La mesa vacía: una noche cualquiera en Vallecas

—Mamá, ¿qué hay de cenar hoy? —preguntó Lucía, mi hija mayor, con esa mezcla de esperanza y resignación que sólo los niños que han aprendido demasiado pronto a no pedir pueden tener.

Me quedé quieta, con las llaves aún en la mano, el abrigo empapado por la lluvia de Madrid y el corazón encogido. Miré a mis tres hijos sentados alrededor de la mesa, los platos vacíos delante de ellos como un recordatorio cruel de mi fracaso. El reloj de la cocina marcaba las nueve y media. Había salido a las seis de la mañana para limpiar casas en el barrio Salamanca y volvía ahora, con los pies doloridos y la cabeza llena de cuentas que no cuadran.

—Ahora mismo os preparo algo —mentí, forzando una sonrisa mientras colgaba el abrigo. Sabía que sólo quedaban dos huevos y un poco de pan duro. Ni siquiera había aceite suficiente para freírlos.

Mientras rebuscaba en la despensa, escuché a Diego, el pequeño, susurrar:

—¿Hoy tampoco hay yogur?

Sentí una punzada en el pecho. Antes, cuando su padre estaba con nosotros, nunca faltaba nada en casa. Pero desde que se fue con otra mujer —una tal Carmen, de Alcorcón— todo cambió. Él apenas pasa la pensión y yo hago malabares para estirar cada euro. A veces me pregunto si fue culpa mía, si pude haber hecho algo diferente para evitar que se marchara.

—Mamá, ¿puedo llamar a papá? —preguntó Lucía de nuevo, bajando la voz.

—No, cariño. Está ocupado —respondí rápido, temiendo que él les prometiera cosas que yo no podía darles.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de mi hermana Pilar: “¿Todo bien? Si necesitas algo, avísame”. No quería preocuparla; ella también tiene sus propios problemas y tres hijos que alimentar. Pero a veces me pregunto si no sería mejor aceptar su ayuda. El orgullo es un lujo que ya no puedo permitirme.

Me giré hacia mis hijos y traté de sonar alegre:

—Hoy cenamos huevos revueltos con pan tostado. ¡Como en los bares!

Ellos sonrieron, pero vi el brillo triste en sus ojos. Sabían que era todo lo que había. Mientras cocinaba, recordé cuando yo era niña y mi madre preparaba cocido los domingos. La casa olía a chorizo y garbanzos; ahora sólo huele a cansancio y a miedo.

La cena fue silenciosa. Diego jugaba con las migas del pan; Lucía miraba su móvil sin ganas; Marcos, el mediano, preguntó si podría ir a la excursión del colegio la semana siguiente. Me mordí el labio antes de responder:

—Veremos si puedo ahorrar un poco esta semana.

Él asintió sin insistir. Me dolió ver cómo aprendían a no pedir, a conformarse con poco. ¿Eso es lo que quiero para ellos? ¿Que se acostumbren a sobrevivir en vez de vivir?

Después de cenar, recogí los platos mientras ellos se preparaban para dormir. Me senté un momento en la cocina oscura, escuchando el silencio roto sólo por el goteo del grifo. Pensé en todas las madres como yo, invisibles entre las calles de Madrid, luchando cada día para que sus hijos no noten la falta de todo lo demás.

De repente, Lucía apareció en la puerta:

—Mamá… ¿estás bien?

No pude mentirle más. Me eché a llorar y ella me abrazó fuerte.

—No pasa nada, mamá. Mañana será mejor —susurró.

En ese momento sentí una mezcla de vergüenza y alivio. Mis hijos no tienen lujos ni cenas abundantes, pero tienen amor. ¿Será suficiente? ¿O les estoy robando algo esencial por no poder darles más?

Esa noche apenas dormí. Pensé en buscar otro trabajo, en pedir ayuda al banco de alimentos o incluso en volver a llamar a su padre para exigirle más dinero. Pero también pensé en rendirme, en dejar de luchar contra una realidad que parece no tener salida.

A la mañana siguiente, mientras preparaba los bocadillos para el colegio —pan con azúcar y aceite— escuché por la radio una noticia sobre la subida del precio de la luz. Sentí rabia e impotencia. ¿Hasta cuándo tendremos que elegir entre pagar la factura o comprar comida?

Antes de salir, miré a mis hijos desayunar y les prometí que algún día todo sería diferente. No sé si podré cumplirlo, pero necesito creerlo para seguir adelante.

¿De verdad es justo que tantas familias vivamos así? ¿Cuántas madres más esconden sus lágrimas cada noche para que sus hijos puedan dormir tranquilos?