El peso de los regalos: Cuando el amor de un padre no basta

—Papá, ¿por qué nunca puedes ayudarnos como los padres de Sergio? —La voz de Lucía temblaba, pero no era tristeza lo que sentí en sus palabras, sino algo peor: vergüenza.

Me quedé helado. Estábamos en la cocina, rodeados de las tazas de café y el olor a pan tostado. Era sábado por la mañana y yo había ido a ver a mi nieta, como cada semana. Pero esa pregunta me golpeó como una bofetada inesperada.

—¿Vergüenza de mí? —pregunté, intentando que mi voz no se quebrara.

Lucía bajó la mirada. —No es eso, papá… Es solo que… Los padres de Sergio siempre nos ayudan. Nos regalaron el coche, pagan las vacaciones, hasta han puesto dinero para la reforma del piso. Y tú…

No terminó la frase. No hacía falta. Yo sabía perfectamente lo que quería decir. Yo, Antonio, electricista jubilado, con una pensión que apenas me da para vivir y pagar el alquiler de mi piso en Vallecas. Yo, que nunca he tenido más que mis manos y mi palabra.

—¿Y tú crees que no me gustaría poder hacer lo mismo? —le dije, sintiendo cómo la rabia y la impotencia se mezclaban en mi pecho.

Lucía suspiró. —Es que a veces siento que… no puedes competir con ellos. Y la familia de Sergio siempre lo comenta. Que si tú nunca traes nada para la niña, que si no participas en los gastos…

Me mordí los labios para no decirle lo que pensaba de esa familia tan «generosa». Sabía que tenían una empresa de construcción en Pozuelo y que para ellos regalar un coche era como para mí comprarle un helado a mi nieta en el parque.

—Lucía, hija, yo te he dado todo lo que he podido —dije al fin, con la voz ronca—. ¿Te acuerdas cuando eras pequeña y te llevaba al Retiro los domingos porque no podía pagarte unas vacaciones? ¿O cuando vendí mi Vespa para comprarte el ordenador para la universidad?

Ella asintió, pero sus ojos seguían llenos de esa mezcla de culpa y frustración.

—No es lo mismo, papá. Ahora todo es más caro. Y Sergio… él también se siente mal cuando ve que sus padres nos ayudan tanto y tú…

Me levanté bruscamente. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿En qué momento el amor de un padre dejó de ser suficiente? ¿Cuándo empezó a medirse en euros y regalos?

Salí al balcón a fumar un cigarro, aunque hacía años que había dejado el tabaco. El aire frío de Madrid me despejó un poco las ideas. Recordé a mi propio padre, obrero en una fábrica de Leganés, que nunca tuvo nada más que su dignidad y su esfuerzo. Y pensé en cómo yo había intentado darle a Lucía una vida mejor, aunque nunca pude sacarla del barrio ni darle lujos.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en Lucía, en mi nieta, en esa familia perfecta con su chalet y sus coches nuevos. Pensé en vender mi reloj antiguo, el único recuerdo de mi abuelo, para poder comprarle algo caro a la niña. Pero enseguida me sentí ridículo. ¿De verdad tenía que competir así?

Al día siguiente llamé a mi hermana Carmen.

—¿Tú crees que soy mal padre por no poder ayudar a Lucía como los suegros? —le pregunté.

Carmen suspiró al otro lado del teléfono.

—Antonio, tú has hecho más por esa niña que nadie. Pero hoy en día todo es apariencia. La gente se cree mejor por tener más cosas. No te dejes pisotear por eso.

Pero las palabras de Carmen no me consolaron del todo. Empecé a notar cómo Lucía se distanciaba poco a poco. Ya no me llamaba tanto, ni me pedía consejo como antes. Cuando iba a su casa, notaba las miradas de reojo de los padres de Sergio, sus comentarios sutiles sobre «lo bien que le va a la familia» o «lo importante que es ayudar a los hijos».

Un domingo, durante una comida familiar, la tensión estalló.

—Antonio, ¿has pensado en invertir tus ahorros para ayudarles con la hipoteca? —preguntó la madre de Sergio con una sonrisa falsa.

Sentí todas las miradas sobre mí. Lucía se removió incómoda en su silla.

—Mis ahorros son para vivir —respondí seco—. No tengo una empresa ni propiedades. Solo tengo mi pensión.

Hubo un silencio incómodo. Sergio intentó cambiar de tema hablando del fútbol, pero yo ya estaba roto por dentro.

Esa noche Lucía me llamó llorando.

—Perdona, papá —me dijo entre sollozos—. No quería ponerte en esa situación. Es solo que… estoy cansada de sentirme menos.

—¿Menos por qué? —le pregunté—. ¿Por no tener dinero? ¿O por no valorar lo que tienes?

Ella no supo qué responderme.

Pasaron semanas sin vernos. Yo seguía pensando si debía hacer algo más por ella o si debía aceptar mi realidad y esperar que algún día comprendiera lo que realmente importa.

Un día recibí una carta de mi nieta, escrita con su letra torpe:

«Abuelo Antonio, gracias por llevarme al parque y contarme historias. Me gusta cuando me haces reír y cuando jugamos juntos. Te quiero mucho.»

Lloré como un niño al leerla. Y entendí que quizá nunca podría competir con los regalos caros ni las vacaciones en el extranjero, pero sí podía darles algo que nadie más podía: mi tiempo, mi cariño y mis recuerdos.

Hoy sigo luchando con ese sentimiento de insuficiencia cada vez que veo a Lucía mirar con admiración a sus suegros o cuando escucho comentarios sobre lo mucho que ayudan económicamente. Pero también sé que el amor verdadero no se mide en regalos ni en cuentas bancarias.

A veces me pregunto: ¿Cuándo dejamos de valorar lo esencial? ¿Cuándo empezamos a confundir amor con dinero? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esta impotencia?