estaban apagados, como si la noticia le hubiera robado la chispa que la hacía única.

El teléfono no paraba de sonar. Mensajes de antiguos compañeros, de padres agradecidos, de niños que ahora son adultos y que crecieron con nosotros. “Gracias por enseñarme a no tener miedo”, “Lucas me ayudó a superar el divorcio de mis padres”, “Nunca olvidaré la canción del valor”… Cada mensaje era una puñalada dulce, un recordatorio de que habíamos hecho algo grande, pero también de que todo eso se acababa.

Recuerdo la primera vez que conocí a Lucas, el muñeco principal. Era un zorro naranja, con una bufanda azul y una sonrisa traviesa. La actriz que le daba vida, Carmen, era como una hermana mayor para mí. Siempre decía: “Marta, aquí no solo enseñamos a los niños, también nos enseñamos a nosotros mismos”. Y tenía razón. Cuando mi padre se fue de casa, fue Carmen quien me abrazó en el camerino y me dijo que la familia no siempre es la que te toca, sino la que eliges.

Pero no todo era tan idílico. El año pasado, cuando la audiencia empezó a bajar, la cadena nos presionó para que cambiáramos el formato. Querían más espectáculo, menos historias reales. “Los niños ya no quieren reflexionar, quieren reírse”, decían los ejecutivos. Pero nosotros sabíamos que los niños necesitan ambas cosas. Hubo discusiones, gritos en las reuniones, amenazas de despidos. Mi madre y yo nos enfrentamos por primera vez en la vida. Ella quería luchar, yo solo quería que todo volviera a ser como antes.

—¿Y si simplemente aceptamos que esto se acaba? —le dije una noche, después de una grabación especialmente dura. Ella me miró con una mezcla de tristeza y decepción.

—¿Y si rendirse no es una opción? —me respondió.

Esa frase me persiguió durante meses. ¿Estaba siendo cobarde por querer dejarlo ir? ¿O simplemente estaba cansada de pelear contra un sistema que no entiende la importancia de la infancia?

El último episodio fue un caos de emociones. Los niños del público lloraban, los padres aplaudían de pie, y nosotros, los actores, intentábamos mantener la compostura mientras cantábamos la última canción. Carmen, disfrazada de Lucas, me apretó la mano bajo la mesa de marionetas.

—Gracias por ser mi familia, Marta —susurró.

No pude evitar romper a llorar. Pensé en todos los cumpleaños celebrados en el plató, en las meriendas compartidas, en los ensayos interminables. Pensé en mi madre, que sacrificó su carrera como escritora para crear algo que ayudara a los niños a entender el mundo. Pensé en mi padre, que nunca volvió, pero que una vez me escribió una carta diciendo que veía el programa para sentirme cerca.

Al salir del plató, me encontré con Raúl, el técnico de sonido. Siempre había sido el alma de las fiestas, el que ponía música a los descansos y nos hacía reír con sus imitaciones. Pero hoy estaba serio, con los ojos rojos.

—¿Y ahora qué, Marta? —me preguntó.

No supe qué responderle. ¿Qué haces cuando tu vida entera gira en torno a algo que ya no existe? ¿Cómo se reinventa una persona que ha dedicado todo su amor a un solo proyecto?

Esa noche, en casa, mi madre y yo cenamos en silencio. El telediario hablaba del final de ‘Lucas y sus Amigos’ como si fuera una anécdota más, pero para nosotras era el fin de una era. De repente, mi madre rompió el silencio.

—¿Te arrepientes de haberlo dado todo por esto? —me preguntó, con la voz temblorosa.

—Nunca —le respondí, y sentí que, por primera vez en mucho tiempo, era verdad.

Al día siguiente, recibí un mensaje de Ana, una antigua fan del programa. Me contaba que, gracias a Lucas, había aprendido a hablar de sus emociones con sus padres, que ahora era psicóloga infantil y que soñaba con crear algo parecido para las nuevas generaciones. Lloré de alegría y de tristeza. Porque entendí que, aunque el programa terminara, su huella seguiría viva en cada niño que alguna vez se sintió menos solo gracias a nosotros.

Hoy, mientras guardo la bufanda azul de Lucas en una caja de cartón, me pregunto: ¿Quiénes seremos ahora, sin ‘Lucas y sus Amigos’? ¿Cómo se aprende a decir adiós a lo que te ha dado sentido durante media vida? ¿Y si, en el fondo, nunca dejamos de ser esos niños que buscan un amigo en la tele para no sentirse tan solos?