Mi hija ya no es la misma: El precio de perder a una familia
—¿De verdad no vas a venir, Lucía? —mi voz temblaba, apretando el móvil con fuerza mientras miraba el reloj de la cocina—. Es el aniversario de tu padre, hija. Sabes lo importante que es para él.
Silencio. Al otro lado, solo el rumor lejano de una televisión encendida y el suspiro de mi hija. Finalmente, su voz, tan distinta, tan lejana:
—Mamá, no puedo. Sergio tiene turno de noche y… bueno, ya sabes cómo es. No quiero dejarle solo.
No, no sé cómo es. No sé cómo es ese hombre que ha conseguido que mi hija, la niña que lloraba si su padre se hacía daño en el taller, ahora ni siquiera venga a celebrar con nosotros el día en que casi le perdimos por un infarto. No sé cómo es ese Sergio que ha convertido a Lucía en una sombra de sí misma.
Colgué sin despedirme. Me senté en la mesa del comedor, donde las fotos familiares me miraban desde los marcos: Lucía con trenzas, Lucía en su graduación, Lucía abrazando a su padre en la playa de Benidorm. ¿Dónde estaba esa niña?
Mi marido, Antonio, entró en la cocina y me miró con resignación:
—¿Otra vez lo mismo? Déjala, Carmen. Tiene su vida…
—¿Su vida? —le interrumpí—. ¿O la vida que él le ha impuesto?
Antonio suspiró y se sirvió un café. Yo sabía que le dolía tanto como a mí, pero él era de los que tragaban saliva y seguían adelante. Yo no podía. No después de ver cómo Lucía se apagaba poco a poco desde que Sergio apareció.
Recuerdo el primer día que lo trajo a casa. Un chico correcto, educado, pero con una mirada fría, calculadora. No era como los amigos de Lucía: no reía, no hacía bromas, apenas hablaba si no era para corregirla o señalarle algo. A mí me pareció raro, pero Antonio dijo que era tímido.
Pronto empezaron los cambios. Lucía dejó de venir los domingos a comer paella con nosotros. Luego dejó de llamarme cada noche para contarme su día. Cuando le preguntaba por sus amigas —Marina, Teresa— me decía que ya no tenía tiempo para ellas. «Sergio dice que son una mala influencia», me confesó una tarde, bajando la voz como si temiera que él pudiera oírla desde el otro lado del teléfono.
Intenté hablar con ella muchas veces. Una tarde fui a su piso en Vallecas sin avisar. Me abrió la puerta con cara de sorpresa y detrás, Sergio, cruzado de brazos.
—¿Qué haces aquí, mamá? —me preguntó Lucía, nerviosa.
—Quería verte —dije—. Hace semanas que no vienes por casa.
Sergio intervino enseguida:
—Lucía está muy ocupada últimamente. Además, preferimos pasar tiempo juntos.
Preferimos. Como si mi hija ya no tuviera voluntad propia.
Me marché ese día con un nudo en el estómago y la sensación de haber cruzado una frontera invisible. Desde entonces, cada intento de acercamiento era más difícil. Si llamaba demasiado, Lucía se enfadaba; si no llamaba, pasaban semanas sin noticias suyas.
El colmo fue el aniversario de Antonio. Preparé su plato favorito —bacalao al pil-pil— y puse la mesa para cuatro por costumbre: Antonio, yo, Lucía y Sergio. Pero solo fuimos dos. Antonio intentó bromear:
—Más comida para nosotros.
Pero yo vi cómo miraba el asiento vacío de Lucía y cómo apretaba los labios para no llorar.
Esa noche, después de fregar los platos sola, me senté en el sofá y escribí un mensaje largo a Lucía. Le conté lo mucho que la echábamos de menos, lo importante que era para nosotros… No respondió.
Al día siguiente llamé a Marina, su mejor amiga desde el instituto.
—Carmen —me dijo—, Lucía ya no sale con nadie. Sergio no le deja ni tener WhatsApp propio. Siempre contesta desde el móvil de él…
Sentí una mezcla de rabia e impotencia. ¿Cómo podía permitir mi hija algo así? ¿Cómo podía dejarse controlar hasta ese punto?
Pasaron los meses y las cosas solo empeoraron. En Navidad le propuse venir a casa aunque fuera solo ella.
—No puedo dejar a Sergio solo —me repitió—. Además, dice que estas fiestas son una tontería consumista.
Antonio empezó a resignarse del todo:
—Quizá es feliz así —decía—. No podemos hacer nada.
Pero yo no podía aceptar esa idea. Una madre nunca deja de luchar por sus hijos.
Un día decidí ir al trabajo de Lucía para verla aunque fuera cinco minutos. Esperé fuera del supermercado donde era encargada de caja hasta que salió al descanso.
—Mamá —me dijo sorprendida—, ¿qué haces aquí?
La abracé fuerte y sentí cómo temblaba entre mis brazos.
—Te echo tanto de menos…
Ella apartó la mirada:
—No deberías venir sin avisar… Si Sergio se entera…
Me quedé helada.
—¿Te da miedo? —le pregunté en voz baja.
Lucía negó con la cabeza pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No lo entiendes… Es complicado…
Quise decirle tantas cosas: que nadie tiene derecho a aislarla así, que siempre tendría nuestra casa abierta… Pero ella se marchó deprisa, mirando el móvil como si esperara un mensaje urgente.
Esa noche no pude dormir pensando en todo lo que habíamos perdido: las risas en la cocina haciendo torrijas en Semana Santa; las tardes viendo películas antiguas; las confidencias antes de dormir cuando era pequeña… Todo eso parecía tan lejano ahora.
Hoy he decidido escribir esto porque ya no puedo más con este dolor sordo en el pecho. Siento rabia hacia Sergio por lo que le ha hecho a mi hija; siento culpa por no haber sabido protegerla; siento miedo de perderla para siempre.
A veces me pregunto: ¿qué haríais vosotros en mi lugar? ¿Hasta dónde debe llegar una madre para recuperar a su hija? ¿Es posible volver atrás cuando alguien ha cambiado tanto?