Di a luz rodeada de gente… y aun así me sentí completamente sola

No sé si a alguien más le ha pasado, pero yo llegué al parto con más miedo que ilusión, y me daba una vergüenza tremenda admitirlo. Todo el mundo hablaba del momento más bonito de mi vida, de la magia, de la emoción, y yo lo único que tenía era un nudo en el pecho desde hacía semanas. Dormía mal. Lloraba en la ducha para que nadie me oyera. Y cada vez que intentaba decir que no estaba bien, me respondían lo mismo.

«Eso nos ha pasado a todas, no exageres.»

Mi madre lo decía así, mientras doblaba bodis diminutos en el salón de mi casa, como si estuviera hablando del tiempo.

Mi suegra era peor.

«A ver si ahora vas a ponerte nerviosa por parir. Las mujeres hemos parido toda la vida. Sé fuerte y no te quejes tanto.»

Sé fuerte. No te quejes. Qué fácil lo decían las demás cuando el cuerpo que temblaba era el mío.

Mi marido, Álvaro, no estaba en su mejor momento tampoco, eso lo sé. Le habían reducido la jornada en la empresa y llevaba meses con la cabeza en otra parte. Pero una cosa es estar preocupado y otra hacerme sentir que yo era una carga. Cada vez que le decía que tenía miedo al hospital, a las restricciones, a estar sola, me contestaba con frases vacías.

«Va a salir bien, Lucía. No pienses tanto.»

No pienses tanto. Como si la ansiedad funcionara apagando un interruptor.

El día que rompí aguas estábamos cenando. Yo ni siquiera tenía hambre. Era septiembre, todavía hacía calor, y recuerdo el ventilador moviendo el mantel de plástico de la cocina. Me quedé quieta. Noté el líquido. Miré a Álvaro. Él tardó dos segundos en reaccionar, pero a mí me parecieron diez minutos.

«Creo que… creo que ya está.»

Él se levantó de golpe, tiró casi la silla.

«Vale, vale, coge la bolsa. Bueno, la cojo yo. ¿Tienes el informe?»

Yo me eché a llorar. Así, de repente. Un llanto feo, torpe, casi de niña.

«No quiero ir sola», le dije.

Y esa frase todavía me duele, porque en realidad no iba sola. Él estaba allí. Pero ya me sentía sola antes de entrar.

En el hospital todo fue más frío de lo que imaginaba. Mascarillas, puertas que se abrían y se cerraban, normas, esperas, luces demasiado blancas. Álvaro pudo entrar al principio, pero había momentos en los que tenía que salir, y cada vez que se iba yo notaba que me faltaba el aire. No sé explicarlo mejor.

Una matrona muy joven, Sara, me dijo en voz baja:

«Lucía, intenta respirar conmigo. Mírame. Eso es. No tienes que demostrar nada a nadie.»

Y solo con esa frase me entraron más ganas de llorar.

Mi madre me llamó dos veces. La primera para preguntar si ya había nacido el niño. La segunda para decirme:

«No te pongas histérica, que eso bloquea el parto.»

Ni un «¿cómo estás?». Ni uno.

La suegra mandó un audio a Álvaro, que él puso sin querer delante de mí.

«Dile a Lucía que no monte un drama, que ahora toca empujar y ya está.»

Me giré hacia la pared. No dije nada. Sentí una mezcla rara de rabia y humillación. Como si encima tuviera que disculparme por tener miedo.

Las horas se me hicieron larguísimas. Contracción, descanso corto, otra vez dolor. Y entre medias la cabeza. Eso era casi peor. Pensaba: no puedo, me voy a romper, algo va a salir mal, por qué nadie me abraza, por qué todo el mundo espera que esté serena.

En un cambio de habitación coincidí con otra mujer, Inés. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y una cara agotada, pero cuando me vio llorando me habló como si me conociera de toda la vida.

«Oye, mírame. Estás asustada, ¿no?»

Yo asentí.

«Pues normal. Yo también lo estaba. Y sigo estándolo un poco. No dejes que te hagan sentir ridícula por eso.»

Fue la primera persona en todo el embarazo que me dijo que era normal.

Normal.

Nos separaba una cortina y, aun así, aquella desconocida me sostuvo más que mi propia familia. Me contó que era su segundo parto, que en el primero también se sintió sola, que luego todo el mundo va a ver al bebé y casi nadie mira a la madre. Yo la escuchaba entre contracciones, agarrada a la sábana, y pensaba que qué injusto era necesitar tanto una frase sencilla y no recibirla de los tuyos.

Cuando por fin me llevaron al paritorio, Álvaro estaba pálido. Me cogió la mano, pero flojo, como si no supiera muy bien cuánto podía acercarse a mí.

«Lo estás haciendo muy bien», dijo.

Y yo, que llevaba horas tragándomelo todo, exploté.

«No me digas eso ahora. Necesitaba que estuvieras antes. Antes.»

Se quedó callado. Bajó la mirada. No discutió. Creo que en ese momento entendió algo, o quizá no, no lo sé.

El parto fue duro. Mucho. Hubo un momento en que pensé que me desmayaba. Otro en que grité que no podía más. Y nadie me regañó por decirlo. Eso también me impresionó. Las únicas que no me exigieron compostura fueron las sanitarias.

Cuando oí llorar a mi hijo, sentí alivio. Un alivio animal, inmenso. No fue la escena perfecta que me habían vendido. No me puse a sonreír enseguida. No olvidé de golpe el miedo. Solo lo miré y pensé: estás aquí, estás bien, gracias.

Álvaro lloró. Yo no. Yo estaba vacía y llena a la vez, una cosa muy rara.

Después, ya en planta, llegaron los mensajes. «Enhorabuena, campeona». «Ahora a disfrutar». «Lo importante es que el niño está sano». Y sí, claro que era lo importante. Pero parecía que, una vez cumplida esa condición, yo ya no tenía derecho a decir que me sentía rota por dentro.

Inés pasó por mi puerta al día siguiente, empujando su cuna.

«¿Cómo vas?»

Y yo le respondí la verdad.

«Fatal… y feliz. Las dos cosas.»

Se rio con ternura.

«Pues eso también es ser madre.»

Mi hijo nació sano, y doy gracias por eso todos los días. Pero yo también nací de alguna manera aquella noche, no más fuerte, no más ejemplar, no más perfecta. Más sincera. Más consciente de lo cruel que puede ser la presión de estar bien todo el tiempo.

A veces me pregunto por qué se nos permite gritar de dolor en el parto, pero no decir en voz alta que después estamos desbordadas.

¿Tan difícil es entender que una madre también puede ser valiente mientras se siente vulnerable?