El día que mi madre cayó y todo cambió
—¡Mamá! ¿Dónde estás?— grité nada más abrir la puerta, con el corazón golpeando tan fuerte que apenas podía oír mis propios pensamientos. El mensaje en mi móvil seguía ahí, como una alarma constante: “Me he caído. Ven, por favor.”
Corrí por el pasillo de su piso en Vallecas, esquivando las fotos familiares que colgaban torcidas en la pared. El olor a café frío y colonia Nenuco me golpeó de lleno, tan familiar y tan inquietante ahora. La encontré en el suelo del salón, junto a la mesa camilla, con la cara pálida y una mueca de dolor.
—No te muevas, mamá. ¿Te duele mucho?—
—No sé, hija… Me he resbalado con la alfombra. No puedo levantarme sola—. Su voz temblaba, pero intentaba mantener la dignidad, como siempre.
Me arrodillé a su lado, luchando contra las lágrimas. Mi madre, Carmen, siempre había sido una fuerza de la naturaleza: la que sacaba adelante la casa cuando papá se fue, la que nunca se quejaba aunque tuviera que limpiar escaleras para pagarme la universidad. Y ahora estaba ahí, indefensa, mirándome con ojos asustados.
—Voy a llamar a una ambulancia—dije, aunque ella negó con la cabeza.
—No hace falta. Solo ayúdame a sentarme…—
Pero yo ya tenía el móvil en la mano. Marqué el 112 con los dedos temblorosos. Mientras esperaba a que contestaran, mi mente se llenó de reproches: ¿Por qué no venía más a menudo? ¿Por qué siempre ponía excusas para no quedarme a dormir los domingos?
La operadora fue rápida y eficiente. Me preguntó si mi madre estaba consciente, si sangraba, si podía mover las piernas. Yo respondía como un autómata, sin dejar de mirar a Carmen, que intentaba sonreírme para tranquilizarme.
—No llores, Lucía. No es para tanto…—
Pero sí lo era. Porque en ese momento entendí que algo había cambiado para siempre.
Mientras esperábamos a los sanitarios, intenté distraerla hablando de cosas triviales: el tiempo, el vecino del quinto que siempre deja la basura fuera de hora, el último capítulo de su telenovela favorita. Pero ella me interrumpió de repente:
—¿Te acuerdas de cuando te caíste en el parque y te rompiste el diente?—
Asentí, sorprendida por el recuerdo.
—Lloraste mucho. Pero yo estaba allí para recogerte. Ahora eres tú quien me recoge a mí…
No supe qué decir. Me sentí pequeña otra vez, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo.
La ambulancia llegó con su estruendo habitual. Los vecinos asomaron por las puertas, murmurando entre ellos. Los sanitarios fueron amables pero firmes: había que llevarla al hospital para hacerle radiografías.
Mientras bajábamos en el ascensor, mi madre me apretó la mano.
—No quiero ser una carga para ti, Lucía…
—No digas tonterías, mamá. No lo eres—mentí.
En el hospital todo fue lento y frío: formularios, esperas eternas bajo luces blancas, médicos con cara de cansancio. Mi hermano Diego llegó al cabo de una hora, con su chaqueta de cuero y su aire de no haber roto nunca un plato.
—¿Qué ha pasado?—preguntó sin mirarme.
—Se ha caído. Estaba sola—respondí, con un filo de reproche en la voz.
Él suspiró y se encogió de hombros.
—No podemos estar aquí todo el día… Yo tengo trabajo.
Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. Siempre era igual: yo era la responsable, la hija buena; él podía desaparecer semanas y nadie le decía nada.
Cuando por fin nos dejaron entrar a verla, Carmen tenía una escayola en el brazo y una expresión resignada.
—Me han dicho que tengo que guardar reposo… No sé cómo voy a arreglármelas sola.
Diego miró el móvil y murmuró algo sobre turnarse para cuidarla. Pero yo sabía que recaería sobre mí.
Esa noche volví a casa con un nudo en el estómago. Me senté en la cama y lloré como hacía años que no lloraba. No solo por mi madre, sino por mí misma: por el miedo a perderla, por la culpa de no haber estado más presente, por la rabia hacia mi hermano y por esa sensación insoportable de estar sola ante todo esto.
Los días siguientes fueron un torbellino de visitas al hospital, papeleos para pedir ayuda domiciliaria al ayuntamiento y discusiones con Diego por WhatsApp:
—No puedo ir hoy. Tengo reunión.
—Siempre tienes excusas. ¿Y si fuera tu hija?
Silencio.
Mi madre intentaba restarle importancia a todo:
—No quiero molestaros… Si hace falta me apaño con la señora Rosario del primero.
Pero yo veía el miedo en sus ojos cada vez que tenía que levantarse del sofá o ir al baño sola.
Una tarde, mientras le preparaba una infusión, exploté:
—¿Por qué nunca pides ayuda? ¿Por qué siempre tienes que ser tan fuerte?
Ella me miró largo rato antes de responder:
—Porque si no lo soy yo, ¿quién lo va a ser?
Me senté a su lado y le cogí la mano. Por primera vez en mucho tiempo hablamos de verdad: del miedo a hacerse mayor, de la soledad después de que papá se fuera con otra mujer, del rencor hacia Diego por su ausencia constante.
Esa noche dormí en su casa. Escuché su respiración tranquila desde el sofá del salón y pensé en todas las veces que ella veló mis sueños cuando era niña.
Ahora han pasado semanas desde aquella caída. Mi madre camina despacio pero segura; yo he aprendido a pedir ayuda cuando lo necesito y Diego… bueno, Diego sigue siendo Diego, pero al menos llama más a menudo.
A veces me pregunto si todos los hijos estamos preparados para ver caer a nuestros padres; si alguna vez dejamos de ser niños asustados cuando ellos nos necesitan de verdad.
¿Y vosotros? ¿Os habéis sentido alguna vez así? ¿Preparados para cuidar o demasiado asustados para admitirlo?