Se me escapan mis hijas de las manos: lo que pasó después del divorcio

—Nenad, firma y ya está —me dijo Laura en el portal, con la carpeta esa azul apretada contra el pecho—. No podemos estar así cada semana.

Yo venía de currar en la nave, con la ropa oliendo a metal y sudor, y encima había tardado en llegar porque el Cercanías iba como iba. Miré el papel y vi “modificación de medidas”. Ya solo el título me subió el calor a la cara.

—¿“Modificación” de qué? Si ya me estáis dejando seco —solté—. Es que no os vale con la pensión, ¿no?

—No empieces —Laura bajó la voz, pero ya tenía ese tono de “te lo he dicho mil veces”—. No es para fastidiarte. Es porque estás faltando a recogidas y las niñas luego…

—¿Faltando? —me reí, pero de nervios—. Si me las cambias tú cuando te da la gana. “Este finde no, que tienen cumpleaños”, “este puente no, que nos vamos al pueblo”… y yo trago.

En ese momento salió Marisa, mi exsuegra, por la puerta del piso. Ni hola.

—Nenad, no grites en el portal, que se oye todo —dijo como si yo fuera un crío—. Y firma. Es lo mejor para las niñas.

Ahí ya me dio el ataque.

—¿Lo mejor para las niñas o lo mejor para vosotras? —le solté.

Laura me miró con cara de “no la líes”. Y yo, que soy de los que luego en frío piensan “me callo y ya”, pues no, ese día no.

—Mira —Laura me enseñó el papel con el dedo—: se pide custodia exclusiva y régimen de visitas cerrado, porque tú…

—¿Custodia exclusiva? ¿Pero tú estás loca? —me salió—. Si llevo cinco años haciendo malabares.

Ella tragó saliva.

—No es por loca. Es porque no te enteras de cosas. El otro día Nerea tuvo fiebre, te llamé cuatro veces y nada. Y luego vienes y me dices “es que estaba en el taller”.

—Porque estaba trabajando, Laura. ¿Qué hago? ¿Dejo el toro y me voy? —yo ya hablaba alto, lo sé.

Marisa se metió:

—Si quisieras de verdad, buscarías otro trabajo.

Eso me dolió. Porque claro que quiero. Pero también quiero pagar el alquiler de mi habitación en Vallecas y no comer pasta todo el mes.

—¿Y vosotras? —dije—. Vosotras vivís en el piso que era de mi padre. Tan tranquilas.

Laura se quedó tiesa.

—No empieces con eso.

El piso de Carabanchel. El que heredé cuando murió mi padre. Y que, por “no hacer daño” en el divorcio, yo dejé que se quedaran allí “unos meses” hasta que ella se estabilizara. Unos meses que se convirtieron en años. Yo pagando IBI a medias al principio, luego ya ni eso, y ella diciendo que era “por las niñas, que no cambien de barrio, que el cole está aquí”.

—Es que no es justo —dije más bajo, ya con el pecho apretado—. Yo me he ido a una habitación, Laura. Una habitación. Y tú en el piso entero.

—Porque tú te fuiste —me contestó—. Te fuiste tú. No me eches eso.

Y ahí es donde la gente se divide siempre. Porque sí, yo me fui. Me fui una noche después de una bronca horrible, cuando vi a las niñas asomadas al pasillo llorando. Cogí una bolsa y me piré. Pensé “mañana lo hablamos”. Y al final el “mañana” fue el abogado, el convenio, la firma.

—Papá… —sonó una voz pequeña detrás.

Era Nerea, la mayor, con el pelo recogido como siempre, con esa cara de mayor que me mata. Y detrás venía Paula, agarrada a su manga.

—¿Qué pasa? —preguntó Nerea, mirando el papel.

Laura se puso delante.

—Nada, cariño, cosas de mayores. Subid.

—No —dije yo, sin pensar—. Sí pasa. Pasa que mamá quiere que yo os vea menos.

Laura me clavó los ojos. Me salió fatal. Lo sé.

—¿Ves? —me dijo entre dientes—. Por eso.

Las niñas se quedaron blancas. Nerea apretó los labios.

—¿Es verdad, mamá?

—No es así —Laura les habló con una voz súper dulce que conmigo nunca usa—. Es para que haya orden, para que no estéis esperando en la ventana cuando vuestro padre no llega.

Y claro… ahí me dio un bajón porque esa frase era verdad. Hubo días que no llegué. Días que mi encargado me cambió el turno, o que me quedé sin saldo, o que me dio vergüenza decirles que no podía llevarlas al cine. Hubo un sábado que me quedé dormido porque había hecho noche y… no fui. Y luego me pasé una semana con un nudo en el estómago.

—Yo no soy un desastre —dije, pero sonó a excusa.

Marisa soltó:

—Eres un egoísta. Siempre pensando en ti.

Yo iba a contestar, pero Nerea me cortó.

—Papá, ¿por qué ya no vienes al festival del cole? —me dijo—. Antes venías.

Me quedé ahí, tonto, porque no sabía ni que había festival. Y eso me dio un golpe raro, como de vergüenza.

—No me lo habéis dicho.

Laura resopló.

—Te mandé el mensaje. Al grupo.

—¿Qué grupo?

Se hizo silencio. De esos que se notan.

Laura miró a las niñas y luego a mí.

—Te saliste, Nenad.

Y sí. Me salí del grupo de WhatsApp del AMPA porque un día me dio un ataque al ver fotos del “día del padre” en el cole, con los padres de otros niños y mis hijas con un corazón de cartulina que yo ni vi. Me dio rabia, me dio pena, me dio todo junto. Me salí y ya.

—Vale, me salí —dije—. Pero me lo puedes mandar a mí.

—Te lo mandé —insistió—. Y no contestaste.

No contesté porque ese día estaba en el juzgado por una reclamación de la pensión. Me habían embargado 200 euros por un retraso de dos meses cuando me quedé en paro. Yo se lo intenté explicar a Laura, pero ella solo decía “las niñas comen igual”. Y tiene razón, claro. Pero yo también.

Yo ya me veía perdiéndolas. Lo juro.

—No voy a firmar eso —dije—. No.

Laura se puso roja.

—Entonces vamos a juicio. Y allí contaré lo de las recogidas y lo de cuando condujiste con ellas sin silla la vez aquella.

—¡Eso fue porque la mía se la quedó tu madre! —salté.

Marisa me miró como si yo fuera un delincuente.

—Mentira.

Y ahí vino el giro que me dejó helado. No por lo de la silla, por otra cosa. Laura abrió la carpeta y sacó una hoja del banco.

—Y también voy a contar esto —dijo.

Era un justificante de una transferencia. Desde una cuenta a nombre de mi padre. A Laura. Dos mil euros. Fecha: tres meses antes de que mi padre muriera.

—¿Esto qué es? —pregunté, y me tembló la voz.

Laura se quedó seria.

—Tu padre me ayudó con la entrada de la reforma de la cocina. Cuando tú estabas “estresado” y no querías saber nada. Me dijo que no te lo dijera, que te ibas a poner como un loco.

Yo me quedé sin aire. Porque mi padre, antes de morir, me juró que no le había dado un duro a nadie, que todo lo que tenía era “para las niñas”. Y yo me había agarrado a eso como si fuera una promesa.

—¿Me estás diciendo que mi padre…?

—Tu padre quería paz —dijo Laura, más flojo—. No quería que las niñas pasaran por mudanzas y broncas.

Marisa añadió:

—Tu padre veía cosas que tú no veías.

Y yo pensé: “¿Entonces todo este tiempo, el piso, el convenio, la forma en que se repartió… estaba ya movido por detrás?”. Me entró una paranoia, sí. Pero a la vez recordé a mi padre hablando con Laura en la cocina, bajando la voz cuando yo entraba. Yo lo veía y pasaba.

Nerea me miró con una mezcla rara, como de “papá, espabila”.

—Papá, yo quiero verte —dijo—. Pero no quiero que os peleéis.

Y Paula, que casi no hablaba, soltó:

—Yo quiero dormir en tu casa, pero tu casa es pequeña.

Eso me mató. Porque era verdad. En mi “casa” hay una cama y un armario y ya. No puedo traerlas a dormir, no como ellas se imaginan. Y yo siempre decía “ya veremos”, “cuando me salga algo mejor”. Y pasa el tiempo.

Laura, por primera vez en toda la discusión, se me quedó mirando como cansada.

—Nenad, yo no quiero quitarte a las niñas —dijo—. Quiero que haya algo que se cumpla. Y sí, tengo miedo. Miedo a que un día desaparezcas y ellas se queden esperando.

Yo tragué.

—Yo también tengo miedo —dije—. Miedo a que me las quitéis con papeles.

Nos quedamos ahí, en el portal, con los vecinos mirando de reojo, las niñas en medio, y un papel que parecía decidirlo todo. Al final no firmé. Laura subió con ellas. Yo me fui andando hasta la boca del metro, sin saber si acababa de hacer lo correcto o si acababa de pegarme un tiro en el pie.

Ahora tengo el juicio en dos meses, estoy buscando un alquiler de dos habitaciones aunque sea en Usera o donde sea, y me he vuelto a meter en el grupo del cole tragándome el orgullo. Pero lo de la transferencia de mi padre me tiene la cabeza loca, porque no sé si Laura me ha engañado… o si mi padre me vio venir y me quiso “controlar” para proteger a las niñas.

Yo no soy un santo, pero ellas tampoco están limpias del todo. Y al final las que están en medio son Nerea y Paula.

No sé. Igual tendría que firmar y asegurarme de verlas aunque sea menos, en vez de jugármela a un juez. O igual si firmo ya no levanto cabeza.

¿Qué haríais vosotros en mi lugar: firmaríais un régimen más cerrado para evitar el juicio, o iríais a juicio aunque haya riesgo de ver a vuestras hijas menos?